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Doctora Sam Akbar: «La Odisea nos da permiso para fracasar»

La doctora Sam Akbar ha trabajado en el Servicio de Salud Británico (NHS) atendiendo algunos de los traumas más graves que existen. Licenciada en Filología Clásica, dio un giro a su carrera tras su experiencia con personas obligadas a reconstruir sus vidas tras experiencias devastadoras, como las de refugiados que han sufrido guerras, torturas y violencia sexual. Akbar descubrió que muchas de las preguntas fundamentales sobre la resiliencia que nos planteamos hoy en día ya estaban presentes en los versos de Homero.

Afirma que La Odisea siendo una guía para afrontar la adversidad 2.700 años después. ¿Qué encontramos en ella que no aparezca en muchos libros modernos de autoayuda?

La Odisea nos da permiso para fracasar y para tomarnos mucho tiempo en hacerlo, sin prometer que exista un atajo esperándonos tras el siguiente cabo. Gran parte de la literatura de autoayuda se sostiene sobre la promesa implícita de que, si sigues los pasos adecuados, aplicas el método correcto y piensas de la manera adecuada, puedes acortar o incluso evitar las partes más difíciles del crecimiento personal. La Odisea rechaza esa promesa de forma categórica.Ulises no regresa a casa en un solo día, su viaje no sigue una trayectoria lineal, comete errores catastróficos de los que nunca llega a recuperarse del todo y pierde por el camino a personas que jamás volverán. Sin embargo, el poema nos dice que ésta no es una historia de fracaso, sino de algo mucho más profundamente humano. Los grandes textos de la antigüedad también nos ofrecen algo que ningún manual puede proporcionar: un sentimiento de humanidad compartida. Nos recuerdan que aquello por lo que estamos pasando ya ha sido vivido, contemplado y comprendido por miles de años y de lectores antes que nosotros. Eso transforma nuestra relación con el sufrimiento de una manera a la que, por muy bien diseñada que esté, una técnica clínica a menudo no puede llegar.

Ha trabajado durante años con refugiados. ¿Reconoce en sus historias patrones que aparecen en el viaje de Ulises?

Sin duda. De hecho, fue una de las cosas que más me conmovieron mientras escribía este libro, porque los paralelismos no son vagos ni meramente metafóricos: son sorprendentemente precisos. Las personas con las que he trabajado han cruzado mares peligrosos, dependiendo de la bondad de desconocidos que podían –o no– ofrecerles ayuda, sin saber qué tipo de acogida les esperaba y cargando con pérdidas que la mayoría de nosotros apenas podemos imaginar. Se han visto arrastradas por fuerzas completamente fuera de su control: la guerra, la persecución o la violencia las obligaron a abandonar sus hogares y llegan a nuevos países con todo aquello que definía quiénes eran y dónde pertenecían profundamente alterado. Lo que más me impresiona es que muchas de ellas demuestran exactamente las cualidades que Homero atribuye a Ulises: la capacidad de seguir adelante, de adaptarse, de encontrar pequeños espacios de autonomía incluso en circunstancias extremadamente limitadas y de conservar una idea de quiénes son y hacia dónde navegan, aun cuando todos los referentes externos de su identidad les han sido arrebatados.

En una época marcada por la inmediatez y la búsqueda constante de soluciones rápidas, ¿qué estamos perdiendo?

Nuestra relación con la dificultad en sí misma y con el tipo de crecimiento que solo la dificultad puede generar. En el libro hablo del «efecto Calipso»: ese fenómeno por el que nos acostumbramos tanto a la comodidad y a la conveniencia que poco a poco perdemos la motivación –e incluso la capacidad– para perseguir aquello que realmente puede sostenernos: relaciones profundas, un trabajo con sentido o el lento proceso de construir un auténtico conocimiento de nosotros mismos. Hoy se nos ofrece constantemente el pacto de Calipso bajo formas modernas: la aplicación de productividad que promete organizar nuestra vida, la rutina de bienestar que eliminará el sufrimiento o la carrera profesional que garantizará una realización plena. Y, al igual que le ocurre a Odiseo, aceptar ese pacto suele conducir no a la vida que esperábamos, sino a una jaula dorada: atractiva desde fuera, pero que nos deja silenciosamente desconectados de nosotros mismos.

Si tuviera que elegir una de las lecciones que enseña La Odisea, ¿cuál sería y por qué?

Que la fricción entre tú y tu objetivo no significa que algo haya salido mal. Al contrario: es precisamente aquello que te moldea y te convierte en la persona capaz de vivir plenamente ese objetivo cuando finalmente lo alcanzas. Vivimos rodeados de relatos lineales sobre el éxito: el emprendedor que hizo millones, el deportista que triunfó... Historias que comienzan con una ambición y terminan con un logro, eliminando todo el esfuerzo poco glamuroso que existe entre ambos extremos. Como consecuencia, cuando nuestro propio camino da rodeos, se rompe o nos obliga a empezar de nuevo tendemos a interpretarlo como un fracaso personal, cuando en realidad forma parte del tejido normal de cualquier transformación significativa. El regreso de Ulises a Ítaca dista mucho de ser un camino recto. Sin embargo, cada aparente desvío le enseña algo que nunca habría aprendido si hubiese llegado antes. Si pudiera dejar una sola idea a cualquiera que atraviesa un momento difícil, sería ésta: el viaje es, en realidad, lo importante. Aprender a confiar en ello no elimina la dificultad, pero cambia por completo la relación con ella.

En La Odisea los monstruos son visibles: cíclopes, sirenas o Escila y Caribdis. ¿Cuáles son los «monstruos» contemporáneos que hoy ponen a prueba nuestra salud mental?

Los más peligrosos son, en el fondo, los mismos que describió Homero. No son los monstruos que intentan destruirnos abiertamente, sino aquellos que nos ofrecen precisamente aquello que más deseamos. Las sirenas son mi ejemplo favorito, porque no atacan a Odiseo: le cantan. Y lo que le cantan es verdad. Le ofrecen reconocimiento, validación y el seductor consuelo de sentirse plenamente comprendido. Precisamente por eso resultan tan letales. En la vida contemporánea, creo que las sirenas adoptan la forma del perfeccionismo, que promete excelencia y reconocimiento, pero solo entrega parálisis y ansiedad; de la adicción al trabajo, que promete seguridad e identidad mientras destruye silenciosamente la salud y las relaciones personales; y de la comparación constante en las redes sociales, una especie de cámara de eco que nos muestra únicamente aquello que queremos ver y nos mantiene atrapados en una versión cuidadosamente editada de la realidad. El cíclope representa otro peligro igualmente reconocible: la arrogancia que nace de creer que podemos desenvolvernos sin aliados y que nuestra propia perspectiva es la única que merece ser tomada en serio.

En Mentalidad Odisea afirma que la resiliencia no consiste en ser invulnerable. ¿Cuál es la idea más equivocada que tenemos sobre lo que significa ser una persona resiliente?

La mayor confusión es pensar que significa que las dificultades no te afecten; mantener una especie de compostura impenetrable ante cualquier cosa que la vida te depare y creer que, si realmente estás sufriendo y ese sufrimiento es visible, de algún modo has fracasado. La Odisea desmonta por completo esa idea. Cuando por fin encontramos a Odiseo, después de toda la construcción de su figura como héroe legendario, lo vemos sentado en una playa, llorando desconsoladamente sobre su túnica. Y Homero no presenta esa escena como un fracaso del heroísmo, sino como la consecuencia profundamente humana de haberlo perdido todo y de haber amado profundamente aquello que ha perdido. La auténtica resiliencia, tal y como la entiendo tanto a partir del poema como de mis años de experiencia clínica, no consiste en la ausencia de tristeza, miedo o dudas, sino en la capacidad de sostener esas emociones y seguir avanzando a pesar de ellas. Esa diferencia es fundamental, porque la idea de resiliencia que hemos heredado de nuestra cultura obliga a las personas a aparentar fortaleza precisamente en los momentos en los que más necesitan permiso para sentir lo que realmente les está ocurriendo.

¿Existe el riesgo de romantizar el sufrimiento?

Ese riesgo existe y es muy fácil cruzar esa línea sin darse cuenta. El libro lo dice de forma explícita: el crecimiento postraumático no convierte el trauma en algo que haya merecido la pena, ni pretende transmitir un mensaje ingenuo de «buscar siempre el lado positivo». El crecimiento de Odiseo tiene un coste inmenso. Pierde a todos y cada uno de sus compañeros, se pierde toda la infancia de su hijo y regresa a casa convertido en alguien a quien su propia familia ni siquiera reconoce de inmediato. Ninguna de esas pérdidas queda compensada por la sabiduría que adquiere durante el viaje. El peligro consiste en pedir a quien está atravesando un dolor real que reformule su experiencia para que encaje mejor en un relato más limpio y reconfortante. Eso puede convertirse en una forma sutil de invalidación: una manera de pasar por alto la realidad de lo que esa persona está viviendo para llegar cuanto antes a la parte esperanzadora de la historia.

Coincidiendo con la nueva adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, La Odisea vuelve a estar en el centro de la conversación cultural. ¿Por qué cree que seguimos necesitando regresar a este relato en momentos de incertidumbre colectiva?

Porque fue escrita precisamente para momentos como este. Nació en una cultura que entendía que la incertidumbre colectiva no era una anomalía, sino el clima permanente de la experiencia humana. La Odisea transcurre tras una guerra devastadora que marcó a toda una generación y estaba dirigida a un público que vivía en un mundo profundamente inestable, donde las antiguas certezas sobre el heroísmo, el estatus o los dioses habían quedado hechas añicos. No es una descripción tan distinta del momento en el que muchos sentimos que vivimos hoy. Creo que un gran cineasta como Christopher Nolan comprende que este poema no es un documento histórico, sino una obra viva; un texto que sigue planteando las mismas preguntas que cada generación debe responder por sí misma: qué significa seguir adelante cuando el mundo ha cambiado a tu alrededor y ya no estás seguro de quién eres dentro del nuevo paisaje que ese cambio ha creado. Además, el cine y la poesía épica hacen algo muy parecido: crean experiencias colectivas inmersivas que permiten que muchas personas sientan algo importante al mismo tiempo, en la oscuridad de una sala, antes incluso de tener ocasión de racionalizarlo. La belleza de La Odisea es que no solo sale al encuentro de cada uno de nosotros en nuestra vida individual, sino también de la sociedad en su conjunto. Es un poema para comunidades que atraviesan momentos de ruptura. Y creo que muchos -yo incluida- sentimos que ese es exactamente el tiempo que nos ha tocado vivir.

Si un lector cerrara Mentalidad Odisea con una sola idea en la cabeza, una que pudiera aplicar al día siguiente en su propia vida, ¿cuál le gustaría que fuera?

Me gustaría que, antes de cualquier otra cosa, definiera cuál es su propia Ítaca. Pero que lo hiciera con absoluta honestidad y con toda la concreción posible. No la Ítaca que espera su familia. Ni la que su cultura le vende como sinónimo de éxito. Ni siquiera la que cree que debería desear en esta etapa de su vida. Hablo de la auténtica: ese conjunto de valores, relaciones y forma de vivir que haga que, al final de un largo viaje, pueda sentir que ha navegado en la dirección correcta. Ulises no añora Ítaca porque sea una isla especialmente atractiva. De hecho, él mismo la describe como rocosa, modesta y bastante poco impresionante comparada con otros lugares que ha conocido. La ama porque encaja perfectamente con quien es y con aquello que más quiere. Sin esa claridad, cualquier isla cómoda que aparezca en el camino puede convertirse en una trampa, porque es imposible resistirse al efecto Calipso si no sabes cuál es tu verdadera Ítaca. Por eso el ejercicio que propondría es muy sencillo: siéntate con una hoja de papel y escribe, con toda la sinceridad de la que seas capaz, no cómo sería para ti el éxito, sino qué significa sentirte en casa. Después, deja que esa respuesta se convierta en la brújula que guíe todo lo demás.

Si pudiera sentar a Ulises en una consulta psicológica, ¿qué cree que sería lo primero que le preguntaría y qué consejo piensa que él terminaría dándonos a nosotros?

¿No sería maravilloso tener a Odiseo tumbado en el diván? Aunque sospecho que sería un paciente tan astuto como escurridizo. La primera pregunta que le haría sería la misma que le plantea el rey Alcínoo en la corte de los feacios: ¿Quién eres? No ¿qué has hecho?, ni ¿qué deseas?, ni ¿qué te ocurrió?, sino ¿quién eres, por debajo de todos los papeles que interpretas, de la gloria, de la armadura y de las historias que cuentas sobre ti mismo a los desconocidos? Creo que esa pregunta lo dejaría en silencio durante un instante, porque Odiseo ha pasado gran parte de su viaje representando distintas versiones de sí mismo para diferentes públicos, de modo que una pregunta tan directa probablemente le resultaría extraña. En cuanto al consejo que podría darnos, imagino que sería algo parecido a esto: dejad de esperar a que los dioses os resuelvan la vida. Llega un momento en el que tenéis que construir vuestra propia balsa con vuestras propias manos, aunque el mar esté embravecido y todavía no alcancéis a ver la orilla. También creo que nos diría que lloremos cuando lo necesitemos, sin vergüenza. Negarse a llorar aquello que hemos perdido no es fortaleza, sino una forma lenta de borrarse a uno mismo. Solo puede emprender el camino de regreso quien está dispuesto a sentir plenamente el peso de lo que lleva encima. Y sospecho que, con esa chispa de picardía que nunca pierde del todo, nos recordaría que nadie que merezca realmente la pena conocer llegó a casa por el camino más fácil. Y entonces yo le preguntaría: ¿Estás seguro de que esta vez me estás diciendo toda la verdad?

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