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Los cazatesoros del siglo XXI son españoles

Durante siglos, encontrar una riqueza escondida bajo tierra dependía de la intuición de los zahoríes, de la diosa fortuna o de una larga sucesión de perforaciones tan costosas como inciertas. La superchería de fortunas ocultas desataba fiebres de oro en cadena. Hoy, en cambio, la búsqueda de los recursos que sostendrán la economía global es una operación de inteligencia que reúne a ingenieros, geofísicos y hasta arqueólogos más que una expedición minera. Y en ese terreno juega una compañía española que se ha convertido en una referencia global.

Desde su sede en Madrid, Xcalibur Smart Mapping sobrevuela algunos de los territorios más remotos del planeta con una misión: averiguar qué se esconde bajo la superficie terrestre. La respuesta, sin embargo, puede determinar el futuro de países enteros. Litio para baterías, tierras raras para la industria tecnológica, cobre para la electrificación, agua subterránea en zonas castigadas por la sequía, gas, hidrógeno natural o recursos geotérmicos. Todo empieza con una pregunta que vale miles de millones: ¿qué hay ahí abajo?

La compañía, 100% española, opera en seis continentes, cuenta con más de 400 profesionales repartidos en 16 ciudades y dispone de la mayor flota mundial de geofísica aérea, con más de 40 aeronaves equipadas con tecnología propia. Un liderazgo construido durante décadas y apoyado en una combinación poco habitual de ciencia, ingeniería, geología, inteligencia artificial y desarrollo tecnológico. Lejos del estereotipo de que España es solo sol y playa, hay 19 patentes clave para los suministros y el liderazgo planetario.

«Somos la empresa líder global en geofísica aérea e inteligencia geoespacial», explica a LA RAZÓN Jeanfranco Frei, responsable de I+D e Innovación de la compañía. Su trabajo comienza mucho antes de que aparezcan excavadoras o plataformas de perforación. Desde el aire, sus aviones sobrevuelan miles de kilómetros recogiendo información mediante sensores magnéticos, radiométricos, gravimétricos y electromagnéticos.

Como un TAC a la Tierra

No buscan directamente oro, litio o hidrógeno. Buscan algo mucho más sutil: anomalías. «Nos enfocamos en detectar anomalías geofísicas o geológicas en la Tierra. Lo que cambia no es el sensor, sino la inteligencia con la que interpretas lo que el sensor te está diciendo», resume Frei, ingeniero civil.

La comparación es muy gráfica. «Es como la lógica de un TAC médico. La máquina es la misma para identificar un tumor, una fractura o una enfermedad. Lo que cambia es el especialista que interpreta la imagen. Y de eso depende todo».

Los sensores no observan minerales concretos. Miden propiedades físicas. Detectan cambios en la densidad de las rocas, alteraciones en el campo magnético terrestre o diferencias en la conductividad eléctrica del subsuelo. A partir de ahí comienza un complejo proceso de interpretación.

La profundidad alcanzada depende de la tecnología y de las características geológicas. Un gravímetro puede detectar contrastes de densidad a varios cientos de metros de profundidad, mientras que algunos sistemas electromagnéticos aerotransportados permiten obtener información cercana a los 800 metros. Todo depende de qué se busca y dónde se busca.

Por eso la clave está en combinar capas de información. Un único dato rara vez ofrece respuestas definitivas. La superposición de distintos sensores permite construir una imagen tridimensional del terreno y señalar los lugares donde merece la pena investigar. Ese conocimiento se ha convertido en un activo estratégico en un momento especialmente delicado para Europa.

La transición energética, la digitalización y el nuevo escenario geopolítico han colocado a las materias primas en el centro del tablero económico mundial. La UE considera actualmente 34 materias primas críticas como esenciales para su futuro industrial, entre ellas el litio, el cobalto, el grafito o las tierras raras. Sin ellas no existirían los coches eléctricos, las baterías, los teléfonos móviles, los aerogeneradores, los fertilizantes, los semiconductores, los sistemas de defensa o buena parte de las tecnologías que sustentan la economía moderna.

El problema es que Europa depende de forma masiva del exterior para obtenerlas. China suministra el 100% de las tierras raras pesadas que consume la UE, Turquía proporciona el 99% del boro y Suráfrica el 71% del platino. Además, las crecientes restricciones a la exportación impuestas por algunos países han puesto de manifiesto hasta qué punto el acceso a estos recursos es una cuestión de soberanía económica.

Por eso Bruselas ha puesto en marcha el Reglamento de Materias Primas Fundamentales, con objetivos muy concretos para 2030: que al menos el 10% de las materias primas estratégicas se extraigan dentro de la Unión, que el 40% se procesen en territorio europeo, que el 25% procedan del reciclaje y que ningún país concentre más del 65% del suministro de una materia prima crítica.

No es casualidad que la Comisión Europea haya aprobado ya decenas de proyectos estratégicos para reforzar la autonomía del continente en los que firmas como Xcalibur son cruciales.

Los gigantescos mapas aéreos elaborados en Australia prueban la dimensión de su trabajo. Durante años, las aeronaves de Xcalibur han participado en algunos de los mayores programas de cartografía geofísica del planeta. La compañía ha contribuido a cubrir millones de kilómetros cuadrados del territorio australiano, especialmente en las regiones occidentales donde se concentran buena parte de los recursos minerales del país.

Ese mismo modelo se ha replicado en África, América, Asia y Oceanía. En Uganda, Nigeria o Japón, sus tecnologías han ayudado a elaborar mapas geológicos de enorme precisión. En EE UU participaron en uno de los mayores proyectos de caracterización hidrogeológica del país, cartografiando cerca de 100.000 kilómetros cuadrados del acuífero del Mississippi para comprender mejor la disponibilidad futura de agua.

En un mundo cada vez más afectado por la escasez hídrica, la localización de acuíferos se ha convertido en una cuestión crítica. Los sistemas electromagnéticos de la compañía permiten identificar paleocauces, acuíferos ocultos, intrusiones marinas y estructuras geológicas vinculadas a las reservas de agua subterránea.

Pero el negocio está evolucionando. Durante décadas, la compañía vendió principalmente datos. Ahora quiere vender algo mucho más valioso: conocimiento. «Los clientes ya no quieren solo datos, quieren inteligencia y que sea accionable», afirma Frei.

La IA y el litio de España

La plataforma integra imágenes satelitales, datos geofísicos, información geológica, modelos climáticos y variables socioeconómicas tamizados por la IA para «afinar» más aún las decisiones sobre cómo y dónde sondear. También ayuda a rastrear cadenas de suministro de minerales críticos, monitorizar actividades extractivas ilegales o identificar reservas hídricas en regiones sometidas a estrés climático. Como explica Andrés Blanco, CEO de la compañía, esto reduce al mínimo el tiempo entre cartografiar y tomar una decisión de inversión, que antes podía tomar años.

Uno de los campos más prometedores es el hidrógeno natural. Aunque por ahora todo gira en torno al hidrógeno producido industrialmente, cada vez existe más interés por las acumulaciones naturales presentes en determinadas formaciones geológicas.

Xcalibur se ha situado entre las empresas más activas en este ámbito. En los últimos años ha participado en programas de exploración que suman más de 240.000 kilómetros lineales de adquisición geofísica vinculada al hidrógeno. Además, desarrolla junto a la Universidad Tecnológica de Curtin, en Australia, una tecnología pionera denominada H-MAS, capaz de detectar concentraciones atmosféricas de hidrógeno de forma remota mediante espectroscopia. La aplicación es doble. Por un lado, facilitar la búsqueda de nuevos recursos naturales. Por otro, monitorizar posibles fugas en infraestructuras energéticas. La idea de localizar hidrógeno desde el aire parecía ciencia ficción hace apenas unos años. Hoy está cada vez más cerca de convertirse en una realidad industrial.

Uno de los proyectos más ambiciosos es Green Metals Mapping, una plataforma financiada por EIT RawMaterials que combina inteligencia artificial, geociencia y criterios de sostenibilidad para ayudar a identificar recursos estratégicos dentro del territorio europeo. «Green Metals Mapping da la herramienta para saber dónde y cómo conseguir estos materiales críticos», explica Frei. Detrás hay una convicción compartida por gobiernos, empresas mineras e instituciones científicas: no se puede planificar una estrategia industrial sin conocer primero los recursos disponibles.

Por eso sus aviones rastrean también España, especialmente las zonas donde se encuentran algunas de las mayores reservas de litio de Europa. En concreto, el distrito pegmatítico de Belvís de Monroy (Cáceres), precisamente cercano a la central nuclear de Almaraz y uno de los seis yacimientos de litio identificados en Extremadura. Allí, también en Huelva o en Asturias, se leen señales invisibles, buscando los tesoros ocultos que hacen girar el siglo XXI.

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