Al fin la lluvia
El veroño de octubre ha desembocado en las primeras lluvias y tormentas. Llueve y el agua golpetea los cristales como si fueran piedrecitas lanzadas con furia desde arriba. El pequeño Garabito, mi gato, se afana en descubrir qué hay detrás de la ventana y Michu, mi gata, se hace un ovillo dormitando a mis pies. Me gusta el sonido del agua, este agua que viene a paliar la sed extrema del campo, a limpiar la atmósfera, las calles, a purificar la tierra. Agua de otoño que empapa la hojarasca amarilla del suelo con ese punto melancólico del fin del verano y sus días luminosos, sus atardeceres encendidos. Necesitaríamos mucha lluvia para restituir el agua expoliada a nuestros embalses por mera especulación, para hidratar esos cauces resecos, esos suelos cuarteados, esas ruinas emergiendo de los pantanos que los sepultaron para siempre y nos recuerdan el sacrificio de tantas gentes ribereñas que tuvieron que abandonar casa, paisajes, recuerdos. Dejarlos para siempre bajo las aguas siguiendo la llamada del progreso. El progreso de otros, de empresas y gobiernos, sobre la renuncia de estos pueblos del oeste, pueblos del agua que se quedaron en los andenes, mientras en el País Vasco se montaban en el tren del desarrollo, encendían la luz. Necesitaríamos una borrachera de lágrimas del cielo para borrar la huella del fuego que ha calcinado nuestra hermosa Sierra de La Culebra, donde los ciervos ya entonan la berrea, el ritual, la llamada, el bramido del amor, para perpetuar la especie entre árboles quemados y cenizas que antes eran verdor, alegría. Es la vida, que siempre se abre paso, incluso en ese paisaje que nos recuerda que no hubo medios ni previsión para evitar el desastre, que quema como el mismo fuego en la memoria de mi gente, de todos los que se han quedado sin nada. No los olvidéis. Necesitaríamos mucha agua para limpiar, blanquear conciencias. Agua que arrastre la visión dantesca de una tierra en llamas, de tantos embalses desembalsados, veranos sin playa, noches de plata sin espejos donde reflejarse, la nada bajo los puentes. Llueve; llueve al otro lado del cristal. Agua sin rogativas ni santos a los que rezar, tormentas que pasarán, que mañana serán nada. Agua suficiente para lavarse las manos en una palangana, traidores con mi tierra dolorida, mansa. Bautismo de tantos olvidos, al fin la lluvia.