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El reto de los 21 días de Pogacar

Decía Tadej Pogacar después de vestirse de rojo en Montecarlo que la segunda etapa de la Vuelta podía ser una buena oportunidad para perder el liderato. Pero para el esloveno nunca es un buen día para dejar de mandar en una carrera.

No vestir de rojo permite a su equipo relajarse en el control de la carrera, no desgastarse tanto desde el comienzo, pero a Tadej le gusta ganar las carreras cuanto antes para no tener que exprimirse hasta el final. Lo advertía antes del comienzo de la carrera española, aún le queda calendario por delante y no quiere llegar vacío a Granada. Mejor hacer un esfuerzo en la contrarreloj para vestirse de rojo y otro más en Manosque para conservarlo, aunque durante un buen rato lo tuviera perdido.

Ethan Hayter se escapó en solitario a falta de 50 kilómetros para buscar la bonificación en el esprint intermedio. Seis segundos de premio que le hubieran permitido vestirse de rojo solo con llegar en el grupo. Cuando lo atraparon, el británico se reincorporó al pelotón con la satisfacción del deber cumplido, pensando que el trabajo ya estaba hecho.

Pero lo que esperaba al final no era un esprint cualquiera. Era una rampa previa no apta para simples velocistas. Una cuesta en la que arrancó Wout Van Aert con la intención de reventar al pelotón. A su rueda, Tadej Pogacar, en una imagen que recordaba a la que se vio en Monmartre en la última etapa del Tour del año pasado. Aquella pelea la ganó el belga, pero el esloveno ya tenía el premio mayor, el que era entonces su cuarto maillot amarillo.

La maniobra de Tadej hizo que la arrancada de Van Aert perdiera fuerza. No le daban las piernas para aguantar una disputa de casi dos kilómetros con el mejor corredor del mundo. Pero mientras Wout se dejaba ir, Pogacar aguantó entre los primeros cuando se aplanó el terreno y llegaba el momento de los velocistas.

El Visma tenía plan B. Si no funcionaba el arranque de Van Aert, llegaba Brennan por detrás para pegarse por el esprint. La llegada fue una lucha con Mads Pedersen, el gran favorito para una llegada de ese estilo. Pero el británico fue más rápido. Entre él y el danés entraron Pau Miquel y Pogacar, que consiguió los segundos de bonificación que buscaba. Menos de los esperados, pero suficientes para seguir vistiendo de rojo.

Hayter, que había luchado para subir al podio en Manosque, fue una de las víctimas del acelerón de Van Aert. Su esfuerzo para ganar seis segundos que le garantizaran el liderato quedó no sirvió para nada después de perder medio minuto en la llegada.

Pogacar se encontró con Van Aert después de cruzar la meta. El belga lo llamó y Tadej acudió para comentar el final, chocar los cinco con el hijo del belga y regalar las gafas al pequeño.

El reto, una vez salvada la llegada menos propicia para él en el comienzo de la Vuelta es ahora aguantar el maillot rojo hasta Granada. Nunca había vestido la camiseta de líder en la carrera española a pesar de su extraordinario estreno en 2019. Sus tres victorias de etapa le sirvieron entonces para vestirse con el maillot blanco de mejor joven en el podio de Madrid, pero nunca fue líder de la general.

Ha tardado siete años en regresar, con una pandemia, cinco Tours y un Giro de por medio, y ahora su objetivo es no soltar la camiseta de líder hasta que regrese a casa. Dice la leyenda que bastan 21 días para generar un hábito, los que necesita Tadej para mantener el suyo de ganar todo lo que corre. «Voy momento a momento», dice. «En el Giro aguanté la maglia rosa hasta el final después de conseguirlo en la segunda etapa. Nunca se sabe, puedo perderlo mañana», dice. Pero el reto de los 21 días está en el ambiente.

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