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Chihuahua: México de vértigo entre cañones y el Chepe Express

Chihuahua es vértigo. El Chepe Express atraviesa la impresionante Sierra Tarahumara entre sofisticados tragos de sotol, el destilado local, y la presencia incesante y colorida de los rarámuris –rara (pie) y muri (correr)–. Para ellos correr erguido es la condición que diferencia a los seres humanos.

Y a fe que los verá corriendo, mientras disfruta de uno de los trayectos en tren más escénicos del mundo camino de Los Mochis, en Sinaloa. Este tren de lujo recorre 350 kilómetros entre montañas, bosques de pinos, túneles y puentes, ofreciendo una de las mejores formas de descubrir Chihuahua, el estado más grande de México y frontera natural con Estados Unidos.

Su capital, inicio del viaje, arranca con un buen puñado de sorpresas. Como su catedral, rodeada de tiendas donde podrá comprar buenas botas de «cowboy» a mejor precio que en ningún otro lugar, el hermoso Palacio de Gobierno o la Quinta Gameros, un palacete que rezuma Art Nouveau.

Para almorzar, no se pierda los Ricos Tacos de la 24, una institución. Otra excelente opción es el restaurante Encuentro, una antigua casona con comida mucho más sofisticada, pero con toque local.

Con el estómago y el sueño algo más ajustado, hay vía libre para recorrer Chihuahua. Pero no puede perderse el recorrido por el Chepe Express. A lo largo de unas diez horas de trayecto –atravesando 86 túneles y 37 puentes– el paisaje cambia de forma asombrosa desde los casi 2.400 metros de altitud de Divisadero a las cálidas y semidesérticas tierras que apenas superan los 25 metros sobre el nivel del mar.

Antes de subir al tren, merece la pena alojarse en el Hotel Mirador, un balcón privilegiado sobre las Barrancas del Cobre.

Desde aquí se contempla la inmensidad de un sistema de cañones formado por hasta seis barrancas que se extienden a lo largo de 1.800 kilómetros y que, en conjunto, llegan a ser hasta cuatro veces más grandes que el Gran Cañón de Colorado.

Además de sus vistas impresionantes y de sus atardeceres tras una caminata, Divisadero se ha convertido en uno de los grandes destinos de turismo de aventura de México.

El parque Barrancas del Cobre ofrece experiencias como el ZipRider, la segunda tirolina más larga del mundo, además de teleféricos a 400 metros de altura, circuitos de vía ferrata que quitan el aliento y varias rutas panorámicas para los menos atrevidos.

Una de las mejores maneras de explorar este entorno es caminando junto a guías locales como Felicitas Monarca Corral, una niña rarámuri de nueve años que vive en Areponápuchi, que significa «encuentro de víboras». Normal que Felicitas conduzca casi flotando a los visitantes por senderos escarpados que revelan distintos miradores.

La presencia del pueblo rarámuri, también conocido como tarahumara, es omnipresente a estas alturas. Reconocidos por su brutal resistencia física y por preservar un modo de vida ligado a la naturaleza, los rarámuri habitan comunidades dispersas en la sierra, en viviendas construidas con adobe, madera o piedra.

De hecho, algunas familias continúan residiendo en cuevas acondicionadas, como la de Azucena en las afueras de Creel.

Valle de los Monjes (o de los penes, en rarámuri)

Allí, se encuentra otro de los paisajes más singulares de Chihuahua: el Valle de los Monjes, conocido en lengua rarámuri como Bisabírachi (literalmente, lugar de las vergas erguidas). Aquí, enormes formaciones rocosas verticales de hasta 60 metros de altura emergen como columnas envueltas en túnicas. Recorrerlas en quad permite combinar diversión y la contemplación de su belleza.

Chihuahua no solo se descubre a través de sus paisajes o sus gentes, como los menonitas de Cuauhtémoc. También se empapa a través de su bebida más emblemática: el sotol. En Casa Ruelas el visitante puede adentrarse en la historia de este elixir.

Gerardo Ruelas, maestro de la cuarta generación de sotoleros, explica que el sotol no procede del agave, sino de una planta más emparentada con especies como el ajo o la cebolla. A diferencia del agave, la planta del sotol no muere cuando se extrae su corazón. Puede vivir entre 20 y 50 años. Hoy, alrededor del 8% de la producción se exporta a Estados Unidos, mientras que buena parte del resto viaja a Italia, España y Alemania. Sin embargo, una sola destilería de Austin llega a vender más sotol que toda Europa junta.

La historia de esta bebida también está ligada a episodios curiosos. Durante la Ley Seca, muchas familias enterraban las botellas para evitar que fueran confiscadas. Descubrieron que el vidrio enterrado favorecía una evolución singular del destilado, potenciando aromas y matices. Hoy, esa tradición –el «entierro sotolero»– inspira algunas ediciones especiales. Para quienes buscan una experiencia exclusiva, Casa Ruelas ofrece la posibilidad de crear una botella personalizada, una experiencia que alcanza los 700 euros.

Antes de que se lance a reservar su recorrido, un par de consejos. Cuando tome el Chepe Express, tenga en cuenta que el acceso al vagón terraza está reservado solo para primera clase y permite contemplar la inmensidad de la Sierra Tarahumara al aire libre mientras el tren serpentea entre cañones y montañas.

Debido a su popularidad, especialmente en diciembre, es recomendable reservar los billetes con meses de antelación. Para quienes buscan combinar buen clima y menor afluencia, octubre y septiembre figuran entre las mejores épocas para el recorrido. Y ahora sí, a disfrutar entre barrancas infinitas, paisajes esculpidos por el tiempo y todo el sabor auténtico del norte de México.

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