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Así habría sido vivir el impacto del asteroide que acabó con los dinosaurios: un minuto a minuto del mayor cataclismo de la Tierra

Hace 66 millones de años, un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro se precipitó sobre lo que hoy es la península de Yucatán. El impacto, conocido como Chicxulub, desencadenó una cadena de fenómenos que borró de la faz de la Tierra a los dinosaurios y a más de la mitad de las especies existentes.

Los profesores Michael Benton (Universidad de Bristol) y Monica Grady (The Open University) han reconstruido en The Conversation cómo habría sido presenciar aquel momento enseñando qué se habría visto, oído y olido en las horas, días y años posteriores. Su relato, basado en décadas de investigación geológica y paleontológica, ofrece una visión del mayor cataclismo natural de la historia reciente del planeta.

Según los investigadores, el ambiente en la zona cero habría sido cálido y húmedo, con temperaturas cercanas a los 26C. El asteroide llevaba días visible en el cielo nocturno, pero en las horas previas ya podía distinguirse incluso de día, como un punto brillante que aumentaba de tamaño.

El momento del choque: luz cegadora, onda expansiva y muerte instantánea

A las 0:00 del relato, una luz blanca precedió a un estruendo ensordecedor. El asteroide golpeó un mar poco profundo y vaporizó todo lo que se encontraba cerca. Incluso a 2.000 kilómetros del epicentro, la radiación térmica y los vientos supersónicos habrían matado a cualquier ser vivo en cuestión de segundos.

Los vientos descendieron a niveles equivalentes a un huracán de categoría 5, pero seguían siendo letales. El aire se llenó de vapor sobrecalentado y fragmentos de roca fundida. Las primeras megaolas de 100 metros arrasaron las costas del Golfo de México. Cualquier superviviente a más de 3.000 kilómetros habría sucumbido poco después a incendios, inundaciones, terremotos o el impacto de material expulsado por la colisión.

Una hora después la onda expansiva dio la vuelta al planeta. El cielo comenzó a oscurecerse en lugares tan lejanos como Nueva Zelanda o Dinamarca, mientras una lluvia de partículas incandescentes seguía cayendo sobre la superficie.

Tras un día los incendios forestales se extendieron por continentes enteros. El polvo y el hollín bloquearon la luz solar y las temperaturas empezaron a desplomarse. Las plantas dejaron de realizar la fotosíntesis, lo que provocó un colapso inmediato de las cadenas alimentarias.

Una semana después la temperatura global cayó al menos 5C. La lluvia ácida comenzó a caer sobre mares y continentes, matando plantas, animales y organismos marinos superficiales. El aire se llenó de humo, vegetación en descomposición y aerosoles de azufre.

Un año después: un invierno planetario sin sol

El sol no había brillado en un año. Las temperaturas eran 15C más bajas que antes del impacto. Los restos de dinosaurios y reptiles marinos se acumulaban en los paisajes devastados, mientras pequeños mamíferos e insectos sobrevivían refugiados bajo tierra.

Diez años más tarde, aunque la Tierra seguía sumida en un invierno prolongado, algunas especies comenzaron a recuperarse lejos del cráter. Tortugas, cocodrilos pequeños, lagartos, serpientes y aves terrestres fueron los primeros en recolonizar los ecosistemas.

El límite geológico K–Pg, visible hoy en lugares como Zumaia (Gipuzkoa), marca el momento exacto del impacto. La desaparición de los dinosaurios abrió el camino a la diversificación de los mamíferos y, millones de años después, a la evolución de los primates y los seres humanos. Los expertos recuerdan que el asteroide cambió la atmósfera de forma drástica y advierten que la actividad humana está generando alteraciones similares, con consecuencias imprevisibles para el futuro del planeta.

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