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Isabel Azkarate sale de caza con un móvil a los 76 años

Como todas las decisiones tomadas con la determinación alentadora del desafío, la última ejecutada por Isabel Azkarate ha estado condicionada por eso que constituye la droga más democratizada de cualquier creador: un reto. Xiaomi le propuso utilizar uno de sus dispositivos móviles para registrar la vida que late actualmente en las calles de San Sebastián emparejando las imágenes capturadas con otras muy similares tomadas en los años 80 y 90 del siglo pasado y la fotoperiodista vasca aceptó sin pensarlo. "A todas horas, tomando fotos de manera casi compulsiva, con la idea de fotografiar a todos mis vecinos". Así es como declaraba haber trabajado durante la presentación que tuvo lugar en el Espacio Cultural Serrería Belga de la muestra "Azkarate vs. Azkarate", que estará abierta al público hasta el 28 de junio y que constituye la primera exposición con la que arranca oficialmente la 29 ª edición de PhotoEspaña.

Parapetada tras el filtro del visor de este aparato de última generación que incorpora ópticas Leica y con el que aseguraba haberse sentido más libre y ligera disparando, Azkarate se ha entregado sin resignación a los prometedores brazos de la modernidad. Resulta fascinante imaginarse a esta mujer pionera, curiosa, vivísima, desarrollada profesionalmente como reportera gráfica durante la época más dura de ETA, autora de reportajes con una energía marcadamente viajera y testigo privilegiado de la escena cultural del Festival de San Sebastián –certamen del cual ha sido la fotógrafa oficial durante más de una década–, sustituyendo la liturgia ya no solo ritualística sino estética de la cámara de fotos, por la levedad raquítica de un teléfono.

Antes las capturas las hacía a bocajarro, sin preguntar, sin componer, sin artificiar el escenario contemplado, sin saludar, sin distraerse, con el puro atrevimiento de arrinconar la realidad. Ahora reconoce que pide permiso para evitar complicaciones o problemas, se ha vuelto una cazadora animalista, una artista intencionadamente precavida. Antes las señoras y los señores se componían para habitar la calle, se engalanaban para llevar a cabo tareas cotidianas que no precisaban aparentemente de una preparación ornamental específica pero que sólo realizándolas eran capaces de identificarnos y definirnos más que cualquier palabra.

Ahora el traje y el sombrero, el tacón de punta redondeada y el vestido, han sido sustituidos por la gorra y las prendas anchas. "Hay muchísimas mujeres latinoamericanas empujando sillas de ruedas de ancianos, y las señoras mayores, que en Nueva York de los 80 salían a la calle elegantísimas, con sus perlas y sus pieles, ahora siguen elegantes, pero menos. Y todas con zapatillas de deporte", destacaba Azkarate sobre una de las principales reflexiones que sobrevuelan la muestra y que tiene que ver, además de con la introducción de las nuevas tecnologías en la generación de imágenes, con ese desarrollo evolutivo que hemos experimentado en la manera de mirarnos pero también de vernos en el transcurso de los últimos 40 años.

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