El bloqueo de Ormuz resucita el viejo oleoducto entre Irak y Líbano
El bloqueo del estrecho de Ormuz ha puesto este verano de manera inopinada en el foco el viejo oleoducto que una vez transportó petróleo desde Kirkuk, en el norte de Irak, hasta los puertos mediterráneos de Baniyas y Trípoli, en Siria y Líbano respectivamente. La propuesta de revitalización de una infraestructura abandonada con la guerra de Irak en 2003 nace de una urgencia concreta: que Bagdad encuentre salidas al mar que no dependan de Ormuz, por donde en tiempos de paz transitaba el 25% del crudo y el gas natural licuado del mundo.
Así las cosas, hace poco más de tres semanas el primer ministro libanés, Nawaf Salam, se reunía en la capital iraquí con su homólogo Ali al-Zaidi, con vistas a discutir el relanzamiento de un ramal del oleoducto con destino la coste norte del país de los cedros. Días antes, el 17 de julio, Irak y Siria habían firmado, con respaldo de EE UU y un consorcio internacional liderado por Chevron, un compromiso para rehabilitar el oleoducto Kirkuk-Baniyas. El Departamento de Estado habla de una capacidad inicial de dos millones de barriles de petróleo diarios y lo califica de "corredor energético crítico" hacia el Mediterráneo.
Para Irak es pura necesidad: casi el 95% del petróleo que exporta -unos 3,3 millones de barriles diarios- sale por las terminales de Basora y debe cruzar el estratégico estrecho hoy bloqueado por el conflicto. Desde que comenzara la contienda, la producción iraquí ha caído de los 4,4 millones a los 800.000 barriles de crudo diarios, una caída del 82%, lo que suponen pérdidas de casi 37.000 millones de dólares.
No menos relevante se presenta la ocasión para Líbano. Un informe del Instituto Basil Fuleihan del Ministerio de Finanzas libanés estima que un flujo moderado de 300.000 a 500.000 barriles de petróleo diarios por la ruta Kirkuk-Trípoli podría generar entre 80 y 275 millones de dólares anuales en tasas de tránsito. Igualmente trascendente sería para Siria, exhausta tras la larga guerra y posguerra, camino del segundo año de gobierno islamista: ingresos de tránsito, combustible barato y, sobre todo, reincorporación regional tras años de aislamiento. El oleoducto, construido en 1952 y de unos 850 kilómetros, es su activo de tránsito más valioso.
"Siria está recuperando poco a poco el ritmo de producción previo a la Revolución, situándose actualmente entre los 100.000 y 110.000 barriles diarios. Sin embargo, ni siquiera durante el régimen de Asad la producción llegó a cubrir las necesidadesecuerda a LA RAZÓN el investigador doctoral en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid Pol Mauri. de consumo interno, que alcanzaron aproximadamente los 500.000 bpd en su momento álgido durante la década de 1990", r
"Ante esta situación, Siria busca establecer una conexión energética con Irak que le permita satisfacer parte de su demanda interna y reducir su dependencia de otros productores. Diversas fuentes apuntan a que Siria ha dejado de importar petróleo ruso, mientras que el anuncio de un acuerdo de seguridad para la retirada de las tropas rusas de sus bases parece evidenciar la apuesta de Al Sharaa por reducir progresivamente la dependencia energética y estratégica de Moscú y, a largo plazo, convertir a Siria en un posible hub regional de combustibles", reflexiona el especialista en Siria e Irak. "Para Líbano la revitalización del oleoducto contribuiría, en primer lugar, a satisfacer las necesidades domésticas y las conversaciones con el gobierno sirio hablan de la creciente cooperación entre ambos ejecutivos, uno de cuyos objetivos sigue siendo contrarrestar la influencia de Hizbulá", zanja Mauri.
Pero más allá de la retórica el proyecto ha de afrontar el test de realidad en una región donde esta es más tozuda que en ninguna parte. La reconstrucción integral requeriría una inversión masiva de al menos 15.000 millones de dólares y un plazo estimado de cuatro años de obras. El comunicado estadounidense del 17 de julio no menciona al Líbano, ni a Trípoli (que soporta la vitola de ciudad más pobre del Mediterráneo): el acuerdo es bilateral Irak-Siria. La participación libanesa sigue siendo especulativa, depende de negociaciones aún en fase técnica y se mueve en un horizonte de rehabilitación de uno a dos años y medio.
Siria, por su parte, suma un lastre difícil: sanciones, infraestructura dañada por la guerra y un entorno de seguridad inestable. No en vano, la ruta atraviesa zonas desérticas donde células remanentes del Estado Islámico continúan activas. Además, la idea contará con la oposición turca, que perdería ingresos por el tránsito actual del crudo por su territorio. Otra dificultad es que el crudo iraquí está mayoritariamente en el sur, en Basora, mientras que el oleoducto nace en Kirkuk. De hecho, Irak tendría que construir antes una ramificación interna de Basora a Haditha.
La realidad es que un proyecto como el oleoducto Kirkuk-Baniyas no podría aspirar en el mejor de los casos a ser alternativa a Ormuz, sino suponer una vía de diversificación para Irak y para Líbano y Siria una rentable tarjeta de tránsito. El tiempo dictará respecto a un proyecto que en ningún caso podría sustituir lo que pasa por Ormuz en una región tan agrietada como una infraestructura que comenzó a operar -sin duda en otro Oriente Medio- a comienzos de la década de los cincuenta.