El indigenismo contra los mexicanos
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, se vio obligada a abandonar México tras haber sufrido presiones por parte del gobierno dirigido por Claudia Sheinbaum. Ayuso denunciaba un «boicot» orquestado desde el Ejecutivo federal, amenazas a organizadores de los Premios Platino y un clima de hostilidad que la obligó a cancelar actos en la Riviera Maya y Monterrey. Sheinbaum, por su parte, calificó la visita de «fallida» y criticó duramente la defensa que hizo Ayuso de Hernán Cortés y del legado hispano, calificando estas declaraciones de «imperialistas».
Ahora bien, más allá de lo que nos puedan parecer las afirmaciones de Ayuso, este caso no es algo aislado, ni fruto de una antipatía entre las lideresas –aunque parece que esto también ocurre–, sino la consecuencia de décadas de enseñanza indigenista en México que tanto López Obrador como Sheinbaum han defendido hasta las últimas consecuencias. Una visión de la historia que pone a los españoles en la picota y a los pueblos originarios, principalmente aztecas, como los buenos de la película.
Aliados de Cortés
Más allá de que definir a unos «buenos» en la historia resulta ridículo en general, ha causado enormes problemas dentro del propio México. Esto mismo es remarcado en «Los grandes momentos del indigenismo en México» (1950), del reputado filósofo Luis Villoro, que nos revela una verdad incómoda para el indigenismo al tratar de analizar su forma de pensar. Y es que desde el comienzo del Estado mexicano, allá por el inicio del siglo XIX, el discurso político que se utilizó para justificar la independencia era, lógicamente, uno de opuestos, en el que los españoles habrían atentado contra la natural evolución de la historia mexicana con su presencia, que se habría consolidado con el liderazgo azteca. No obstante, si observamos la historia, nos damos cuenta de que no es tan así y que muchos pueblos, hartos de la constante agresividad y crueldad mexica, se aliaron con los españoles para acabar con el imperio de los Tlahtoani de Tenochtitlan.
El mayor ejemplo de esto es Tlaxcala, por el constante acoso que han sufrido por parte de los diferentes gobiernos indigenistas de México. Y es que los tlaxcaltecas fueron los grandes aliados de Cortés, el principal apoyo para la caída de los aztecas en 1521 y que, por sus servicios, fueron recompensados con privilegios y cargos durante toda la época virreinal. No obstante, tras la Independencia, la alianza que habían hecho con los españoles en 1519 fue convertida en «traición» a una «nación mexicana» que en esa época ni siquiera existía. La historiografía del siglo XIX simplificó la historia mexicana para construir un relato nacional con villanos y héroes, tocándoles a los habitantes de Tlaxcala el papel de traidores.
El profesor Gabriel Martínez Carmona publicó en 2014 «La historia dentro de la historia. Tlaxcala y la nación mexicana», un interesante artículo en el que se muestra cómo el nacionalismo mexicano lleva castigando, mediante la señalización y el desprecio a la región, la supuesta traición a la patria realizada en tiempos de los aztecas. Hasta tal punto llegó este odio que cuando se estaba formando la república mexicana en el siglo XIX, se planteó la posibilidad de eliminar su independencia política y unificar Tlaxcala con el estado de Puebla para borrar su historia y cultura propias como una venganza por sus «servicios a España».
Durante décadas, los habitantes de Tlaxcala han sido señalados como los culpables de la supuesta pérdida de esa «arcadia feliz» de los aztecas. Se les ha presentado como personas que, por envidia o pura malicia, abrieron las puertas a los españoles. La historiadora Jannette Amaral-Rodríguez, en su artículo «Distorsión y silencio en el Lienzo de Tlaxcala (1892) de Alfredo Chavero: Notas metodológicas» (2020), nos muestra cómo los sucesivos gobiernos borraron y silenciaron deliberadamente parte de la historia de la región, convirtiendo a los tlaxcaltecas en una caricatura de un pueblo sumiso a los españoles que cayó embaucado en cantos de sirena.
Ahora bien, aunque sorprenda, esto sigue ocurriendo hoy en día. El antropólogo tlaxcalteca Juan Carlos Ramos declaraba a la BBC en 2019 que el acoso es constante y que resulta muy complicado para los habitantes no ser señalados. En sus propias palabras: «Este estigma que tenemos es muy difícil, son siglos de que nos estén molestando con este mote de traidor». Y es que en una nación que lleva décadas promoviendo un indigenismo excluyente, defender el mestizaje o la unión entre españoles e indígenas se considera una ofensa que debe ser solucionada. Para el relato indigenista, Tlaxcala representa un problema incómodo, pues si no son traidores a la verdadera esencia mexicana, implicaría reconocer que el pasado, España y su historia no es tan sencilla como la pretenden vender.
Al final, la manipulación con un enfoque antiespañol de ciertos gobiernos y parte de la sociedad mexicana no solo ha causado problemas en las relaciones con nuestro país, sino que ha colocado a su población en el punto de mira por haber traicionado a una nación que no existía, para aliarse con unos supuestamente terribles invasores que, para algunos pueblos indígenas, no lo fueron tanto.