"El ser querido" de Sorogoyen: matar al padre sin morir en el intento
Si desnudamos el corazón narrativo del último trabajo de Rodrigo Sorogoyen –ejercicio altamente higiénico y recomendable para no convertir por norma cada visionado en una suerte de tesis doctoral obligatoria– de todas esas líneas sobreexplicativas que se dispararon tras su paso por Cannes por parte de una crítica que señalaba entonces "el poderoso retrato de la masculinidad tóxica" o "el tratado definitivo del cineasta madrileño sobre el heteropatriarcado" que constituía supuestamente "El ser querido", nos encontramos con algo mucho más revelador, excitante, rico, embrujado y menos teorizado: un silencio sostenido en el tiempo entre un padre y una hija. Encarnados por unos colosales Javier Bardem y Victoria Luengo.
Él, director de cine consagrado y admirado cuya leyenda en la industria se ha amplificado con el paso de los años por un pasado salpicado de actitudes violentas y excesos nocturnos –que en muy pocas ocasiones se explicitan sino que más bien se limitan a ser dibujados y arrojados al espectador para que los imagine o complete– que regresa a España para rodar una nueva propuesta enclavada en el Sahara de la década de los años treinta en la que quiere que participe ella, una treintañera que trabaja de camarera, comparte piso manteniendo de forma paralela su carrera como actriz estancada y lleva demasiado tiempo sin tener contacto con su padre. Y prácticamente sin conocerle. Pero Emilia (Luengo), aquejada emocionalmente de los típicos traumas de hija de padres divorciados, en un temerario salto al vacío que inicialmente parece más movido por su dubitativa ambición de relanzar su carrera que por el doloroso experimento social que puede suponer trabajar con una figura paterna a la que lleva toda su vida considerando el ejecutor de su abandono, decide aceptar y se sumerge en un rodaje cargado de tensiones, recuerdos impertinentes y exploración. También de miradas que sustituyen pensamientos.
"Ocurre algo curioso con esto, y es que hay mucha gente que dice que la película habla sólo de la masculinidad, pero lo cierto es que nosotros queríamos hablar de otra cosa. Otra cosa es que el personaje de Esteban sea tóxico, pero no queríamos hablar tanto de eso", comenta en entrevista con este periódico Isabel Peña, coguionista y consolidada integrante de una de las duplas creativas –la formada junto a Sorogoyen– más virtuosas, afiladas y talentosas del panorama nacional confirmando la idea de que "El ser querido" puede ser muchas cosas, tantas como tipos de interpretaciones sean capaces de construir quienes la vean.
"Es interesante lo que planteas porque como dice Isa, hay mucha gente que asegura ‘‘no, es una película que habla sobre la masculinidad’’. Bueno, realmente queríamos hablar desde el principio sobre una relación basada en un padre que abandona, cómo es ese abandono, cómo le afecta a esta hija y cómo le afecta a este padre haber abandonado. Cuando nos ponemos a diseñar el personaje de él, a intentar ver por qué abandona, por qué hace esto, por qué es este tipo de hombre, y este tipo de hombre es un director... vamos perfilando una figura concreta que además nos viene muy bien que sea violenta, para que esa violencia le haya modificado a él como hombre pero también como padre. Ha sido más eso que una intención clara de sentar cátedra. Llegamos a este tipo de personaje y a ese tipo de masculinidad gracias al diseño del personaje, no porque necesitáramos hablar de ese tema", añade Sorogoyen.
Controlar el relato
A pesar de que se trata de una de las películas más experimentales y diferentes estructuralmente de la filmografía del autor de "Que Dios nos perdone", por esa voluntad creativa de introducir el elemento metacinematográfico en la propia trama y mostrar los hilos del cine dentro del cine demostrando un exquisito sentido compositivo a la hora de reflejar cómo son las tripas de un rodaje de verdad, las complicaciones derivadas de muchos días de trabajo consecutivos y la convivencia con el equipo así como el sentido colectivo que lo envuelve, esta película que habla de dolores viejos, traumas arrastrados, afectos deficitarios y palabras no pronunciadas, también trasuda culpa. Algo extremadamente recurrente en el cine de Sorogoyen.
"Me encantaría hacer una disertación aquí sobre esto porque es verdad que narrativamente recurro, recurrimos mejor dicho, mucho a la culpa como elemento. Obviamente creo que vivimos y habitamos una sociedad judeocristiana donde la culpa es muy importante y con independencia de que seas o no católico, hay cosas que permean en tu forma de entender el trabajo y más cuando tu trabajo consiste en contar la vida, ¿no? En ese sentido la culpa está en nuestro ADN y la forma que tenemos de trasladarla al campo narrativo varía. La culpa de Esteban por ejemplo no es la culpa de Antonio de la Torre en ‘‘El reino’’. Nos gustaba mucho que Javier convirtiera al personaje de Esteban en alguien que quiere controlar el relato. Cada vez que había algo que le perturbaba decía ‘‘no, tú hiciste esto, no, un momento, yo no hice esto, yo hice tal cosa, eso fue de esta manera’’. Nos gustaba mucho porque era una forma de evidenciar ‘‘ojo que yo abandoné’’ y en el fondo, una manera de intentar tapar esa culpa". Aunque los secretos entreverados de sus ojos de animal ansioso, edificados sobre una geometría con forma de Oscar, le delaten igual que el silencio.