Hipoteca fija o variable en junio de 2026: qué conviene firmar con el euríbor en el 2,8%
El mercado hipotecario se ha encarecido en los últimos meses. Ya a inicios de 2026 los expertos preveían un aumento del coste de las hipotecas como consecuencia de la presión del mercado inmobiliario, con alta demanda y precios desorbitados. A esas circunstancias, que efectivamente han presionando al alza los intereses, se ha sumado en estos seis meses el conflicto de Oriente Próximo, que ha disparado el valor de la energía y, con ello, ha hecho que la inflación repunte. Una tormenta perfecta que ha provocado que el euríbor pase del 2% con el que cerró junio de 2025 al 2,8% con el que terminó mayo de 2026. Y la cosa no queda ahí, pues lo más probable es que siga aumentando porque la inflación no baja y es previsible que el Banco Central Europeo (BCE) aumente sus tipos de interés en breve. Los bancos toman como referencia el euríbor para establecer el precio de todas sus hipotecas: fijas y variables. Para quien vaya a pedir un préstamo hipotecario nuevo, los costes ya han subido de forma general. Sin embargo, en un producto que se puede tardar en pagar hasta 30 años no sólo es importante el precio de entrada, también la modalidad elegida, pues de ello depende que en todo ese tiempo el precio cambie o no, cuáles serán los costes de amortizarla antes de tiempo o el gasto total que supondrá para el cliente, entre otros aspectos. Ante esta situación, a continuación evaluamos la conveniencia de uno u otro tipo para determinar si en este contexto es mejor una hipoteca fija o variable. Fuentes y metodología al final del artículo. Ninguna de las dos opciones es claramente superior a la otra y el contexto actual ha igualado la comparación más que en meses anteriores. Las hipotecas fijas y las hipotecas variables que las entidades comercializan en junio reflejan ese equilibrio: las primeras han subido para ajustarse al nuevo euríbor y han perdido el atractivo de los precios bajos que se firmaban a principios de 2025, las segundas arrancan con cuotas más asequibles, pero quedan a merced de la evolución del índice en los próximos años. El comprador que llega hoy al notario se encuentra con un escenario en el que la elección entre hipoteca fija o variable depende menos del producto en abstracto y más de su propia situación. A favor de la variable juegan dos factores. El primero es la cuota de salida: los TIN bonificados del primer año arrancan entre el 1,50% y el 2,30% en las hipotecas variables del mercado, por debajo del 2,30%-2,85% que aplican las hipotecas fijas más competitivas. Esa diferencia se nota en los primeros doce meses, justo cuando la economía familiar se resiente más por la compra de la vivienda. El segundo es el horizonte: a lo largo de un préstamo de 25 o 30 años, el euríbor pasará por varios ciclos, y si en algún momento de ese recorrido el índice cede, la cuota se ajustará a la baja en cada revisión sin necesidad de renegociar nada con el banco. A favor de la fija juega un argumento de peso: la certeza absoluta. Quien firme una hipoteca fija en junio paga la misma cuota dentro de quince años, pase lo que pase con la inflación, el petróleo, los tipos del BCE o cualquier otro factor que hoy no se pueda anticipar. Es un seguro contra escenarios adversos, y en un préstamo que puede durar tres décadas ese seguro tiene valor. El precio que se paga es renunciar a una eventual bajada del índice y atarse a un coste que hoy no es el más bajo que el mercado haya visto en los últimos años. Lo que termina inclinando la balanza entre hipoteca fija o variable no es la pura comparación de tipos, sino el margen presupuestario del comprador y su tolerancia al riesgo. Un perfil con ingresos holgados, capacidad de absorber subidas adicionales del euríbor y vista puesta en una posible moderación del índice puede sacar partido a la variable. Un perfil ajustado, sin colchón financiero o que prefiera dormir tranquilo sin estar pendiente de cada revisión semestral, encuentra en la fija una protección que justifica pagar algo más a cambio. La elección entre hipoteca fija o variable depende, en última instancia, de quién firma el préstamo y de cómo encajan sus ingresos, su capacidad de ahorro y su tolerancia al riesgo en un compromiso que puede durar tres décadas. Hay perfiles para los que el cálculo es claro en una dirección, y otros en los que el equilibrio se inclina hacia la opción contraria. Las hipotecas fijas son la opción natural para el comprador con margen presupuestario justo, que necesita saber al céntimo cuál será su cuota mensual durante los próximos veinte o treinta años. Un repunte del euríbor de medio punto, que en una hipoteca variable se traduce en varias decenas de euros adicionales cada mes tras la revisión, puede tensionar una economía familiar que ya destina buena parte de los ingresos a la cuota. Para ese perfil, pagar algo más a cambio de certeza es una decisión sensata. También encajan en el producto las familias que valoran la estabilidad por encima de cualquier otro factor y que prefieren no estar pendientes de cada revisión semestral ni de las decisiones del BCE. Las hipotecas variables tienen sentido para perfiles con ingresos holgados y capacidad de absorber subidas adicionales del euríbor sin que la cuota mensual se convierta en un problema. Un comprador con un margen presupuestario amplio, que pueda asumir un escenario en el que el índice se sitúe uno o dos puntos por encima del actual sin alterar su día a día, está en condiciones de aprovechar la cuota de salida más baja del producto y, sobre todo, una eventual moderación del índice en los próximos años. Encajan también en la variable los compradores con un horizonte temporal largo por delante, que dispondrán de varios ciclos del euríbor durante la vida del préstamo y pueden permitirse esperar a un escenario más favorable. Un caso particular es el del comprador que prevé adelantar capital o cancelar el préstamo antes del vencimiento, ya sea por la venta de otra propiedad, por una previsión razonable de mejora salarial o cualquier otro motivo. Para ese perfil, las hipotecas variables presentan una ventaja sustancial en la comisión por amortización anticipada. La ley fija topes muy distintos según el tipo de hipoteca. En las hipotecas fijas el banco puede aplicar hasta un 2% del capital amortizado durante los diez primeros años y un 1,5% a partir del undécimo. En las hipotecas variables ese tope se queda muy por debajo: como máximo un 0,15% durante los cinco primeros años o un 0,25% durante los tres primeros, según el pacto firmado, y desaparece a partir de entonces. La diferencia puede representar varios miles de euros sobre el capital pendiente, y termina inclinando la decisión hacia la variable incluso en perfiles que de partida hubieran preferido la estabilidad de la fija. Por último, los autónomos se enfrentan a una decisión condicionada por la irregularidad de sus ingresos. Un mes flojo de facturación se lleva peor con una cuota que puede haber subido tras la última revisión del euríbor, así que la fija aporta una previsibilidad que casa bien con un negocio cuyos ingresos no llegan en cantidades iguales cada mes. Solo conviene plantearse la variable si la actividad genera un colchón financiero suficiente para absorber subidas y cubrir trimestres flojos sin alterar el calendario de pagos.