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¿Han perdido los velatorios su verdadero sentido?

Hay escenas que, por repetirse, terminan pareciéndonos normales. Una de ellas ocurre cada vez con mayor frecuencia en los velatorios, ya sea en una funeraria o en una casa: mientras una persona yace en su féretro y una familia atraviesa el dolor de una despedida, alrededor se forman grupos, surgen conversaciones y se oyen risas. Poco a poco, aquello que debería ser un momento de recogimiento puede terminar pareciéndose más a una reunión social.

No lo digo para juzgar a nadie. Yo misma, en alguna ocasión, puedo haberme dejado llevar por una conversación y haber olvidado por momentos la verdadera razón que me llevó hasta allí. Quizá por eso vale la pena preguntarnos: ¿a qué vamos cuando asistimos a despedir a alguien que ha muerto?

Por supuesto que una velación también es un lugar de encuentro. Volvemos a ver familiares y amigos, recordamos anécdotas, nos abrazamos y hasta podemos sonreír al evocar momentos vividos con quien partió. Nada de eso constituye una falta de respeto. El dolor no obliga al silencio absoluto ni la tristeza tiene una única manera de expresarse. El problema aparece cuando se termina desplazando al motivo del encuentro.

Vamos a acompañar a una familia que ha perdido a alguien, a honrar una vida que acaba de concluir y a detenernos por un momento frente al misterio de la muerte. Quienes tenemos fe, también vamos a elevar una oración por quien ha partido y por quienes permanecen.

Sin embargo, pareciera que hemos ido perdiendo gestos sencillos que antes daban sentido a estos momentos: la oración, el silencio, permanecer unos minutos frente al féretro, escuchar a quien necesita hablar o, simplemente, ofrecer una presencia respetuosa. No se trata de regresar obligatoriamente a determinadas costumbres ni de imponer una manera de vivir el duelo, solo de recuperar el sentido de la despedida.

En las velas, podríamos preguntarnos: ¿mi presencia está acompañando o solo estoy asistiendo? ¿Estoy aquí para honrar a quien partió y brindar consuelo a su familia o solamente por cumplir un compromiso?

No se trata de juzgar las razones de los demás, sino de revisar las propias. Nuestra presencia debería ser una expresión sincera de respeto, cercanía y solidaridad.

También vale la pena detenernos unos instantes ante la persona que falleció, ya sea ante el féretro o ante una fotografía, para dedicarle un momento de recogimiento.

Antes de buscar a alguien conocido con quien conversar, podríamos acercarnos a la familia. Podemos recordar alguna cualidad de quien partió, agradecer interiormente lo que dejó en quienes lo/a conocieron o brindar a sus seres queridos una palabra de consuelo.

El respeto también se manifiesta en los detalles: nuestra manera de comportarnos y una vestimenta acorde con la solemnidad de la ocasión.

Hay un momento para conversar y otro para callar. Un momento para reencontrarnos y otro para acompañar. Un momento para recordar con una sonrisa y otro para respetar el dolor de quien todavía no puede sonreír.

La muerte nos enfrenta a una verdad que solemos olvidar mientras corremos de un lado a otro: la vida termina. Y quizá uno de los últimos actos de amor que podemos ofrecerle a una persona sea detenernos, aunque sea por unos minutos, para reconocer que esa vida existió, que tuvo valor y que merece ser despedida con dignidad.

Acompañar a alguien hasta su última despedida también es una forma de amar. Porque en cada vela se recuerda a una persona con nombre, con historia, con afectos y con una vida que merece ser honrada hasta el último adiós.

carmelarojas2@hotmail.com

María del Carmen Rojas Rojas es periodista.

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