Crítica de clásica: La primera Vida breve
El Festival de Granada ha aportado a la celebración del año Falla un espléndido regalo: el estreno absoluto de la primera versión de "La vida breve", la partitura que Falla había presentado al premio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1905 y ha estado perdida más de un siglo. La acaba de recuperar y editar Álvaro Flores Coleto. Este estreno expone los cambios que Falla introdujo luego, en París. No son sustanciales, pero sí significativos.
En cuanto a la estructura, partió la ópera en dos actos, amplió la segunda danza española y redujo el final para hacerlo más seco e impactante, pero la modificación más interesante es de orden estético: aunque el texto musical apenas cambió, la orquestación se hizo más refinada y se alejó un punto de la influencia wagneriana. Digamos que, en el mapa de referencias en que habita esta ópera (verismo italiano, raíz española, modernidad francesa, wagnerismo alemán), Falla basculó en sus años de París hacia lo mediterráneo.
El Festival contribuyó a situar "La vida breve" haciéndola sonar entre Mascagni y Wagner. En la acústica nada fácil del Carlos V, Lucas Macías consiguió plantear convincentemente, con la Orquesta Ciudad de Granada y su coro, todos los asuntos musicales que el programa planteaba. Lo mismo cabe decir del reparto, bueno en general. Lo encabezaron brillantemente Silvia Tro Santafé en Salud, fraseando con buen gusto y "casi gritando" los agudos, como pide Falla, y Alejandro Roy en Paco. Eficaz, pero desigual de color fue la Abuela de Belén Elvira. El Turry opuso a la de ellos la riqueza de de matices de su impostación natural. Desde ayer, conocemos mejor la que sigue siendo la gran ópera española.