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Este jolgorio sectario

Que pueden estar orgullosos y contentos. Claro que sí. Es lo que le dijo a los ceutíes la ministra de Sanidad. Que poco menos que debían abarrotar las calles para darle las gracias al Gobierno por su actuación ante la invasión migratoria sufrida; no para protestar –¿cómo se les ocurre?–, que eso es cosa de filonazis y cavernarios, según la propaganda oficialista. Alegría, alegría, y arreboles de contentos. Faltaba más.

Conviene pensar, sin embargo, que la intervención de Mónica García, como la del resto de los ministros, pasó antes por una, dos y quizá tres mesas de asesores, escribientes y jefes de gabinete. También por las manos de la propia ministra, que habría tenido ocasión de ojearla, hojearla y hasta leerla antes de sentarse ante la Comisión del Congreso. En todo aquel «vía crucis» burocrático nadie reparó en el insulto, la mofa y el escarnio de dirigirse así a una población que lleva semanas soportando una excepcionalidad urgentísima, agravada hasta el colapso por la inacción y la fatuidad del Ejecutivo. Mientras tanto, el presidente, cabeza y florón de la compañía, iba de playa en playa, de asueto en asueto, con la ligereza de quien ha hecho del poder una dispensa o despensa.

Ese itinerario de mesas y despachos retrata mejor que ningún discurso el estado mental y moral del Gobierno y de la izquierda que lo sostiene. Mónica García; Óscar Puente, siempre rápido a la gresca con la que ocultar su inutilidad al frente de su Ministerio; y el resto de la troupe sanchista viven de hinojos ante la supervivencia del tinglado que han levantado. Se gastan las rodillas con fervor de beatas y dejan fuera de escena a las menores violadas, a los militares agredidos y al miedo que se ha instalado en una ciudad que vive, en la práctica, sitiada.

El Gobierno ha dejado el gobierno. Agustín de Hipona, que de invasiones sabía lo suyo, sostuvo que la legitimidad del poder se mide por la justicia que procura a los suyos y que, perdida esa justicia, el poder acaba pareciéndose demasiado a una banda de ladrones con mejores uniformes.

Según el Ejecutivo, la crisis quedó resuelta en poco más de veinticuatro horas. ¿En qué grado de degradación hace falta encontrarse para pronunciar semejante? ¿Cómo de hondo debe de ser el pozo para sostenerlo durante semanas, justo hasta el día en que el presidente del Gobierno decide poner término a sus vacaciones? ¿Queda alguien alrededor de aquella mesa con un resto de honor suficiente para ponerse en pie y decir basta?

Margarita Robles, ministra de Defensa, ya ha dado su respuesta. Su propio Gobierno le administró un rejonazo. Después de afirmar que el CNI había alertado de lo que iba a suceder, fue desmentida desde las mismas filas del Ejecutivo. Le quedaba defender públicamente su palabra o presentar la dimisión. Eligió la continuidad. ¡Qué papelón!

Y de Mónica García, ¿qué puede esperarse cuando, prácticamente, ha tenido que obligar a los suyos para que la esperen en Madrid? Aseguró que los ceutíes tenían motivos para estar agradecidos y negó que Ceuta padeciera una situación de colapso. Según la ministra, «colapso» pertenece al surtido de los tecnicismos, como «tixotropía», esa propiedad de ciertos fluidos que modifican su viscosidad. La calamidad ceutí podrá apretar cuanto quiera; si no cabe en la nomenclatura ministerial, queda fuera del diagnóstico. Así, mientras el ciudadano contempla la plaza y reconoce el desastre, la ministra consulta el vocabulario y sentencia que aún no procede. Y le faltó, de no ser antitaurina, y brindar al tendido.

Redefinir una catástrofe hasta expulsarla del lenguaje oficial es su única manera de gobernar, mientras la realidad continúa en su sitio, con la turbación intacta, el caos intacto y el miedo de los ceutíes intacto. El Gobierno, en cambio, se da por satisfecho. Tanto, que el presidente quiso poner rumbo a Andorra.

De las comparecencias ministeriales –de Bolaños, para qué volver a glosar la tortícolis de su servilismo– queda aún qué observar. Sanidad ofreció cifras exactas y milimétricas de camas, quirófanos y capacidades hospitalarias. Defensa habló del aviso del CNI, luego desmentido por Interior y después por el propio Gobierno. Hasta para falsear el decorado se estorban unos a otros.

Y entre todos ellos, se desvela un Gobierno incapaz no ya de decir la verdad, sino de decidir qué versión de su propio matrix ofrecer, que ha resuelto no tener una única versión de sí mismo, que eso es cosa de coherencias y decencia, y resultan ser un estorbo, sino tener muchas; una para sostener cada mentira, cada negligencia, cada ulcerosa intervención. Lo único que las une es ese desahogo con el que el presidente se ausenta para bucear por las aguas canarias, mientras una parte del territorio nacional es víctima de una acción de guerra híbrida de Marruecos (¿el Gobierno ha hecho algo –no en favor, se entiende– con el reino alauita?); ese descaro de Puente, Bolaños y el resto de la cofradía gubernamental; es este jolgorio sectario, tan de principios del siglo XX, en el que han convertido el gobierno.

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