Álvaro Serrano: «Me apunté a la escuela taurina solo por hacer deporte»
Hay triunfos que se cocinan a fuego lento, lejos de los focos y al revés de las urgencias que hoy dominan el toreo. Álvaro Serrano (21 años) conmovió a Las Ventas el pasado martes 12 de mayo al cortar una oreja a cada novillo de Montealto. El de Navas del Rey, que empezó en la escuela por hacer deporte y alejado de los cánones físicos habituales, derribó la puerta más difícil del mundo con una madurez asombrosa. Pero la gloria le llegó entrelazada con la vida: su abuelo pudo verlo salir a hombros por la televisión antes de fallecer horas después. Charlamos con el triunfador de San Isidro sobre la ambición, el dolor de la pérdida, la lealtad a su maestro Alberto Aguilar y esa cabeza fría necesaria para matar un toro cuando el corazón te quema en el pecho.
La Puerta Grande llegó con una carga emocional tremenda por la despedida de su abuelo. ¿Cómo digiere esos dos extremos?
Fue una tarde muy bonita, con un montón de sensaciones acumuladas. Que mi abuelo pudiese verme y disfrutarlo desde la televisión antes de fallecer fue el mejor regalo. Pudimos hablar después de la novillada y el hombre ya descansó tranquilo habiéndome visto salir a hombros de Madrid. Ha sido algo único; tantas veces que lo habíamos hablado y que se haya hecho realidad en su último día es algo precioso que se queda conmigo para siempre.
¿Cómo es eso de que iba a la escuela taurina solo por hacer deporte?
En mi familia había afición, pero yo me apunté a la escuela simplemente porque la crearon en mi pueblo, no porque me hiciera especial ilusión ser torero. Como yo era un chico fuertecito, mi padre pensó que me vendría bien para hacer ejercicio. Al principio mis compañeros bromeaban conmigo; yo era un poco "paquete", el típico niño pequeño que no quería correr [ríe]. Pero siempre me he tomado las cosas bien. Al ser tan niño no piensas en demostrarle nada a nadie, solo piensas en jugar y en ser feliz en la plaza.
Son muchos los novilleros que ahora torean en Madrid para entrar en los pueblos. Usted lo hizo al revés, como era antes.
El maestro Alberto Aguilar y yo siempre hemos planteado las temporadas desde el mismo punto de vista: a Madrid hay que venir para triunfar de verdad, no para que no pase nada. Por eso decidimos torear el mayor número de festejos posibles en los pueblos y certámenes. Cuando uno pisa las plazas importantes estando verdaderamente preparado y rodado, los triunfos llegan de forma más fácil. La ambición de querer crecer como torero es lo que nunca le puede faltar a un novillero. Yo sabía que en San Isidro tenía mucho que ganar y poco que perder, y cuando estás dispuesto a entregarlo todo, las cosas ruedan.
Ya estuvo en la final del «Camino hacia Las Ventas» en 2023, donde resultó herido con la plaza llena. ¿Aquel poso ayuda a que Madrid no pese tanto?
Madrid pesa de todas las formas posibles. Da igual que lleves cincuenta paseíllos, Las Ventas va a seguir pesando siempre exactamente lo mismo. Estar anunciado dos tardes y en una feria como San Isidro, que es la más importante del mundo, es lo que hace que todos los esfuerzos y los sacrificios cobren sentido. En la Feria de la Comunidad ya sentimos que pudo pasar algo grande, pero la espada no entró. Si no fue ahí, es porque Dios me tenía preparado el triunfo del día doce.
¿Cómo se mantiene la mente fría para no amontonarse cuando tienes el triunfo prácticamente en el bolsillo?
Eso lo entrenamos muchísimo con el maestro Alberto Aguilar. Cuando cogemos la espada de salón, él me habla, intenta ponerme nervioso y me presiona para que aprenda a trabajar con la mente fría. Cuando monto la espada delante del novillo real, intento no pensar en nada más que en el toro. Busco estar tranquilo, hacer los tiempos exactamente igual que los hago en el carretón de entrenar, y luego tirarme con todo el corazón y la fe para adelante. Que sea lo que tenga que ser, pero sin dejarme nada dentro.
¿Qué se sintió cuando asomó el pañuelo con la llave de la Puerta Grande?
Es una sensación que todavía no se describir. Ha sido una de las mayores alegrías de mi vida. Ver que después de tanto trabajo, de tantos sinsabores y de todos los esfuerzos acumulados, todo ha merecido la pena. Salir a hombros de Madrid es lo que lleva uno soñando desde que era un niño.
¿Teme que el eco de Madrid le haga perder la perspectiva?
Para nada. He tenido los pies en la tierra desde el primer momento. En mi entorno siempre me han exigido mantener la misma humildad que he tenido desde que empecé, y en eso sigo enfocado. Toca seguir trabajando día a día y luchando por el concepto de torero que quiero llegar a ser. ¿El teléfono? Sí, ya ha empezado a sonar. Han salido ya los carteles de Santander y Murcia y afortunadamente estoy anunciado allí. El esfuerzo empieza a dar sus frutos.
Sorprendió la ruptura de apoderamiento.
Con Alfredo [Fernández] no tengo más que gratitud, vivimos una etapa muy buena juntos en la que ambos hicimos un esfuerzo y un trabajo importante. Tras la tarde de Madrid nos reunimos y vimos el futuro de manera diferente, así que, simplemente, separamos nuestros caminos. Todas las etapas tienen un principio y un final.