Un pastor contra el suicidio y la violencia machista
Llenazo en Madrid. Y «sold out» también en Barcelona. Del Santiago Bernabéu al Lluís Companys. Si en la capital española le corearon más de 70.000 personas, este martes cerca de 40.000 peregrinos le jalearon desde que hizo entrada en Papamóvil poco antes de las ocho de la tarde en el que fuera escenario de los Juegos Olímpicos del 92. León XIV tiene tirón también en Cataluña. De hecho, en apenas quince minutos se agotaron las entradas para asistir a la vigilia cuando se pusieron a disposición de los feligreses. El acto tuvo un acento marcadamente catalán a través de un grupo de «castellers» y del canto entonado con Sergio Dalma junto a la Escolanía de Montserrat.
Para arrancar la celebración, tomó la palabra el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella. Con el buen humor al que acostumbra, Omella presentó ante el Papa a la juventud y a la «juventud acumulada». A partir de ahí, y con las olimpiadas como referente, confió en que la nueva torre de Cristo de la basílica de la Sagrada Familia que bendecirá hoy el Pontífice se convierta en un «nuevo pebetero de esta ciudad olímpica que encienda la llamada de una nueva etapa capaz de transformar nuestras almas y nuestra vida para hacer de Barcelona una nueva ciudad de Dios, como la quería Gaudí». El cardenal remató su alocución con una invocación al Espíritu Santo, subrayando y agradeciendo al Papa que «entienda y comprenda nuestra lengua catalana».
Sus palabras fueron el punto de partida para establecer un diálogo del Pontífice con tres jóvenes, en la línea de la vigilia celebrada el sábado por la noche en el madrileño paseo de la Castellana. Ante las interrogantes planteadas, de nuevo, como hiciera por la mañana en la catedral, maridó el castellano y el catalán. Fue cuando se vivió uno de los momentos más emotivos de la noche.
Sobre el escenario del estadio se dio visibilidad a una de las plagas silenciada entre los adolescentes y los jóvenes: el suicidio. «Una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida», confesó Carmina emocionada. «Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad», añadió justo después, afrontando públicamente los efectos letales que puede provocar una depresión. El paso al frente de esta joven, que hoy es profesora, fue correspondido por los presentes con una ovación y la mirada emocionada de León XIV.
«Ante todo, gracias por compartir hoy tu experiencia de sufrimiento», expresó el Pontífice agustino. «Me conmueve que puedas hablar de ella, que estés aquí entre nosotros y que hayas encontrado la fuerza de acoger esta segunda posibilidad que el Señor te ha dado», añadió sobre las heridas en la salud mental. Lejos de dar un solución ‘‘milagrera’’, reivindicó que «se necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes». Con esta premisa, no dudó en cuestionar «algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos y, por eso, el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados, confinados al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza».
Desde ahí, el Papa elevó una autocrítica eclesial más que significativa: «No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la ‘‘voluntad de Dios’’ o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas». Estas palabras ponen de manifiesto una preocupación que ya formuló Francisco y que también han secundado en estos últimos meses los obispos españoles sobre el riesgo de una religiosidad desencarnada y con tintes de falso misticismo. León XIV aclaró que «Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Recordemos lo que decía el Papa Francisco: con Dios, la vida renace siempre». O dicho de otra manera, León XIV llamó a afrontar de manera estas heridas.
No se quedó atrás el relato sobre la violencia de género que sufrió en primera persona Desireé: «De pequeña mi padre intentó matar a mi madre, y se salvó porque se interpuso un chico que murió. Mi padre ingresó en la cárcel, y mi madre entró en el mundo de las drogas». El centro eclesial de menores de San José de la Montaña se convirtió en su familia y su rebeldía por el aparente silencio de Dios en los momentos más duros de su vida.
A la par, condenó «la violencia contra las mujeres, que a menudo desembocan lamentablemente también en feminicidios». «Esta realidad dramática estamos llamados a abordarla todos, sea personalmente, sea como sociedad», subrayó el Papa. Es más, remarcó que «no podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad».
«¿Debemos preguntarnos ‘‘dónde estaba Dios’’ o debemos interrogarnos sobre el hombre y sobre la humanidad, sobre cómo a veces somos prisioneros del mal hasta llegar a ser violentos con los demás, sobre cómo no logramos cultivar el amor y respetar a los demás en su dignidad y libertad?», expuso el Pontífice.
Y se respondió: «Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios».
Como hiciera al abordar el suicidio, el Papa también llevó a cabo un tirón de orejas a la propia Iglesia: «El mismo Evangelio, si lo leemos como un libro de indicaciones, de mandamientos y de deberes, corre el riesgo de causarnos mucho desánimo y frustración». «Jesús nos invita al perdón», comentó, proponiendo «itinerarios de acompañamiento y reconciliación interior».
A la luz del testimonio de un joven que se ha bautizado recientemente, León XIV criticó «la idolatría del beneficio y del rendimiento», así como «el culto a la propia imagen» que contagia a la sociedad.