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La Guerra Civil y la Generación Z: entre el desinterés y nuevos puntos de vista

Aunque los cerca de 40 grados a la sombra que el centro de Madrid ofrece no sean un escenario idílico en estas fechas, lo cierto es que, incluso en el día en el que España se disputaba pasar a la final del Mundial, hay gente en él. Muchos de ellos jóvenes, los cuales tienen el deseo, convertido en necesidad, de rentabilizar al máximo los tres meses de idilio estival que el mundo académico les garantiza. Tres de ellos son Martina, Rayyan y Claudia, de 18 años y originarios de Zaragoza. Con el Verano Joven han decidido pasar un día en la capital. “Hay que aprovechar”, ríen.

Aunque dudan al ser preguntados sobre qué evento histórico vive su efeméride número 90 hoy (cuchichean si es la proclamación de la Segunda República), finalmente responden correctamente: el inicio de la Guerra Civil Española. “Es un tema que me interesa mucho, pues sigue siendo muy reciente, no ha pasado tanto tiempo”, proclama Martina, que en septiembre comenzará Ingeniería Química. Lo mismo sienten sus amigos. “Me parece muy fuerte para olvidarlo tan rápido”, expresa por su parte Claudia. El punto que más le llama de la contienda es “la falta de libertad y el machismo”.

Cierto es que 90 años en términos historiográficos son efímeros. Aparte, las consecuencias culturales, políticas y sociales del conflicto siguen moldeando en el presente la opinión pública. Sin embargo, algunos estudios indican que la Generación Z, nacida entre 1997 y 2012 aproximadamente, no cosecha interés por él. Gutmaro Gómez Bravo, doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especializado en la violencia en la España contemporánea, lo nota. “No es únicamente desinterés por la Guerra Civil, sino por la historia en general. Su utilización en el enfrentamiento político la convierte en un asunto polarizado del que desconectan”, explica. Una línea similar contempla Paula Pérez Otí, profesora de Historia en un instituto del municipio cántabro de Medio Cudeyo. “Algunos alumnos ven la Guerra Civil como un tema polémico que utilizan los políticos como arma arrojadiza, por lo que prefieren huir de él”, expone la profesora.

Profesores consideran que la utilización política de la contienda aleja a los alumnos de ella

Los puntos de ambos académicos cobran más sentido al leer que un 17% de los jóvenes entre los 18 y los 24 años preferían vivir en una dictadura, según el INE. Más contundentes son las estadísticas de la Fundación SM, que en abril del presente año indicó que un 47% de las personas entre los 15 y los 29 años consideraba que un régimen autoritario podría garantizar mejor la convivencia que uno democrático. A Pérez Otí no le sorprende, ya que “lo veo día a día en mi trabajo, incluso entre estudiantes de primero de la ESO”.

Alba, historiadora de 25 años, tampoco arquea las cejas al escuchar los números. “Basta con pasarse diez minutos por las redes para darse cuenta de que no está alejado de la realidad”, comenta. Al igual que a las chicas aragonesas, le cautiva la figura femenina durante esos años dictando que “las mujeres somos siempre las más sufridas y las menos estudiadas”. La docencia no está entre sus proyectos laborales, actualmente trabaja en el sector de comunicación de una consultoría, pero sí que observa que los planes de estudio no garantizan un correcto aprendizaje. “La asignatura en segundo de Bachillerato está muy enfocada en aprobar la EvAU, lo que no permite un análisis completo”, se lamenta.

Contenido muy teórico

También menciona ese eslabón Yago, de 21 años y matriculado en la carrera de Ciencias Políticas. “Era el último tema y siempre llegábamos con prisa”, nos explica. Eso no esquivó su interés, sobre todo filosófico: “Que familias estuvieran enfrentadas entre ellas despierta debates sobre nuestros límites humanos”. Algo parecido se cuestiona Rayyan, concretamente “el cambio de mentalidad, y que hubiera rojos que se hicieran pasar por franquistas para defender a sus familias”.

A pesar de lo que explicitan los números, la mayoría de chavales aseveran que la Guerra Civil les atrae. Incluso a Pérez Otí le sorprende cómo adolescentes recién entrados en la secundaria le preguntan sobre ella. Gutmaro Gómez le gratifica que sus tutorizados estén muy motivados, pero fuera del aula no siente la pasión. Uno de estos ejemplos es Alejandro, que se encuentra buscando un bar dónde ver el partido. Estudió una FP de Diseño Industrial, y la última vez que tocó las trincheras fue a los 15 años. Le gustaría que la asignatura de Historia tuviera una orientación más tecnológica: “Está bien conocer el pasado, pero creo que podrían hablarnos también de figuras como Steve Jobs o Bill Gates”. Sus recuerdos estudiantiles no son excesivamente plácidos con respecto al conflicto, sintiendo que su enseñanza teórica no daba pie a preguntas. “Me encantaría saber cómo empezó la Guerra Civil, pues cada profesor tiene un punto de vista y no queda claro”, sentencia. “Quizá no es tan necesario conocer el nombre de todos los Reyes Godos, sino aspectos que sufrieron nuestros abuelos”, exclama por su parte Alba.

Más allá de las quejas, todos coinciden en que la radicalización es peligrosa. “La democracia no nos ha llegado gratuitamente, la hemos pagado con la sangre de nuestros abuelos”, dicta Yago. Julia, coruñesa graduada en Derecho y Políticas de 25 años, siente que algunas formaciones políticas han legitimado los pensamientos extremistas. Aunque le sorprende, también señala que “la Guerra ha quedado en el olvido en nuestra generación porque hay otras problemáticas que nos afectan más, como puede ser la vivienda”.

La indiferencia puede ser una señal preocupante, pero Yago también incide en el relevo generacional. “El conflicto ya no es tan doloroso, pues los que lo vivieron se están muriendo. Es normal que nuestra conversación sobre él cambie”, puntualiza, matizando que ya no existe una “generación vacía”. Asimismo, la profesora Pérez Otí cree que las posturas juveniles no deben analizarse de forma alarmista. “Debemos proporcionar las herramientas necesarias para desarrollar el pensamiento crítico y comprender las consecuencias reales que tiene la pérdida de libertades, la ausencia de derechos y la concentración del poder”, prosigue. Y esta hazaña compete a todos los sectores, empezando por los propios hogares. “Necesitamos un debate que no esté manchado de sangre”, sintetiza Yago.

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