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Alfonso Laurencic: el arquitecto de la tortura científica

En la Barcelona de los años 1937 y 1938, bajo el dominio del Servicio de Investigación Militar (SIM), apareció una violencia distinta: una represión científica, técnica y profundamente perversa. El nombre que encarna esta transición del caos miliciano al terror de Estado es el de Alfonso Laurencic, el ideólogo y arquitecto de las checas barcelonesas que convirtió el diseño espacial en un instrumento de tortura.

Laurencic nació en Enghien (París) el 2 de julio de 1902. Era hijo de padres austriacos y poseía la nacionalidad yugoslava. Su trayectoria antes del conflicto fue la de un aventurero ecléctico: se presentaba como director de orquesta, pintor, arquitecto e ingeniero. Su hoja de servicios incluía el paso por el ejército yugoslavo y el rango de sargento en la Legión Extranjera francesa.

Tras vivir en diversos países, Laurencic finalmente se asentó en Barcelona en 1933, donde se afilió a la CNT y, posteriormente, en vísperas de la guerra, a la UGT. Esta versatilidad ideológica y profesional fue la que, en 1937, le permitió integrarse en la estructura del SIM bajo las órdenes directas de Santiago Garcés, jefe supremo de la inteligencia militar republicana y hombre vinculado al asesinato de Calvo Sotelo.

Laurencic no dio «paseíllos» a los «fascistas», sino que diseñó los escenarios para los interrogatorios y la tortura, especialmente en las checas situadas en las calles de Vallmajor y Zaragoza en Barcelona. Bajo su dirección técnica, estos centros abandonaron el formato de cárceles de partido para adoptar métodos inspirados en la psicología aplicada y en técnicas soviéticas de la NKVD.

El sistema de Laurencic se basaba en el quebrantamiento moral y físico a través de lo que las sentencias judiciales calificarían más tarde como «antros de diabólica combinación de luz, calor, frío y agua». Las celdas psicotécnicas de Laurencic se dividían en categorías diseñadas para distintos tipos de sufrimiento. Tenía celdas de colores, donde el detenido era sometido a una tortura visual constante. Las paredes estaban pintadas con rayas, círculos, rombos y figuras geométricas de colores alucinantes, calculadas para captar la atención del preso y desgastar su voluntad. El mobiliario era un ejercicio de sadismo arquitectónico: el catre de cemento tenía una inclinación del 20%, lo que deslizaba al cuerpo continuamente hacia el suelo, impidiendo el descanso.

«El SIM de Barcelona, bajo su tutela, perseguía a quintacolumnistas y anarquistas que se oponían al estalinismo»

El sádico también ideó celdas «armario» o «campanillas». Eran cajones de madera o cemento de apenas 50 centímetros de ancho por 40 de profundidad. El preso era introducido en una postura de contorsión casi epiléptica, con un apoyo tan inclinado que el descanso era imposible. En el suelo, ladrillos puestos de canto herían los pies de quien intentara mantenerse erguido. El suplicio se completaba con una luz potentísima a escasos centímetros de los ojos y un timbre o metrónomo que mantenía los nervios en una tensión insoportable. Creó también la celda «nevera» y la «carbonera». En la primera el detenido era sometido a duchas de agua helada en pleno invierno, seguidas de corrientes de aire frío. En la «carbonera», el piso estaba cubierto de estrías cortantes que convertían el cuerpo del recluso en una llaga viva.

«Estado dentro del Estado»

Es fundamental subrayar que Laurencic no actuó de forma aislada. Sus declaraciones durante su consejo de guerra revelan que recibía órdenes de figuras de alto nivel como Urdueña –jefe de la Sección de Inspección del SIM– y el citado Santiago Garcés. El SIM de Barcelona se convirtió, bajo su tutela técnica, en un «Estado dentro del Estado» que perseguía tanto a supuestos quintacolumnistas como a disidentes del POUM y anarquistas que se oponían a la hegemonía estalinista.

Tras la caída de Barcelona en 1939, Laurencic intentó huir, pero fue capturado en el Collell el 7 de febrero. Su juicio, celebrado el 12 de junio de 1939, ofrece una visión de la mentalidad del victimario burócrata. Laurencic se defendió afirmando que era una «víctima de las circunstancias». Su argumentación recuerda de forma escalofriante a la que años después darían cargos nacionalsocialistas ante el Holocausto: solo eran piezas de un «engranaje inconsciente» de una maquinaria mayor.

La sentencia fue ineludible: pena de muerte. En sus últimos momentos, Laurencic protagonizó un último giro dramático. Él, que había servido fielmente a la República, a la URSS y al SIM, escribió una carta a su mujer desde la prisión y, al ser conducido al paredón en el Campo de la Bota la madrugada del 9 de julio de 1939, se negó a que le vendaran los ojos. Levantó el brazo, saludó al estilo nacional y gritó: «¡Viva el Generalísimo Franco!» antes de que la descarga de los fusiles acabara con su vida.

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