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La gran mentira de la productividad sanchista

Muchos economistas han disparado las alarmas frente al relato oficial sobre el supuesto gran éxito de la economía española y su inexistente cambio estructural de empleo y productividad rescatando un artículo de Filippo Taddei de Goldman Sachs. El problema no es solo que el Gobierno aproveche para hacer propaganda exagerando algunos datos, sino que se presente como mejora estructural lo que en realidad responde a más inmigración y un fuerte maquillaje estadístico.

El Gobierno insiste en que España vive una etapa de crecimiento ejemplar y con cambio estructural liderado por empleo de alto valor añadido y crecimiento de la productividad, pero el dato realmente importante desmonta ese discurso. El PIB ya está aproximadamente un 11% por encima de 2019 y, sin embargo, el PIB por ocupado sigue estancado en el mismo punto, como reflejan Santiago Calvo y Santiago Sánchez. Es decir, cada trabajador genera hoy una riqueza muy similar a la de antes de la pandemia. España produce más porque tiene más población y mayor ocupación con récord de pluriempleo, no porque trabaje mejor.

Este es el gran agujero del triunfalismo sanchista. Cuando se analiza la productividad media, no aparece ningún milagro. Al contrario: los avances siguen siendo imperceptibles y compatibles con una economía que añade empleo dopando el sector público y la población, pero no mejora ni en eficiencia ni en valor añadido.

La realidad es tozuda. La productividad por afiliación no mejora respecto al periodo anterior a la pandemia. Es peor: si se ajusta la afiliación a personas realmente ocupadas, está completamente estancada y la productividad por hora refleja la misma realidad. No hay un salto de calidad en el modelo económico, sino una continuación de las debilidades de siempre a las que se añade el maquillaje estadístico.

Sorprende que, aunque sea un artículo, no se considere ajustar por pluriempleo y población la productividad y no se tengan en cuenta los fijos discontinuos inactivos para analizar los datos agregados de empleo. Más que trazo grueso es un borrón.

La segunda gran palanca propagandística es el paro. Se presenta como una victoria incuestionable, pero el dato agregado esconde demasiadas trampas como para aceptar el mensaje oficial. Cuando se mira el paro real, entendido como el número de personas apuntadas al SEPE y que no están trabajando, la mejora es imperceptible.

En junio de 2018, el paro real efectivo (personas apuntadas al SEPE no trabajando) era de 4 millones de personas. En mayo de 2026, se sitúa en 3,89 millones. Ocho años después, con un gasto público disparado, con una presión fiscal creciente, el mayor estímulo fiscal y monetario de la historia y con una intervención constante del mercado laboral, la reducción es ínfima. No es precisamente la prueba de una revolución económica.

A esto se añade que la tasa de actividad apenas se ha movido. En el primer trimestre de 2018 era del 58,4%. En el primer trimestre de 2026 es del 58,9%. Es decir, la proporción de población que trabaja o busca empleo sigue prácticamente estancada. Sin un aumento sólido de la tasa de actividad, el relato de un gran dinamismo laboral se desvanece.

Hablar del paro sin considerar el fuerte aumento de la inmigración, el efecto de los fijos discontinuos inactivos o el peso de los perceptores de subsidio puede llevar a engaño. Se convierte, como en tantas ocasiones, en simple propaganda política.

La cifra de unos 900.000 fijos discontinuos inactivos introduce una distorsión evidente en la lectura eufórica del mercado laboral. Además, que haya nueve regiones con más receptores de subsidio de desempleo que parados oficiales debería encender todas las alarmas sobre la calidad del dato que se utiliza como arma de propaganda.

Otra manera de desmontar el relato oficial es observar la renta por habitante. El crecimiento del PIB per cápita entre 2018 y 2024 se sitúa en torno al 1% anual. Las previsiones del FMI para 2018-2027 apuntan a un crecimiento medio anual del 0,9%, frente al 1% estimado para el área euro. No hay cohete.

Eso significa que no existe un proceso de convergencia extraordinaria, como reflejan además las cifras de Eurostat y la OCDE en PIB per cápita ajustado por poder adquisitivo. No existe un relanzamiento de bienestar diferencial, ni una mejora excepcional del nivel de vida relativo. La economía española “crece” dopando el PIB con inmigración y gasto político, con una riqueza per cápita mediocre y sin mostrar una superioridad estructural frente a nuestros socios europeos.

Una de las ideas más repetidas por el Gobierno desde las elecciones de 2023 ha sido que el nuevo empleo creado en España sería de alto valor añadido. El problema es que ese argumento se viene abajo en cuanto se contrastan los datos.

España apenas alcanza un 11% de empleo de alto valor añadido, por detrás de países como Grecia, Bulgaria, Eslovenia, Italia o Croacia. Al mismo tiempo, el empleo de bajo valor añadido representa alrededor del 40%. Resulta muy difícil sostener, con estas cifras, que la economía española esté liderando una transición hacia actividades tecnológicas, más sofisticadas, más productivas y mejor remuneradas.

Por eso la gran mentira del crecimiento español no está en que el PIB aumente. Cómo no va a subir el PIB con récord de turismo, el efecto placebo de los fondos europeos, el mayor estímulo fiscal y monetario de la historia y un aumento brutal de la población. El Gobierno, de nuevo, confunde cantidad con calidad, expansión con eficiencia y volumen de empleo con productividad real. El resultado es un relato político propagandístico y económicamente insostenible.

Una economía que crece porque incorpora más ocupados, pero no logra que cada ocupado produzca más, no está resolviendo su problema histórico de productividad. Lo aplaza, lo disfraza y lo convierte en eslogan.

El problema de fondo es incómodo para el Gobierno. No para de repetir que España va como un cohete y su publicidad no cala porque es falsa. Por eso hasta el CIS refleja un porcentaje creciente de españoles que se sienten pobres, porque se les ha empobrecido y tienen razón. Cuando el PIB por ocupado no avanza, el paro real no mejora, la tasa de actividad sigue estancada y el empleo de alto valor añadido es mucho menos que minoritario, el supuesto éxito económico es solo marketing político. La gran mentira de la productividad sanchista.

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