La importante labor de los capellanes de prisiones: más allá de la escucha
En el imaginario popular puede estar fijada la idea de que los sacerdotes que acuden cada día a prisión lo hacen para celebrar misa y ya está. Sin embargo, su labor va mucho más allá. Cualquiera de ellos admite que su principal labor se centra en la escucha, las horas que hagan falta, los días que sean necesarios, sin juzgar a quien habla ni la historia que cuente porque, en el fondo, creen que debajo de todo hay mucho dolor. Así lo explica Emiliano Tapia, capellán en la prisión de Topas (Salamanca) desde hace 28 años, que pone el foco en la verdadera razón por la que mucha gente acaba en la cárcel.
Para el religioso hay tres grandes causas que él ha descubierto tras cientos de horas de escucha. «La primera es la violencia, que es un problema muy complejo y tenemos que mirar lo social y lo comunitario para afrontarlo. Pero si alguien ha crecido en un entorno violento es complicado un desarrollo fuera de ahí». Tapia cree que el segundo gran bloque está en el problema de la inmigración. «El 40% de los que llegan a la prisión vienen derivados de esta problemática ¿Por qué están aquí? ¿De dónde huyen y por qué? Aquí volveríamos al problema de la violencia», sostiene. Y en el tercer grupo, según el capellán, estarían los afectados por algún problema de salud mental. «Serán el 38% y es un problema más complejo aún. En definitiva, estos tres colectivos aglutinan el 90% de la población reclusa en España». Precisamente por eso, sostiene que la génesis de todo está «fuera», en la sociedad, «que no ha sabido dar respuesta a esta gente». Para Tapia la población reclusa es, por tanto, una consecuencia de que el sistema falló previamente.
Pero también, en muchas ocasiones, a posteriori. De ahí que haya creado una asociación para apoyar a las personas que salen de prisión sin absolutamente nada: ni familia ni trabajo ni referencias y con un futuro que podría abocarles de nuevo a la cárcel. Colaboran con la asociación Asdecoba, en el barrio de Buenos Aires de Salamanca, que junto con la casa de acogida dan cobijo y trabajo a aquellos que tienen que empezar de cero. «Necesitamos devolverles aquello que nunca tuvieron: techo, comida y apoyo cultural o sanitario», explica. Porque la vida de un recluso no termina cuando acaba su condena. Es precisamente en ese momento cuando las instituciones dejan de «sostenerle» y tiene que volver a la vida en sociedad. «Es gente atravesada por la exclusión social y ahora hemos creado un huerto para que vuelvan a la tierra, a trabajarla y al esfuerzo comunitario». Ahora tienen a 17 personas empleadas en esta tarea y con parte de esos productos elaboran un servicio de catering a domicilio para mayores en el medio rural y urbano. Son unas 70 personas (de las 41 que hay en la casa de acogida en la actualidad) que dan unos 1.500 servicios diarios.
«No basta con proporcionarles cama: necesitan un modo de vida para poder adaptarse. Hay muchos que no lo logran, no es fácil, pero otros sí lo consiguen», asegura el capellán, que insiste en que la población reclusa «suele ser víctima de una sociedad que criminaliza».
«Tenemos que reconocer que la mayoría son criminalizados como consecuencia de problemas que no hemos querido o sabido gestionar en la sociedad. ¿Cómo es posible esto? ¿Qué podemos hacer nosotros?», reflexiona.
Y, como no va en su ADN quedarse de brazos cruzados creó este servicio a quienes, tras pasar muchos años privados de libertad, salen «confusos, desestructurados y con falta de recursos». Y, como su compañero de Brians, parafrasea al Papa Francisco cuando decía: «Si yo hubiera estado en vuestra situación ¿qué habría pasado?» Esa fijación que parecía tener Bergoglio (y ahora también Prevost) con la población reclusa también la siente Tapia. «Vengo de los Salesianos y del mundo rural y, tras muchos años fuera, cuando regresé a los pueblos vi el abandono que sufrían; de ahí mi mirada a los excluidos».
Una mirada que, asegura, no va muy lejos si se hace de forma individual. «Apasionarse es querer hacer camino con otros, uno solo no es posible. Lo colectivo, lo comunitario, es imprescindible. De ahí la importancia del equipo». Porque el capellán deja bien claro que esta labor no es posible sin compartir: «Tus espaldas no pueden cargar con tanto peso», reconoce. De esta forma, una atención integral al interno es posible gracias a «voluntarios que entran en el mundo de la cárcel desde la Iglesia para vivir la expansión del Evangelio». Y matiza: «No es una tarea de curas, es de creyentes y, sobre todo, de personas de buena voluntad». Hay muchos voluntarios del mundo de la Educación Social y también, según el sacerdote, «mucho jubilado».
«Lo más importante es que tengan claro que van a poder dar un apoyo de continuidad. Esto no es un voluntariado cualquiera. Aquí tiene que haber compromiso de permanencia porque los procesos de la gente necesitan un seguimiento: primero tienes que lograr la confianza adecuada para que te cuenten su historia y para eso es importante mucho tiempo para ganarte su confianza. Y luego es importante seguir el proceso, que vean que han confiando en alguien y, esta vez, no les van a dejar tirados porque es gente que ya ha sufrido mucho en la calle».