Las cicatrices de la independencia: el legado en cuestión de la Revolución americana
Escribió la historiadora Carol Berkin que, para muchos estadounidenses, la independencia es la última visión romántica de la guerra que les queda. Una vez que la realidad brutal de la Guerra de Secesión se ha asentado en la sociedad norteamericana, y en una época marcada por el terrorismo, las intervenciones militares en el extranjero y agrios debates sobre el futuro de la nación, la Revolución americana sigue siendo vista como un referente moral, un episodio épico protagonizado por hombres ejemplares. Pero la realidad es que, si uno descorre el velo de lo que el historiador R. R. Palmer llamó, hace más de medio siglo, el «consenso estadounidense», tras el relato idealizado emerge una historia de violencia. En el año 2017, el investigador alemán Holger Hoock, formado en las universidades de Friburgo, Cambridge y Oxford, y actualmente vicedecano de estudios de grado e investigación en la Dietrich School of Arts and Sciences de la Universidad de Pittsburg, publicó el libro «Cicatrices de la independencia. El violento nacimiento de los Estados Unidos», que profundiza en las dinámicas de un conflicto caracterizado por la violencia sistemática que ambos bandos aplicaron sobre el otro.
Cuando estalló la guerra, la sociedad de las Trece Colonias estaba lejos de tener una posición común
Cuando estalló la guerra, la sociedad de las Trece Colonias estaba lejos de tener una posición común. Los leales al rey Jorge III incluían grandes terratenientes y funcionarios imperiales, pero también comerciantes, ganaderos, tenderos, panaderos, sastres, artesanos pobres y trabajadores; anglicanos, cuáqueros, metodistas, hugonotes de origen francés y católicos irlandeses. No significarse a favor de la revolución equivalía a situarse en el punto de mira de los patriotas. Desde los mismos inicios de la guerra, se formaron por toda Norteamérica comités para perseguir a los «enemigos de la libertad americana». Los castigos para aquellos a quienes los revolucionarios percibían como enemigos, la «cura para los refractarios», que decía un panfleto, eran brutales. El más célebre y temido era el embreado y emplumado, que, además de degradante, resultaba en extremo doloroso, pues la brea caliente quemaba la piel y escaldaba la carne, y una vez seca era muy difícil de retirar sin despellejar al pobre diablo.
En el frente, tanto el Ejército británico como el Ejército Continental, las milicias lealistas y patriotas y los auxiliares indígenas y hessianos protagonizaron episodios de extrema brutalidad en forma de destrucciones y matanzas. Los estadounidenses supieron amplificar y distorsionar algunos de estos episodios con fines propagandísticos, obviando las atrocidades cometidas por los suyos. Buen ejemplo de ello es la muerte del coronel William Crawford, amigo de George Washington, que fue torturado durante dos horas por indígenas lenapes antes de ser escalpado y asado vivo. Los relatos publicados en los periódicos estadounidenses omiten que los indígenas actuaron movidos por la matanza previa de noventa y seis lenapes cristianos pacifistas. Los autores de la masacre, milicianos de Pensilvania, no dudaron en violar antes a las mujeres nativas.
Crawford, amigo de Washington, fue torturado por indígenas antes de ser asado vivo
La conclusión de la guerra y su legado interpelan del mismo modo a los estadounidenses actuales. En palabras de Hoock, el desenlace de la contienda motivó un «ajuste moral» en la sociedad británica, fruto del cual serían la aparición del sentimiento pacifista y la abolición de la esclavitud en su imperio. En contraste, los Estados Unidos consagraron la esclavitud en su Constitución y el número de personas de origen africano sometidas a esta institución se triplicó entre 1775 y 1825. Según las provisiones del Tratado de París de 1783, el Gobierno británico debía entregar a los afroamericanos que habían luchado por Londres a sus antiguos dueños. En un gesto de dignidad, el entonces comandante en jefe del Ejército británico en Norteamérica, Guy Carleton, decidió desobedecer y evacuó a[[LINK:TAG|||tag|||633613de87d98e3342b26a12||| Canadá ]]a más de tres mil antiguos esclavos que habían combatido bajo su mando.
La Guerra de Independencia de los Estados Unidos dejó profundas heridas en la sociedad de la naciente república, heridas que tardaron tiempo en cicatrizar y que de vez en cuando se abren y supuran. Merece la pena citar la reflexión final de Hoock en su obra sobre la necesidad de abandonar la mitificación acrítica acerca de la Revolución americana para abrazar «una celebración orgullosa y agradecida y una reflexión franca acerca de las ambivalencias y los legados contradictorios del violento nacimiento de la nación».
Para saber más:
[[LINK:EXTERNO|||https://www.despertaferro-ediciones.com/revistas/numero/las-cicatrices-de-la-independencia-el-violento-nacimiento-de-los-estados-unidos-holger-hoock/|||«Las cicatrices de la independencia»]]
Holger Hock
DESPERTA FERRO
576 pág., 26,95 euros