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Trump va dando forma a un gobierno radical entre acusaciones de nepotismo y corrupción

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump ha dado prioridad a la seguridad nacional y a las Fuerzas Armadas en la formación de su gobierno. Los cargos ya asignados (Fiscal General, Consejero de Seguridad Nacional y CIA) han recaído en individuos de personalidad fuerte y visión clara en quienes el Presidente delegará onerosos asuntos de Estado. No hay constancia de que la inmigración o el terrorismo le hayan interesado, más allá de su utilidad instrumental en campaña. Trump es, ante todo, un hombre de negocios.

Cuando apenas quedan seis semanas para que jure el cargo, y en pleno periodo de formación de su gabinete, el magnate se reunió con un grupo de empresarios indios que están construyendo en Bombay un complejo de apartamentos de lujo con la marca Trump. Según The New York Times, los ejecutivos de la nación asiática declararon a la prensa india que durante su visita a Nueva York se reunieron con Donald Trump y con los hijos de éste, Ivanka y Eric, para hablar sobre la ampliación de su inversión inmobiliaria. Dijeron que el interés de esta ampliación tenía que ver con el desenlace electoral.

Esta revelación hubiera sido considerada un gran escándalo en cualquier presidencia previa, pero tras llegar a la Casa Blanca sin hacer pública su declaración de Hacienda (porque no quiso) y habiéndosele oído hablar como un proxeneta, el riguroso listón moral de la política presidencial parece haberse evaporado.

A partir de ahora, sin embargo, no será sólo a la opinión pública a quien tenga que rendir cuentas Trump, sino a la Justicia, esa cuerda floja por la que ha caminado desde que heredó el negocio inmobiliario de su padre, denunciado en la década de 1970 por negarse a alquilar viviendas a afroamericanos.

Sus problemas legales le han seguido hasta la propia presidencia. Ayer mismo, Trump acordó pagar 25 millones de dólares para zanjar una demanda judicial colectiva de los afectados por la estafa de la Universidad Trump. Explica el presidente electo en Twitter que si llegó a un acuerdo fue porque sus nuevas responsabilidades no le dejan tiempo para litigar.

Siempre al borde de la ley, Trump busca estos días ángulos e interpretaciones de la Ley anti Nepotismo para lograr que Jared Kushner, su yerno y fiel consejero de campaña, se integre en la jerarquía organizativa de la Casa Blanca, mientras que la mujer de éste, Ivanka, toma las riendas del negocio.

Trump reconoció abiertamente en pleno debate electoral su desdén por cualquier principio de interés general, y alardeó incluso de que si no había pagado ni un dólar en impuestos federales fue gracias a su astucia como empresario y a la torpeza del legislador. ¿Hasta dónde puede llegar su desafío al espíritu de la ley?

A juicio del profesor Alan Litchman, esta tendencia casi patológica de Trump a desafiar a la justicia, por un lado, y su carácter impredecible e inexperiencia en asuntos de gobierno acabarán convirtiéndole en el segundo presidente, después de Richard Nixon, en ser destituido tras un proceso de impeachment. ¿Destituido con mayoría republicana? “Trump es ingobernable”, explicó Litchman en declaraciones a CNBC. “Los republicanos del congreso preferirían mil veces tener a (Mike) Pence como presidente”.

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