Crítica de 'El caballero de Olmedo': Lorca se vuelve romántico (****)
O el teatro está vivo o no es teatro. O las obras clásicas son capaces de hablarnos a alguna parte de nuestra sensibilidad, o son un curioso resto arqueológico. Laila Ripoll ha puesto en pie un 'El caballero de Olmedo' llena de vida, en el que Lope nos habla con un nuevo lenguaje sin traicionarse demasiado a sí mismo. Ripoll se la juega al hacer dialogar la «comedia» de Lope con la estética y la cosmovisión románticas, y el resultado es tremendamente interesante. Desde que se abre el telón, vemos que la acción se ha trasladado al siglo XIX, que asistimos a una escenografía de gran aliento plástico que mimetiza la pintura romántica o las atmósferas góticas y que potencia la monumentalidad mediante esos bloques verticales, que hace que los afanes de los personajes se vean minúsculos, que estén perdidos en un espacio y unas fuerzas que los sobrepasan. El montaje juega con el misterio, lo entrevisto, lo oculto y lo espectral como queda de manifiesto en la utilización de esas cortinas de gasa que tanto valor dramático dan a la obra. Todo ello subrayado por una iluminación y por una música extraordinarias que son motor del suspense, y que intensifican los estados de ánimo y los ambientes. En 'El caballero de Olmedo' de Laila Ripoll todo anuncia o presagia la fatalidad, incluso haciendo perder en algún punto el suspense ideado por Lope. Pero el enredo amoroso, el humor y lo siniestro o irracional ocupan un puesto destacado. Aquí los personajes se mueven a impulsos, llevados de aquí para allá por el deseo, buscan la felicidad y abren el infierno. Don Alonso es un héroe trágico: anhela lo más simple, el amor de doña Inés, pero acaba sepultado por el seísmo del resentimiento y de la violencia de su antagonista. Es un pobre títere en manos del destino, y esa caracterización persigue a Víctor Sainz en todo momento y, a veces, lo desenfoca, aunque su papel va creciendo conforme nos acercamos al final. Por supuesto en ese mismo plano interpretativo hay destacar a Toni Misó (Tello), a Arantxa Aranguren (Fabia) , a Elisabeth Altube (Doña Inés) y a Jorge Varandela (Don Rodrigo). Ripoll acierta al convertir un convencional argumento amoroso en algo más: en una historia psicológica, existencialista, en un cuento moral sobre el poder devastador de la envidia y los celos. Es también la radiografía de un asesino y de sus víctimas, de ahí su ambientación gótica. Pero es 'El Caballero de Olmedo' y sigue conservando esa ligereza propia de Lope, el dinamismo y el juego de contrastes. Una obra llena de encanto, ágil, profunda, donde la dicción del verso está trabajado muy adecuadamente buscando la naturalidad y la fluidez. Ripoll plantea un reto y lo consigue, que 'El caballero de Olmedo' nos hable desde otra parte. Y con un lenguaje que es el nuestro.