La mujer que hizo del Montsant su catedral
Hay rostros en los que el tiempo parece haber encontrado un lugar donde quedarse. El de Montserrat Domingo es uno de ellos. En sus facciones se adivinan los años, la paciencia y una vida alejada del ruido. Sus manos, acostumbradas a los ritmos sencillos de cada día, parecen conocer bien aquello que las palabras apenas alcanzan a explicar: que no hace falta demasiado para vivir y que, a veces, hay que apartarse un poco del mundo para aprender a mirarlo de otra manera. Montserrat lleva cuarenta y ocho años viviendo en la ermita de Sant Joan del Codolar, en el Parque Natural de la Sierra del Montsant. Eligió la soledad cuando todavía era joven y ha hecho de ella una forma de vida. No se marchó para dejar de escuchar al mundo, sino para encontrar otra manera de estar en él. A su alrededor, las paredes de roca se levantan como las columnas de una iglesia sin bóveda, el cielo hace las veces de techo y los caminos se abren entre la vegetación. Para ella es mucho más que un paisaje. Es su catedral. A los 23 años dejó su casa y entró en la Compañía de las Hijas de la Caridad, donde pasó una década hasta que sintió que necesitaba dar un paso más en su búsqueda espiritual. Quería vivir en soledad, dedicar tiempo a la oración y encontrar un lugar donde esa vocación pudiera tomar forma. Lo habló con sus superiores, que le pidieron que esperara. Ella aceptó. «Esperaremos si Dios lo quiere», recuerda. Cuando finalmente recibió permiso para marcharse, hubo quien pensó que aquella decisión no duraría demasiado. Le dijeron que en quince días volvería. Pero Montserrat tenía otra idea y empezó a recorrer Cataluña en busca de un lugar donde quedarse. Visitó distintos emplazamientos, pero ninguno terminaba de convencerla. Hasta que llegó al Montsant. La zona tenía una larga tradición eremítica. Otros habían buscado antes que ella el silencio de estas montañas, y aquella huella, invisible a primera vista, seguía formando parte del lugar. Un sacerdote que la acompañaba le habló de esa historia. Pero la decisión no llegó por lo que le contaron, sino por lo que sintió al marcharse. «Me parece que es mi lugar», dijo. Ocho días después regresó. La ermita de Sant Joan del Codolar llevaba diez años deshabitada y estaba cubierta de maleza. En la parte inferior había una habitación que había servido de corral, pero para Montserrat fue suficiente y se quedó. Desde entonces, el Montsant ha dejado de ser un lugar al que llegó para convertirse en parte de su propia existencia. El Parque Natural de la Sierra del Montsant se extiende por 9.242 hectáreas de la comarca del Priorat, en Tarragona. Sus formaciones de roca calcárea, sus barrancos y sus riscos dibujan un paisaje abrupto, marcado por la presencia de la piedra y por una vegetación adaptada a las condiciones de la montaña. Encinas y pinos cubren buena parte de las sierras, mientras que sauces y álamos acompañan los cursos de agua del río Montsant. En sus cortados encuentran refugio aves como el águila perdicera, el halcón peregrino y el búho real. Pero el Montsant no se explica solo por su geología o por la riqueza de sus especies, su nombre remite también a una historia de espiritualidad que ha dejado ermitas repartidas por el macizo. Durante siglos, hombres y mujeres buscaron en estos parajes un espacio de retiro, lejos de las distracciones de la vida cotidiana. Montserrat cuenta que el paisaje nunca es el mismo. Para descubrirlo hay que acercarse sin prisa, observarlo y aprender a escuchar. La belleza, dice, está ahí, pero hace falta una mirada sensible para reconocerla. Habla de las noches despejadas, cuando las estrellas parecen multiplicarse sobre la montaña y casi pueden tocarse. De la primavera, con sus pequeñas orquídeas, y del verano, cuando las mariposas y los pájaros llenan de movimiento el entorno. En otoño llegan los rojos, los naranjas, los violetas y los amarillos. El invierno trae el frío, la nieve y otra manera de estar en el paisaje. Y en esa sucesión de estaciones encuentra una de las razones por las que no se cansa de vivir allí. El Montsant cambia sin dejar de ser el mismo. Montserrat ha dedicado tiempo a identificar las plantas de la zona y ha llegado a reunir más de un millar de registros. Conoce las especies pequeñas que pueden pasar inadvertidas a quien camina deprisa y sabe que, en apenas unos metros, el suelo puede convertirse en un jardín lleno de variedades diferentes. Su relación con la naturaleza no es solo contemplativa, también es la de quien observa, aprende y conserva en la memoria aquello que descubre. Desde fuera, la vida de una eremita puede parecer una vida de renuncia. Menos compañía, menos conversaciones, menos presencia de todo aquello que ocupa nuestros días. Sin embargo, Montserrat habla de la soledad como una elección que le permite relacionarse con los demás de otra manera. Y aunque la oración (mañana, tarde y noche) marca el ritmo de sus jornadas, su vida no transcurre al margen de quienes se acercan a la ermita y recibe a personas que llegan hasta allí y concede importancia a esos encuentros. La montaña es su lugar de retiro, pero no una frontera que la separe del resto del mundo. «Yo no he encontrado nunca sola», explica. En su manera de entender la vida, la soledad no significa cerrar la puerta a los demás, sino encontrar un espacio interior desde el que recibirlos. Ha elegido apartarse del ruido, pero no de las personas. Quizá por eso su experiencia cuestiona la creencia de que estar solo es necesariamente estar aislado. Montserrat cuenta su historia con la naturalidad de quien ha recorrido un camino largo y no necesita demostrar que ha llegado a ninguna parte. «No soy eremita porque vivo en una ermita, sino por la consagración», explica. La construcción es su refugio, pero no constituye el sentido de su vida. La ermita, insiste, es ella misma, esté donde esté. Y, sin embargo, el lugar importa. Importan la piedra, la vegetación, la luz que cambia a lo largo del día y el silencio que envuelve las montañas cuando cae la noche. Importa también la memoria de quienes vivieron allí antes y encontraron en estos parajes una forma de acercarse a Dios. En el Montsant, la búsqueda espiritual no está separada de la naturaleza. Puede comenzar al detenerse ante una flor diminuta, al seguir con la mirada el vuelo de un ave sobre los riscos o al contemplar cómo cambia el color de la montaña con las estaciones. También en la oscuridad, cuando el cielo se llena de estrellas y la inmensidad del paisaje invita a guardar silencio. Por eso, cuando Montserrat define el Montsant, no necesita demasiadas palabras: «Para mí es una catedral». En esa frase cabe una manera de entender la conservación que va más allá de proteger especies, mantener senderos o preservar formaciones rocosas. También significa cuidar aquellos lugares que han permitido a generaciones de personas establecer una relación íntima con la tierra, recordándonos que el valor de un espacio natural está en su biodiversidad y en su historia, pero también en aquello que despierta en quienes lo habitan y lo recorren. En el Montsant no hay un techo que separe el interior del exterior, ni muros que delimiten con claridad dónde termina la naturaleza y dónde empieza el lugar sagrado. Se trata de catedral sin bóveda, abierta a la lluvia y a la luz, donde el silencio no exige respuestas y donde cada amanecer vuelve a abrir las puertas. Montserrat encontró allí la soledad que buscaba, pero quizá encontró también algo que no podía haber previsto: una forma de pertenecer al mundo sin necesitar ocuparlo. La montaña ha sido su casa, su compañía y el lugar desde el que ha aprendido a acercarse a los demás. Y, en esa vida hecha de oración, estaciones y pequeños descubrimientos, ha ido encontrando a Dios no lejos de la tierra, sino en ella. Después de cuarenta y ocho años, Montserrat sigue allí. No porque haya dejado de buscar, sino porque encontró un lugar donde la búsqueda podía continuar cada día. Y mientras la montaña cambie de color, florezcan las pequeñas orquídeas y las estrellas vuelvan a encenderse sobre los riscos, su catedral seguirá en pie, sin muros que la encierren y sin techo que la limite. Si quieres descubrir otras historias donde la naturaleza y las personas se entrelazan, suscríbete al canal de Nuestros Espacios Protegidos y sigue recorriendo la España que merece ser protegida.