El Rey León
A toro pasado (ignoro si la expresión ha sido ya tachada de antianimalista, pero me arriesgaré), no quiero dejar de traer a lo moderno la memoria del 12 de octubre. Paseaba con los auriculares por el centro de Sevilla atenta a los comentarios de tertulianos a propósito de los actos del Día de la Hispanidad, cuando después de cambiar varias veces de emisora apagué la radio con la impresión de que la noticia había sido colonizada (y nunca mejor dicho) por el descubrimiento del Neuroma de Morton en sustitución del Descubrimiento de América. Miré, desolada, a mi alrededor. Es imposible estar en esta ciudad sin ser consciente de la empresa navegante y descubridora de Colón, ignorar o malinterpretar la cadena irrompible que nos une con aquel continente hecha de océano, oro y sangre, pero también de mestizaje, barroco, lengua y libros y eso me recordó que aquí, tras los muros de la Catedral Hispalense, se custodia buena parte de esa memoria en la Biblioteca Colombina, tan imprescindible como desconocida. Su dueño, Hernando Colón hijo natural del almirante, usó las rentas procedentes de la heredad de su padre en el Nuevo Mundo para reunir el saber: con más de mil incunables y otros ejemplares raros, así como manuscritos de puño y letra del marino, la Colombina y sus casi 15.000 volúmenes es considerada una de las bibliotecas particulares más importantes del mundo. Animada por ese recuerdo orgulloso y feliz detuve mi paseo para observar una escena que me pareció emocionante: un padre y su hijo de unos ocho o nueve años observaban en silencio el Monumento a Cristóbal Colón que se alza en mitad de los Jardines de Murillo. Les sonreí a ambos queriendo compartir aquel momento de educación y memoria, admirando yo también las dos impresionantes proas de carabela en mitad de las Columnas de Hércules, las cartelas de bronce con los nombres de Isabel y Fernando, el basamento adornado con los medallones de mármol luciendo los bustos de Colón y el escudo de los Reyes Católicos y allá en la cúspide, la serena fiereza del león apoyando una garra sobre el orbe , símbolo de la fuerza y el poderío militar, científico y cultural de aquel Imperio Español. Entonces el padre, aprovechando que el chiquillo no quitaba ojo de ese batiburrillo de elementos incomprensibles, exclamó alegre con voz clara y segura, señalando arriba: “Mira, Manolito, el Rey León”.