Los eclipses en el cine: de Kubrick a Almodóvar
Mañana el cielo hará algo que el cine lleva más de un siglo intentando reproducir: apagar el Sol. Durante unos minutos, la luz se retirará, el día parecerá equivocarse y la Tierra quedará suspendida en una extraña penumbra. El eclipse solar del 12 de agosto será un acontecimiento astronómico, pero también tiene algo profundamente cinematográfico. Porque pocas cosas se parecen tanto al cine como convertir la luz en oscuridad justo delante de nuestros ojos.
No es casual que los cineastas hayan sentido desde siempre una fascinación casi supersticiosa por los eclipses. En la pantalla, el fenómeno nunca es solamente un fenómeno. Es anuncio, amenaza, revelación o frontera entre dos mundos.
Pocas películas lo entendieron tan bien como "2001: Odisea del espacio". Stanley Kubrick abre su obra maestra con una alineación cósmica entre el Sol, la Tierra y la Luna, mientras Richard Strauss hace sonar su "Así habló Zaratustra". Es el amanecer de la humanidad convertido en imagen: el hombre frente a algo que no comprende y que, sin embargo, parece llamarlo.
Hay algo todavía más extraordinario en "Barrabás" (1961). Richard Fleischer decidió rodar la crucifixión durante un eclipse solar total real, el del 15 de febrero de aquel año. El equipo dispuso de unos minutos para conseguir una toma irrepetible. No había efectos digitales ni posibilidad de decir aquello tan cinematográfico de "otra vez". Si fallaban, el Sol volvería a brillar y se acabó.
Michelangelo Antonioni, que contempló aquel mismo eclipse, lo convirtió al año siguiente en el título y una de las grandes metáforas de "El eclipse". Alain Delon y Monica Vitti se mueven por una sociedad moderna en la que también parece haberse apagado algo: la comunicación, el deseo, la posibilidad de establecer vínculos.
Más espectacular fue [[LINK:TAG|||tag|||633619b91e757a32c790c438|||Mel Gibson ]]en "Apocalypto", donde un eclipse interrumpe un sacrificio humano y es interpretado como una señal divina. El conocimiento astronómico se transforma así en poder: quien sabe cuándo llegará la oscuridad puede hacer creer a los demás que controla a los dioses. Una idea que el cine ya había explotado mucho antes en historias de aventuras.
Y está "Eclipse total" ("Dolores Claiborne", 1995), adaptación de Stephen King, donde el fenómeno celeste funciona como un gigantesco reloj narrativo y como símbolo de los secretos enterrados durante años.
También Pedro Almodóvar ha jugado a su manera con esa idea de un mundo que se queda sin luz. En "Los abrazos rotos" (2009), Harry Caine -el personaje interpretado por Lluís Homar- vive en la oscuridad después de quedar ciego en un accidente en Lanzarote. Pero la película va mucho más allá de la ceguera física: su protagonista es un cineasta que ha perdido la posibilidad de mirar y, con ella, una parte de su propia identidad. Almodóvar convierte así la ausencia de luz en una metáfora de la memoria, el amor perdido y el cine mismo: cuando ya no podemos ver, sólo nos queda reconstruir las imágenes que conservamos.
Quizá por eso los eclipses fascinan tanto al cine. Porque el cine consiste, en buena medida, en eso: conseguir que durante un rato dejemos de ver el mundo tal como es para contemplarlo de otra manera.
Mañana el Sol hará exactamente lo mismo. Y, por una vez, no habrá director detrás de la cámara.