Juan José Martínez, marmolista de 58 años: "No hay gente joven dispuesta a aprender, no sé si es por desconocimiento o porque se está mejor en casa"
Juan José Martínez aterrizó en la marmolería por casualidad, al tomar el relevo de una sociedad familiar. Casi cuatro décadas después, con 58 años, sigue dedicándose a la creación de, entre otros productos, encimeras de cocina y piezas de arte funerario, los dos pilares de un oficio que, asegura, no ha perdido a su público.
“Actualmente hay bastante demanda”, afirma, consciente de que el teléfono no deja de sonar. Sin embargo, esa salud comercial choca con un diagnóstico que le inquieta: la práctica ausencia de jóvenes dispuestos a aprender el trabajo.
Máquinas que obedecen, manos que deciden
La irrupción de maquinaria moderna ha transformado el taller, pero no ha alterado la esencia manual que define la profesión. Martínez reconoce que los equipos actuales tienen “más capacidades”, aunque matiza que el entorno de trabajo sigue siendo el mismo: húmedo, con polvo y exigiendo manipular pesos.
Cuando le pregunté por la posibilidad de que la inteligencia artificial automatice su labor, responde sin dudar: “Nosotros somos bastante manuales. Yo (a las máquinas) las tengo que cargar, yo las tengo que vaciar y yo les tengo que decir lo que tienen que hacer”. No ve peligro en los robots, porque la decisión última (el pulso, la colocación exacta, el ajuste in situ) sigue residiendo en la experiencia acumulada durante toda una carrera profesional.
La máquina obedece, pero no decide. Y esa verdad, que podría leerse como una condena física, es también la coraza que blinda el oficio frente a la automatización que devora otros sectores.
El vacío generacional y la factura del desconocimiento
Pese a la carga de trabajo, el marmolista no encuentra quien recoja el testigo. La falta de relevo la atribuye, en primer lugar, a un efecto arrastre: “Somos un sector relacionado con la construcción y ya hay falta de relevo con la construcción. Indirectamente, nosotros lo padecemos también”.
Pero su análisis apunta directamente a la percepción de un trabajo poco atractivo debido a su exigencia física y la dureza del entorno en el que se desarrolla, una realidad que, admite, actúa como freno.
No obstante, cree que la raíz del problema es más profunda: “Hay desconocimiento. Falta una formación profesional para acercar a los jóvenes a este sector, que no la hay, y lo desconocen”.
Esa ausencia de un itinerario formativo específico deja al oficio en un limbo. Los jóvenes no se asoman a los talleres porque nadie les ha enseñado qué ocurre dentro. Y cuando se les busca, el desinterés se impone. “No hay gente joven dispuesta a aprender, no sé si es por desconocimiento o porque se está mejor en casa”, sentencia.
La frase concentra el dilema de una generación de artesanos que ven cómo su saber hacer, pulido durante años, se enfrenta a un horizonte sin discípulos. Martínez lo resume con claridad: no ve fácil encontrar a alguien a quien transmitirle el oficio cuando llegue la jubilación.