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Las 100.000 pesetas que compraron el asalto al trono de Manolete en la Beneficencia de 1946

La intrahistoria de la mítica Corrida de Beneficencia del 19 de septiembre de 1946 en Las Ventas arrancó mucho antes de que sonaran los clarines, concretamente en la moqueta de los despachos oficiales. En un principio, el aristocrático Marqués de la Valdavia, presidente de la Diputación Provincial de Madrid, había diseñado un festejo clásico de tres matadores para recaudar fondos con destino al Hospital Provincial. El eje absoluto era Manuel Rodríguez “Manolete”, que ese año no había toreado en España y que acudía gratis a la llamada de Madrid como único paseíllo de su temporada. Sin embargo, en el mapa taurino rugía con fuerza un joven y ambicioso competidor al que el sistema pretendía dejar fuera de la gran cita: Luis Miguel Dominguín.

Domingo Dominguín, el astuto patriarca dinástico, conocía perfectamente las leyes no escritas del toreo y martilleaba la mente de su hijo con una máxima innegociable: “Hay que torear al lado de Manolete, porque un triunfo a su lado es más triunfo”. Tras fracasar todas las gestiones diplomáticas, la familia trazó una estrategia de asalto financiero. Luis Miguel se presentó ante el marqués y ofreció no solo torear gratis y sufragar los costes de los dos toros sobrantes para ampliar la corrida a ocho astados, sino que redobló la apuesta de forma temeraria: “Cien mil pesetas. Cien mil pesetas y yo me pago todos los gastos aparte”. Aquella fortuna, que el propio diestro confesaría no tener siquiera en el banco al llevar pocos años de alternativa, puso al organizador entre la espada y la pared. Negarse a aceptar un donativo de tal calibre hubiera sido un suicidio político ante una prensa que ya exigía el choque de trenes.

El ambiente previo al festejo reflejaba una tensión insoportable. El peso de la púrpura y el orgullo de mandar en el toreo eran cargas que Manolete soportaba hasta límites casi enfermizos. Hospedado en la habitación 220 del hotel Reina Victoria, la inactividad de aquel año y el reto de Las Ventas desataron en él una tempestad interior. Su sobrino Rafael Lagartijo, de apenas 14 años, recordaría el insomnio del califa cordobés en la víspera: “No me dejó dormir en toda la noche pensando en la responsabilidad que había adquirido. Se levantaba, encendía la luz, se asomaba a la plaza de Santa Ana... Me decía: ‘Niño, yo tengo una responsabilidad muy grande, yo no puedo escurrirme ni un momento siquiera. No es que tenga miedo; no duermo porque quiero seguir siendo quien soy’”.

Llegada la hora, la expectación era máxima en los tendidos de la monumental madrileña, presidida por el Jefe del Estado y con el cartel de "no hay localidades" colgado en las taquillas. Dominguín, consciente del órdago que había lanzado en los despachos, sentía la crudeza del rito en primera persona. Años después evocaría la fragilidad de aquellos minutos iniciales: “Aquella corrida cambió el destino de mi vida. Quería tener la cabeza clara, pero hacía el paseo y se me iban cayendo unas lágrimas... Salí a morirme. Esa tarde me pegaba un toro una cornada y hubiera seguido toreando”. Antes de abandonar el hotel, su chófer le había sugerido colocar el coche estratégicamente para salir con facilidad tras el festejo, a lo que el menor de los Dominguín respondió con desarmante sinceridad: “Eso es un problema de la cuadrilla, porque yo, o voy a la enfermería, o voy a hombros a casa”.

La tarde fue una apoteosis ganadera de don Carlos Núñez Manso, propietario de un encierro impecablemente presentado, con cuajo, trapío y una movilidad extraordinarias para aquellos tiempos. La corrida arrojó un promedio de 467,62 kilos en vivo, un tonelaje impensable para las exigencias actuales del coso madrileño, pero que demostró que el trapío real nada tiene que ver con la báscula. Los animales embistieron con una bravura y una codicia colosales. Años más tarde, el recordado criador don Luis M. Núñez Moreno de Guerra rememoraría la trascendencia de aquella cita: “Fue una efemérides porque Manolete estuvo inmenso y los toros –los ocho– fueron bravos y nobles. Fue Manolete quien pidió la corrida a mi padre”.

La histórica tarde la abrió el rejoneador don Álvaro Domecq, quien a lomos de la célebre yegua “Espléndida” colocó magníficos rejones ante un buen astado de Fermín Bohórquez, paseando el primer apéndice tras rematar a pie de estocada y descabello. En la lidia a pie, Gitanillo de Triana, vestido de grana y oro, firmó una gran faena de muleta al primero de su lote, “Lamamuco”, al que tumbó de una estocada certera para cortar una oreja, aunque luego se silenció su labor frente al desclasado sexto. Antonio Bienvenida, por su parte, cargó con el lote de peor juego del encierro y no logró acoplarse con la aspereza del tercero, escuchando leves pitos antes de ser ovacionado tras justificarse con voluntad ante el séptimo, “Bragadito”.

Manolete, de celeste y oro, saltó al ruedo dispuesto a defender su trono con uñas y dientes. Tras ser muy ovacionado en su primero, la cumbre de su magisterio llegó ante el quinto, “Buquejo”, un imponente astado negro bragado de 500 kilos. El coloso cordobés, herido en su orgullo, rompió su propio guion. Brindó al público y, en lugar de iniciar con sus clásicos estatuarios, plantó la muleta en la mano izquierda para recetar una serie de naturales templados, mandones y de una impavidez característica que electrizó las Ventas. K-Hito captó el misticismo de aquella faena, señalando el emotivo flamear de pañuelos “como la infinita tristeza de las despedidas” ante un público que intuía que el califa levaba anclas de los ruedos españoles. Ramón Capdevila escribió en Arriba que Manolete asemejó “un peñasco festoneado de veriles”, mientras Manuel Sánchez del Arco sentenciaba en ABC: “Ni un adjetivo. Manolete. Esto basta”. Tras una colosal doblada de rodilla en tierra y una estocada inapelable, paseó las dos orejas dando dos vueltas al ruedo bajo una lluvia de flores.

Sin embargo, la última palabra de la tarde estaba reservada para la ambición indomable de Luis Miguel Dominguín, vestido de blanco y oro. Tras cortar una oreja de peso a su primero, desató la locura colectiva en el octavo, “Victorioso”, un negro zaino de 425 kilos. El madrileño cuajó una faena fantástica de dominio absoluto, valor seco y desplantes temerarios que culminó con una estocada fulminante. El palco presidencial asomó los pañuelos para otorgarle las dos orejas, elevando su marcador a tres apéndices y superando numéricamente al Monstruo de Córdoba.

Al finalizar la corrida, el crítico “Clarito” sentenciaría con crudeza que en aquella jornada “el Monstruo había sido Luis Miguel”. La masa de aficionados, contagiada por una fuerza emocional inolvidable, tomó al joven diestro en volandas en el mismo anillo de Las Ventas. La marea humana lo sacó a hombros por la puerta grande y lo llevó en volandas por las calles de Madrid hasta la puerta de su propio domicilio en la calle del Príncipe, escoltado a caballo por la Policía Armada. El asalto al trono de la tauromaquia civil de posguerra había comenzado.

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