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Edurne Pasabán: "El éxito no es alcanzar 14 ochomiles, sino estar aquí para contarlo. Se trata de saber hasta dónde llegar, cómo llegar y con qué equilibrio"

Hace apenas unos días, una chica de 16 años a punto de dar el salto al profesionalismo llamó a Edurne Pasaban porque no podía más. La alpinista le preguntó si tenía herramientas para sostenerse y la respuesta llegó envuelta en un titubeo, porque a esa edad todavía pesa el miedo a defraudar al entrenador y a la familia. Veinte años después de su propio derrumbe, la primera mujer que completó los catorce ochomiles sostiene en una entrevista con SPORT que la salud mental sigue siendo un tabú dentro del deporte. "Ese miedo sigue ahí. Y demuestra que aún queda muchísimo camino por recorrer", zanja. Y, además, saca conclusiones vitales sobre su carrera deportiva.

El año en que frenó con ocho ochomiles en la mochila

El parón llegó en 2006, en el mejor tramo de su carrera. Sumaba ocho ochomiles, rondaba los 30 años y figuraba entre las mujeres con más cumbres de esa altura del planeta, de modo que todo apuntaba a que el camino estaba trazado. Lo que se torció fue otra cosa: a su alrededor las amigas se casaban, compraban piso y pensaban en tener hijos, mientras ella seguía encadenando expediciones al Himalaya. La presión de ese entorno, sumada a la certeza de que los hombres de su edad avanzaban sin someterse a ese escrutinio, le abrió preguntas que no sabía responder. Hoy, ya madre, admite que con un hijo en aquel momento quizá nunca habría cerrado la lista de los catorce.

"¿Quién la ha traído hasta aquí?"

Sus inicios pertenecen a otro mundo, el de unos años noventa en los que el alpinismo apenas ocupaba espacio público. Creció rodeada de montes en el País Vasco, con unos padres que la llevaban a caminar sin ser alpinistas y sin un solo referente en casa, y a los 14 o 15 años entró en un club de montaña que la llevó a los Pirineos, a los Alpes y a los Andes antes del salto definitivo. Sitúa en los 24 años su primer contacto con una montaña de 8.000 metros, aunque su primera cumbre de esa altura llegó en el Everest el 23 de mayo de 2001. Los campamentos base de entonces eran territorio masculino sin matices: podía haber cinco expediciones acampadas durante dos o tres meses y ser ella la única mujer del glaciar. "¿Quién la ha traído hasta aquí?", escuchaba, mientras a los chicos de 24 o 25 años que la acompañaban nadie les preguntaba nada.

Catorce amigos de cordada

El precio de esa vida está tasado en su propio cuerpo y en su agenda. En el K2, coronado en 2004, sufrió congelaciones que derivaron en la amputación de dos dedos de los pies tras una recuperación hospitalaria interminable, y regresó a Barajas en silla de ruedas junto a Juanito Oiarzabal. Al año siguiente eligió el Nanga Parbat para comprobar si aún podía escalar. Ha perdido a catorce amigos de cordada, algunos delante de ella, y reconoce que desde fuera cuesta explicar por qué se vuelve cuando de una expedición de cinco regresan cuatro. La respuesta se la dio el padre de uno de los fallecidos. "Edurne, la vida continúa, y la tuya tiene que continuar", le dijo. El miedo, lejos de estorbarle, ha funcionado como su mejor herramienta. "Sí, y creo que gracias a sentir miedo estoy aquí hoy", responde cuando se le pregunta si lo pasó mal ahí arriba.

Nepal, el IE y la humildad

De tanto volver al corazón del Himalaya y ver cómo vive allí la gente nació la Fundación Montañeros por el Himalaya, con la educación infantil como prioridad en un país donde un niño puede caminar cinco horas para llegar a la escuela o dejar de estudiar a los ocho años para cargar leña. Pasaban imparte clases en el IE Business School y lleva cada curso a universitarios de trekking a Nepal, y a esos chavales de 20 años les insiste en que aprendan a gestionar la frustración y que den una vuelta a lo que es triunfar: "El éxito no significa solo alcanzar 14 ochomiles, sino poder estar aquí para contarlo. En una organización pasa lo mismo: no se trata únicamente de la ambición, sino de saber hasta dónde llegar, cómo llegar y con qué equilibrio".

La cumbre que no fue como la había soñado

La escena que todo el mundo imagina también se le cayó encima. En un ochomil la cima dura diez o quince minutos ocupados en ponerse y quitarse los guantes, hacer la foto y guardar el material, con la conciencia de que la bajada dura todavía está entera por delante. "¿Pero esto es?", pensó la primera vez. El sueño perfecto que había construido durante años se deshizo en cuanto puso un pie arriba. La lista se cerró el 17 de mayo de 2010 en el Shisha Pangma, de 8.027 metros, una montaña que se le había resistido en cuatro ocasiones y que coronó acompañada por Asier Izagirre, Alex Txikon, Nacho Orviz y cuatro sherpas. Tres semanas antes, Oh Eun-sun había reclamado ese récord, aunque la surcoreana acabó admitiendo que se quedó unos cientos de metros por debajo de la cima del Kangchenjunga y la Federación Coreana de Montañismo no validó el ascenso.

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