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Más de 1.800 muertos en un brote de ébola que amenaza con ser el peor de la historia

Hay una cifra que resume el brote de ébola que arrasa el este de la República Democrática del Congo mejor que cualquier adjetivo. Basta con dividir el número de muertes entre el tiempo transcurrido desde que se declaró el brote. En doce semanas han muerto más de 1.800 personas. Algo más de 21 fallecidos por día.

Para hacerse una idea de lo que significa, conviene citar el contraste que puso Médicos Sin Fronteras sobre la mesa a comienzos de agosto: el devastador brote de África Occidental de 2014, el peor de la historia, con más de 11.000 muertos, causó 279 muertes en ese mismo tramo temporal. Y eso que estaba repartido entre Guinea, Sierra Leona y Liberia, y que sucedió lo largo de dos años. Si la cifra de muertes continuase con la curva actual, en dos años nos encontraríamos en RDC con una epidemia que habría acabado con la vida de 16.000 a 30.000 personas.

La cepa que protagoniza el virus, la Bundibugyo, tiene una letalidad (en torno al 44%) que entra dentro de lo esperado para esta variante, e incluso queda por debajo de los grandes brotes de la cepa Zaire, que sin tratamiento superan una letalidad del 50%. Puede decirse que el virus no está matando a una proporción inusual de los infectados, pero el quid de la cuestión se encuentra en cuánta gente se infecta por semana. Y es esta velocidad de contagio lo que no tiene parangón en la historia de la enfermedad.

Un virus sin vacuna en una provincia en guerra

El agravante que lo explica casi todo es que la cepa Bundibugyo carece de vacuna y de tratamiento aprobados. Los que existen hoy se certificaron para la cepa Zaire, de modo que aquí no sirve el arsenal sanitario que había convertido al ébola en una enfermedad "manejable". La Organización Mundial de la Salud, en un gesto que mide la desesperación del momento, ha llegado a urgir el ensayo de la vacuna Ervebo pese a estar diseñada para otra variante, mientras MSF respalda desde su centro de Bunia un ensayo con los antivirales remdesivir y MBP134. Nada de ello está todavía validado para frenar lo que se propaga en el terreno.

Y el terreno es el peor imaginable. El epicentro es Ituri, la provincia que concentra cerca del 88% de los casos en el noreste del país y donde desde hace años se cruzan los conflictos por el oro y los minerales. La infraestructura sanitaria es pobre y la elevada inseguridad impide a los equipos hacer su trabajo. Y el resultado de la catástrofe que se expande se nota en el rastreo de contactos: Médicos Sin Fronteras advirtió a comienzos de agosto de que el 90% de los pacientes ingresados en su centro de Bunia no eran contactos previamente rastreados, y de que apenas se había seguido al 59% de los contactos identificados en toda la provincia de Ituri. Esta es la definición misma de un brote fuera de control.

A esa dificultad se suma otra, que enlaza además con la catástrofe sudanesa al otro lado de la frontera: el hambre. El Programa Mundial de Alimentos ha pedido financiación urgente al advertir de que la inseguridad alimentaria creciente está minando la respuesta sanitaria. "El ébola avanza rápido, golpeando a gente que ya sufre conflicto y hambre", resumió Carl Skau, director ejecutivo adjunto del PMA, tras visitar el este de RDC.

Añadió que las comunidades son la clave para acabar con el brote… pero necesitan apoyo. Cuando una población está desnutrida y desplazada, ni la vigilancia ni los entierros seguros funcionan como deberían, sumándose a la desconfianza hacia los equipos médicos. De hecho, respecto a esto último, en junio se registraron ataques a brigadas de enterramiento y varios sanitarios acusados de "propagar la enfermedad" acabaron secuestrados por multitudes aterradas.

El este fracturado

Habría que añadir al cuadro la fractura del este congoleño, donde buena parte del territorio no responde al gobierno de Kinsasa sino al M23, el grupo rebelde respaldado por Ruanda y que tomó las ciudades de Goma y Bukavu (capitales de Kivu Norte y Kivu Sur) en 2025. El grupo declaró terminado el brote en las zonas bajo su control en junio de este año, con apenas cuatro casos importados en su territorio, y lo exhibió como prueba de que sabía gobernar mejor que el propio Gobierno. Pero la reactivación posterior del virus ha desmentido su triunfal discurso: Kivu Norte suma ya más de 400 casos y cerca de 300 muertes (aunque no todas son atribuibles al M23, pues no toda la provincia está en sus manos).

La OMS ha convocado para el 18 de agosto a su comité de emergencia. Llega en un momento en que el brote, según la propia organización, se intensifica por medio de una transmisión sostenida que resulta en un aumento continuo de casos y muertes. Nadie sabe todavía cuándo tocará techo una curva que, por el retraso natural entre el contagio y la muerte, seguirá dejando cadáveres varias semanas después de que se logre (si se logra) frenar los contagios. De momento, el ébola sigue corriendo más deprisa que la respuesta que trata de alcanzarlo.

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