Etgar Keret, el humor como arma ante el fracaso
Tras setenta y tres años de rodaje, ciento catorce de montaje, y noventa y seis de edición de sonido, se estrenó la película «La vida», un metraje con la misma duración que la de su propia grabación. A su estreno fueron invitados los mejores críticos de cine, y dado la larguísima duración de la proyección algunos de ellos murieron en el intento. No se trata esta de una historia real, sino de «La versión del director», uno de los incómodos, entretenidos y sorprendentes relatos que Etgar Keret publica en su nuevo libro. Es conocido el autor (Tel Aviv, 1967) por lo irónico de sus ideas, por la arbitrariedad de sus narraciones. Y en su nueva obra, «El blues del fin del mundo» (Siruela), así lo refuerza. Resuelve las tramas sin miedo a lo incómodo, mezclando la cara más cruel de la sociedad con las más profundas (tratando de ser pacíficas) realidades de la vida. «Somos meros espectadores ante la decadencia absoluta», afirma el autor a este diario a través de una videollamada, a la que se conecta desde su casa de Tel Aviv. Y lo dice, añade, desde su propia y peculiar experiencia.
Keret escribe según percibe su entorno, y «la sensación que tengo ahora es de un desastre global. Mis personajes saben que no tienen el control del mundo, y que su lucha es mantener su humanidad». Es así como el autor escribe sobre una inteligencia artificial capaz de producir para todas las personas del mundo un alma gemela, sobre un hombre que descubre que un asteroide bautizado con el nombre de su mujer está a punto de impactar contra la Tierra, o sobre la fila interminable que hay que esperar para, al parecer, llegar al paraíso. Una serie de desafíos de apariencia distópica, y que el escritor articula mediante un humor absurdo que, asegura, «es lo único que nos puede salvar. El humor es el arma del fracaso, pues no te hace falta si puedes cambiar la realidad. Es una forma de decirnos que no podemos tener las cosas de la forma en que queremos, pero no por ello queremos desistir».
Una psicosis
Keret es un testigo activo de la realidad de su país. Aunque no descarta una cierta distancia a veces, necesaria a la hora de analizar su vida familiar y privada. Asegura desde la capital israelí que «esto es una locura. Si vas a la playa, ves a gente escuchando música y a niños comiendo helado. Pero, si prestas atención, se pueden escuchar de fondo las bombas explotando en Gaza. Es una psicosis. El niño que come helado no puede salvar Oriente Medio, pero puede reconocer la situación, llorar, hacer algo».
El autor se ha mostrado a lo largo de su trayectoria crítico y constructivo respecto a su país, así como ha tratado de aportar ayuda ante la situación de los ciudadanos: tras los ataques del 7 de octubre, Keret se ofreció voluntario para apoyar a las personas de los kibutzim afectados. «Mi esposa y yo hemos recibido amenazas de muerte durante una década, en la Universidad de Bielorrusia está prohibido leer mis libros, todo el tiempo hay bomberos volando sobre mi cabeza... Hay miles de niños muertos y las personas que los mataron hablan mi lenguaje, comieron la misma comida que yo y algunos han leído mis libros. Es algo inimaginable, pero yo no puedo sentirme culpable», se sincera el escritor.
Y quizá no sea optimista con la situación que está por venir, pero sí trata de ser realista: «Los conflictos en el mundo siempre empiezan, pero nunca terminan», afirma, refiriéndose a «Rusia y Ucrania, Israel y Gaza, Estados Unidos e Irán... La idea de todo esto es que, cuando no tienes una historia de la que hablar, empiezas una. En mi libro lucho por mantener la humanidad, mientras que en la vida nos estamos embarcando en el Titanic, discutiendo entre unos y otros para tener una mejor habitación».
El factor tecnológico está muy presente en «El blues del fin del mundo», afectando ante todo a la creciente soledad del ser humano. ¿Las pantallas nos han desensibilizado frente al dolor vecino? «Nos hacen menos humanos, nos transforman en usuarios. Hemos pasado de la actividad a la pasividad. Hace diez años, ibas al cine y elegías qué película ver, aunque te equivocaras. Ahora, en Instagram, ¿quién es el responsable de que te aparezca un chico en un barco o un accidente de coche? Nos están separando de nuestra identidad». Tiempos, al parecer, inhumanos, y frente a los que los relatos de Keret actúan como leves pinchazos que alivian más que curan, que reprenden más que consienten. Que, como la vida misma, aprietan, pero no ahogan.