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Una mujer arrastrada por el agua

Si en la mastodóntica y luminosa "Trenque Lauquen", dirigida por Laura Citarella, había mujeres que caminaban de la mano sin saber hacia dónde iban, hombres enamorados en permanente estado de búsqueda y posibles rutas, futuros y vidas dibujadas que se extendían desbocadas por el derrame liminal de las llanuras argentinas, en "Las corrientes", de Milagros Mumenthaler, todas esas ramas narrativas llenas de magias reveladoras y parcialmente adscritas a la corriente cinematográfica surgida a mediados de la década de los noventa conocida como Nuevo Cine Argentino, están contenidas en una sola figura, en una sola mujer, en una protagonista totémica, magnética y embrujada.

Interpretada magistralmente por la actriz Isabel Aimé González Sola, Lina constituye el esqueleto de una mujer atrayentemente errática, sensorial y corpórea que tras un desdibujado intento de suicidio dejándose caer al río durante una breve estancia en Ginebra con motivo de la recogida de un premio relacionado con su trayectoria profesional, regresa a su Buenos Aires natal con su familia aparentemente perfecta desconectada de sí misma. No sabemos con exactitud el problema psicológico que manifiesta, pero tal es la fuerza poética de las imágenes proyectadas que no hace falta saberlo. O al menos no del todo. Su pelo y ese movimiento acuático y vaporoso de mechones morenos y largos que esconden secretos y miedos terribles cuenta todo lo que su ausencia de palabras sugiere. La falta de carácter discursivo de la práctica totalidad de esta cinta -que tras presentarse en el Festival de Toronto obtuvo un galardón en la última edición de San Sebastián- se sustituye por la potencia de la sugerencia visual de una cámara que se acerca con precisión quirúrgica al cuerpo de Lina.

"Cada vez siento que estamos más expuestos a la contaminación de un cine poco exigente"

Milagros Mumenthaler

"Esta historia está contada muy desde la subjetividad del personaje y ella si lo piensas, no va a buscar una respuesta psicológica a su forma de actuar sino que decide un recorrido que yo lo siento bastante valiente, como de... ‘‘a ver a dónde me lleva esta especie de deriva activa en la que estoy sumergida’’. Si ella llegara a Buenos Aires y se metiera de cabeza en una sala con un psiquiatra estaríamos hablando de una película que trata sobre un diagnóstico. Y a mí no me interesaba hacer una película sobre un diagnóstico. Me parecía como interesante también pensar y construir un personaje un poco más romántico, que se deja llevar más por impulsos y ver a dónde la lleva. Siento que estamos en una sociedad donde se piden resultados inmediatos a las cosas y me parecía interesante explorar la complejidad de un personaje que se mueve en contra de eso", explica Mumenthaler en entrevista con LA RAZÓN acompañando su discurso de una energía verbal y corporal mecida y acompasada que opera casi como un espejo textual de la propia película.

En este sentido, la cineasta reconoce ser, igual que nuestro Oliver Laxe, una directora que piensa en imágenes. "Te diría que creo mucho en el lenguaje audiovisual. Digamos, pienso mucho en la importancia del plano, qué muestra el plano. Realmente pienso en un lenguaje cinematográfico y no tanto en un argumento. Cada vez siento que estamos más expuestos a la contaminación de un cine poco exigente, de ese tipo de lenguajes cinematográficos que imponen las plataformas y habría que pensar realmente si el camino del cine tiene que seguir por ahí. Hay que darle un poco de batalla a esto". Una batalla exigente, purgada, clarificadora y alejada de la complacencia. Parecida en cierto modo a la que emprende Lina con su propia cabeza llena de pájaros locos, abismos dolorosos, contradicciones y crípticas espesuras que, en el fondo, se agrupan bajo un envoltorio soterradamente femenino y feminista.

"El agua tiene como esa cosa mágica donde el cuerpo de repente tiene otro peso"

Milagros Mumenthaler

La pertenencia a una clase acomodada típica de Recoleta que no termina de integrar como "merecida" colabora también con esa incomodidad permanente y paralizante que la protagonista manifiesta. Hacia su entorno, hacia su trabajo, hacia su marido, hacia su hija y hacia el grifo. Sobre todo, hacia el grifo. "Sin duda, ella es una desclasada y me parece que eso hace que no tenga un lugar de pertenencia, algo que fragiliza mucho a uno. Lina es una mujer de 35 años que está todo el tiempo en el esfuerzo. En el esfuerzo de querer ser parte de algo hasta que pone en jaque el origen de esa necesidad. ¿Enserio esto era lo que quería? ¿Tanto esfuerzo para esto? ¿Qué pasa después? ¿Cuáles son mis objetivos de vida?", señala la también directora de "Abrir puertas y ventanas" o "La idea de un lago", propuestas de marcada intimidad autoral en donde el agua, igual que ocurre en "Las corrientes", opera como elemento recurrente, amenazante pero paradójicamente liberador: tanto de la vida como de la inevitable muerte.

"En lo personal siento que no tengo una relación particular con el agua o distinta de la que podemos tener un poco todos en términos de esa cosa lúdica y misteriosa que nos genera. El agua tiene como esa cosa mágica donde el cuerpo de repente tiene otro peso. Cambia de color según le de el sol. Esas sensaciones son compartidas, pero acá había algo que merecía la pena explorar a través de una primera imagen potente. Mirá, yo siempre tengo títulos provisorios, y acá desde el principio fue "Las Corrientes". Eso quiere decir que había algo que me interesaba más fuerte que mis propias ideas, pensé en esas corrientes submarinas que te llevan a un lugar y de repente te pasan a otro. Siento que es un poco el proceso que experimenta ella en la película. Y después, bueno, el agua es un lugar que para mí sigue siendo misterio todavía y ese misterio a veces conduce a un coqueteo con la muerte. Si uno piensa en la cantidad de gente que decide terminar su vida en el agua.... como que tiene como una atracción fuerte ¿no? no sé si tiene que ver con volver al origen", se despide Mumenthaler.

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