La Habana, amor a primera vista
Tengo que confesarlo. Cuando visité La Habana (Cuba) por primera vez no me gustó. Es algo que suele sucederme cuando recién llego a una gran ciudad. Las junglas de asfalto me producen, de entrada, una especie de rechazo inconsciente. Pasé la primera mañana deambulando por las calles de La Habana Vieja, visité los lugares por los que es famosa la capital, recorrí el malecón, visité la catedral y me fotografié junto a la fuente de los Leones. También entré en aquellos locales que Hemingway —el escritor bandarra más venerado del Mundo— hizo famosos tras su estancia en la ciudad (en algo le doy la razón: los mojitos habaneros son insuperables).
Ya empezaba a preocuparme mi desafecto por aquella urbe mítica cuando lo vi. En realidad no era el primero que veía, de hecho los había fotografiado muchas veces desde que aterricé hacía días en la ya lejana ciudad de Santiago. Pero en aquel instante lo vi de verdad. Estaba aparcado en una esquina del Paseo del Prado, un Buick de color azul que seguramente se fabricó en algún momento entre 1920 y 1950. Su conductor fuera, de pie, fumando, estaba conversando acaloradamente con dos paisanos. Y esa música. Un pegajoso ritmo caribeño que salía por la ventanilla poniéndole la perfecta banda sonora a aquella escena: “Me voy al transbordador, a descargar la carreta. Para cumplir con la meta. De mi penosa labor”.