Editorial: ‘La Nación’ cumple 80 años en tiempos de desinformación y tentaciones autoritarias
Es 12 de octubre de 1946. La Segunda Guerra Mundial concluyó hace un año. La destrucción y la muerte campean en Europa y partes de Asia. El Holocausto ya revela su monstruosa cara. La Guerra Fría se está gestando. El espectro de las armas nucleares se materializó en Hiroshima y Nagasaki.
La tensión política se acentúa en Costa Rica. Dos bandos se agrupan en partidos y gremios, pero también en periódicos opuestos. Soplan vientos de violencia entre hermanos, que conducirán a la guerra civil de 1948.
En este entorno de pugnas y amenazas, “un grupo de costarricenses, representativo de las fuerzas vivas del país, ha creído necesaria y oportuna la aparición de un nuevo órgano diario de publicidad”. Así lo anuncia ese día “Nuestro derrotero”, primer editorial de La Nación.
Es 12 de octubre de 2026. Al preparar esta edición, nos guían los compromisos y valores de entonces. Uno tiene particular relevancia: “Ha de quedar terminantemente establecido que este periódico no será dominado por sectarismos: ni partido político, ni credo social intransigente, ni inclinación pertinaz de género alguno”. Es la ruta que hemos seguido durante estos 80 años.
Mantenemos la “fuerza impulsiva” que anunciaron nuestros fundadores: defender los intereses generales, tomar parte en la discusión pública y rechazar “toda prevención entorpecedora de la independencia que ha de ser nuestra norma inconmovible”.
A esos principios los acompaña un ímpetu de cambio e innovación asentado en la inconformidad. En palabras de entonces, “responde a un anhelo de mejoramiento”, constituye “una fuerza creadora” y es “la antítesis del aplanamiento y de la inercia”.
Entre aquel y este editorial ha transcurrido más de una tercera parte de nuestra historia independiente. Los cambios han sido múltiples; el saldo, positivo, aunque también dispar. Abundan los retos actuales. Frente a ellos también se elevan las oportunidades. Pero las amenazas que asoman no deben escatimarse. Nos corresponde ser agentes activos para conjurarlas y, a la vez, potenciar más progreso y bienestar en democracia.
En 1946 ya se había aprobado el Código de Trabajo. La Universidad de Costa Rica comenzaba su segundo lustro. Éramos un país esencialmente agrícola y modesto, en el que mucha gente caminaba descalza. La guerra civil cambió esa realidad.
Un episodio tan traumático, con un grupo claramente triunfador, no condujo a la dictadura. Al contrario, renovamos la institucionalidad, con el aporte de vencedores y vencidos. La Constitución de 1949 abrió un nuevo periodo. Se crearon múltiples instituciones, algunas tan esenciales como el Tribunal Supremo de Elecciones y la Contraloría General de la República.
La economía comenzó a ser más diversa. En 1964, con el ingreso al Mercado Común Centroamericano, se activó el proceso de industrialización, aunque con gran proteccionismo. Cuando el modelo se agotó, en medio de una enorme crisis económica a finales de la década de 1970, comenzó una exitosa apertura a la economía internacional.
Hoy, todas las señales apuntan a la necesidad de otra profunda revisión de nuestra estrategia de desarrollo. La tensión entre sectores dinámicos y otros casi estancados ha creado una economía dual. La desigualdad golpea. La sociedad es cada vez más diversa y compleja; también, exigente. Las identidades políticas están en flujo. Ha aflorado el enojo, y el populismo de corte autoritario lo manipula para impulsar un proyecto político hegemónico. La delincuencia organizada nos asalta.
Desde las voluntades de informar, esclarecer, orientar, dialogar, debatir y articular soluciones, La Nación ha abordado esta sucesión de cambios y retos a partir de los valores incólumes enunciados en “Nuestro derrotero”. Los hemos decantado en independencia, profesionalismo, ética, credibilidad, liderazgo y ejercicio de una crítica constructiva y propositiva.
El ecosistema mediático, siempre en flujo, en las últimas dos décadas se ha transformado de forma acelerada y radical. El público es cada vez más heterogéneo. Las redes digitales han generado un tejido inédito de vasos comunicantes y contaminantes para la circulación de contenidos. Los algoritmos controlados por las plataformas digitales reemplazan el criterio humano en decisiones editoriales. La inteligencia artificial potencia las posibilidades de manipulación.
Para La Nación, como empresa e institución periodística, todo esto representa un agudo desafío. Lo hemos asumido como estímulo a nuestra voluntad de creación, innovación y atención a las cambiantes necesidades del público.
Para nosotros, el buen periodismo, más que sustantivo, es verbo. Implica movimiento, acción, adaptación, búsqueda, descubrimiento, rigor, independencia. Es decir, la inconformidad de origen como fuente regenerativa fundada en principios.
Hoy la reflejamos con un rediseño que, sin apartarse de nuestra identidad, introduce importantes cambios en la edición impresa, la página web y la aplicación. Su objetivo: generar una experiencia más amigable, ordenada y limpia al navegar por el contenido. Es una apuesta más dinámica y moderna para atender nuestro compromiso con el público, fortalecer su ejercicio de ciudadanía y contrarrestar, con contenido verificado, balanceado, atractivo y mejor ordenado, la desinformación y manipulación que nos asaltan.
Es, también, una vía para reiterar nuestro compromiso con la democracia y sus instituciones, la división de poderes, la libertad de expresión, el derecho a la información, la autonomía editorial y la búsqueda incesante de la verdad.
Lo dijimos en nuestro editorial de hace 80 años: “Aspira La Nación, en resumen, a ser la más libre de las tribunas, desde donde los ciudadanos todos –y nosotros en la primera fila de combate– defiendan honrada, libre y tenazmente los elevados intereses nacionales”.
La aspiración sigue viva y nos guía hacia el futuro.