España, tierra de santos
León XIV nos ha invitado a alzar la mirada al ejemplo de los santos que han florecido en nuestra tierra. Desde Manuel González a Toribio de Mogrovejo, pasando por Ignacio de Loyola, Tomás de Villanueva o Juan de Ávila, pone ante nuestros ojos a la España creyente y magnánima que ellos representan, humildes y firmes en la fe, comprometidos fecundamente con su tiempo.
La mística española, apasionada por el misterio divino, es «una mística de ojos abiertos», que lleva al corazón de la realidad, a la raíz de las cuestiones, como la de santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, figuras que, «desde hace cinco siglos, nutren la vida de la Iglesia y la búsqueda espiritual de muchos, incluso más allá de sus fronteras visibles», dijo en el discurso del Palacio Real.
Con San Juan de la Cruz y su tema de la noche, nuestras oscuridades pueden llegar a apreciarse como un «tiempo en que el alma se libera de lo que presumía conocer y poseer», porque las verdaderas certezas se alcanzan pasando por lo desconocido. Nos ha invitado a superar el miedo de dejar falsas seguridades, para intuir en la oscuridad, «casi el irrumpir de una verdad como luz que aún ciega, pero que si confiamos y encontramos paz nos llevará delicadamente hacia sí misma».
Con Santa Teresa nos invita a entrar dentro de nosotros, donde no estamos solos, porque «avanzando hacia el lugar más íntimo –el propio corazón, santuario de la verdad–, el espacio se amplía, la mente se abre, las tensiones se disuelven, los demás encuentran su lugar, el universo se convierte en hogar». En «la presencia escondida del Señor» eucarístico hallamos «aquella eterna fuente que está escondida», fuente que corre y apaga la sed, pero sin deslumbrar, «sin imponerse con poder exterior» (homilía Corpus).