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La guerra de Ormuz cumple seis meses sin un final a la vista

Medio año se cumple hoy viernes del inicio de la operación israelo-estadounidense Furia Épica: casi 900 ataques en 12 horas contra misiles, defensas aéreas, infraestructura militar y liderazgo iraníes, en cuya primera oleada fue eliminado el líder supremo Ali Jamenei entre decenas de mandos. Una campaña espoleada por un gobierno y una inteligencia israelíes convencidos de que la República Islámica de Irán se encontraba en su momento más crítico desde 1979 y de que una operación aliada provocaría la caída definitiva del régimen de los ayatolás tras la ola de descontento que recorrió -antes de ser aplastada sin contemplaciones- las calles de Irán el mes precedente.

Pero seis meses después, los planes y cálculos de Israel y EE UU se han manifestado un estrepitoso fracaso que se une a la historia de los grandes errores estratégicos recientes de Washington en Oriente Medio -junto a Irak y Afganistán- al haber confundido la superioridad militar y la capacidad de infligir daño y la posibilidad de hacer colapsar una férrea dictadura preparada para la resistencia y el martirio como la iraní. A pesar de haber acabado con el líder y guía supremo y golpeado con dureza la infraestructura militar y nuclear, el régimen no ha caído.

Hoy no sólo la República Islámica resiste sino que saca pecho consciente de la erosión sufrida por EE UU -con un Trump condicionado por las elecciones midterms- y al conjunto de la economía mundial después de haber prácticamente bloqueado el estrecho de Ormuz, una estratégica ruta marítima por la que transita el 25% del crudo y el gas natural del mundo, desde hace medio año. Esto revela un error de cálculo estratégico clásico: confundir la capacidad de infligir daño militar con la capacidad de producir un colapso político.

Peor aún para quienes apostaron por el cambio de régimen, pues la Guardia Revolucionaria, la poderosa fuerza de élite del Ejército iraní, salió fortalecida tras resistir los ataques que mataron a sus principales líderes, y ahora presiona internamente por mayores concesiones frente a Washington, incluido el control del estrecho. En un ejemplo de manual, la amenaza exterior ha servido al régimen -que optó para su jefatura de Estado por el hijo del desaparecido Ali Jamenei- como excusa para cerrar filas internamente. Y no solo se subestimó la capacidad de resistencia del búnker, sino las capacidades militares de un régimen que se cebó contra media decena de vecinos árabes, a los que atacó repetidamente con misiles y drones como castigo por su apoyo a EE UU.

Al respecto, el analista político iraní Ehsan Rahimi recuerda que “seis meses después, Irán no solo ha perdido capacidades: ha cambiado la naturaleza de su poder”. “Teherán dispone de menos recursos, menor influencia regional y un poder civil subordinado a la Guardia Revolucionaria. Las ejecuciones y la legislación contra la ‘influencia extranjera’ refuerzan el control inmediato, pero revelan temor al disenso y restan flexibilidad al sistema. Irán aún puede bloquear soluciones e imponer costes mediante Ormuz, aunque posee menos instrumentos para moldear Oriente Medio en su beneficio”, concluye el especialista en Relaciones Internacionales vinculado a la Universidad de Alicante.

Y tras las primeras semanas de conflicto bélico abierto, llegaría el esperpento de las negociaciones para el fin de la guerra y un acuerdo sobre Ormuz, la principal baza de la República Islámica durante este medio año, y el futuro nuclear de un régimen que ha insistido una y otra vez en no tener intención de fabricar un arma. Así las cosas, el conflicto vive hoy en un alto el fuego parcial sin resolución definitiva, con Teherán bajo intensa presión económica.

Y después del fracaso del Memorando de Entendimiento firmado por las partes a mediados de junio para reabrir el estrecho, Irán ha intentado imponer tarifas y control sobre el paso de buques, lo que provocó nuevos ataques estadounidenses tras disparos contra embarcaciones comerciales en julio. Por su parte, en su última estrategia desesperada para doblegar a la teocracia iraní, Washington opta ahora por endurecer las sanciones económicas en lugar de tratar de lograr una rendición negociada.

Por otra parte, las consecuencias sobre la población iraní de los seis meses de guerra han sido severas: escasez de alimentos, inflación galopante y ciudadanos que describen cómo su capacidad de comprar lo esencial se ha reducido drásticamente, todo bajo un clima de miedo a represalias tras lo ocurrido entre enero y febrero en las calles y cárceles del país. El conflicto ha costado en Irán al menos 3.500 vidas y dejado heridas a al menos 15.000 personas según las estimaciones más conservadoras.

Una de las principales consecuencias de la contienda ha sido la subida de los precios de la energía a escala global y el subsecuente golpe a la economía mundial como consecuencia del cierre de Ormuz. Además, a escala regional, el conflicto ha dejado miles de muertos y millones de desplazados en Irán, Líbano, Israel. Yemen y los estados del Golfo, y ha desestabilizado aún más una zona ya fracturada por Gaza y el país de los cedros.

En medio del desconcertante escenario actual, el analista hispano-iraní Daniel Bashandeh apunta a “un regreso al escenario previo a la guerra: presión económica a Irán y una ‘nueva normalidad’ de navegación en Ormuz”. “Además, la guerra está acelerando la erosión del orden liberal. Tras el anuncio del bloqueo económico, Irán busca explotar el valor estratégico de Ormuz y ofrecer alternativas de tránsito con Omán porque necesita alivio económico. Por su parte, EE UU trata de reducir los recursos económicos de los nuevos líderes iraníes, su capacidad de consolidar lealtades y condicionar el apoyo de China a Teherán”, concluye el especialista.

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