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Sáhara, fútbol y condecoraciones: las «caricias» de Sánchez a Rabat

A diferencia de lo que hicieron todos los presidentes desde la Transición, Pedro Sánchez, nada más subir al poder, realizó su primer viaje oficial a Francia. Un gesto que desairó a Marruecos y que marcó un punto de inflexión en nuestra historia reciente. Desde Adolfo Suárez hasta Mariano Rajoy, todos habían hecho la primera parada de su mandato en Rabat, para cumplir así con una tradición diplomática no escrita.

Cada Gobierno procuró un mismo objetivo: mimar la relación con el país vecino. Siempre «incómodo», pero necesario, aseguran distintos dirigentes políticos.

Salvo José María Aznar, que protagonizó el incidente de Perejil, ningún otro ha osado plantarle cara 'por la fuerza' al régimen alauí. La receta ha sido siempre la misma: mucha mano izquierda. Mucho tacto. Sin excesos. Pero sin faltas de respeto. Con tensiones sobrevenidas, con reservas, y poco más.

Hasta que llegó Sánchez, que en sus ocho años en la Moncloa ha recorrido un camino de ida y vuelta. Ha pasado de irritar a Mohamed VI con algunas decisiones controvertidas a colmarlo de bienes con «caricias» constantes. El giro, antológico, se produjo en 2022, cuando las relaciones atravesaban por su peor momento.

En plena pandemia del coronavirus, y en atención a razones «humanitarias», el Ejecutivo autorizó la entrada en España del líder del Frente Polisario, Brahim Gali. Un gesto que cayó como una declaración de guerra sobre la mesa del Rey alauí, que tardó poco en tomar represalias. En abril se produjo la entrada de Gali y, semanas más tarde, a mediados de mayo, tuvo lugar un asalto masivo (entonces) sin precedentes en la frontera de Ceuta.

Entraron unos 10.000 inmigrantes. Un ataque a la integridad territorial que tuvo una contundente contestación por parte de Moncloa. En concreto, la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, llamó a consultas a la embajadora de Rabat en Madrid, lo que disparó la tensión entre ambos países hasta niveles de tiempos atrás, cuando la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla en 2007 o la crisis de Perejil.

Aquella ocasión, el Gobierno no dudó en señalar a las autoridades marroquíes por la entrada incontrolada de inmigrantes en la ciudad autónoma. A partir de ahí, las relaciones se resquebrajaron hasta el punto de que el régimen alauí tomó medidas drásticas para asfixiar a Ceuta y Melilla. Por ejemplo: cerró las aduanas.

Nada que ver con el Sánchez complaciente de hogaño, antaño el presidente no dudó en cargar contra Rabat, que vinculaba los episodios migratorios con la postura de España sobre el Sáhara. «No es aceptable atacar o poner en riesgo las fronteras españolas como mecanismo de presión política», llegó a afirmar Sánchez.

Durante las semanas de mayor enfrentamiento entre España y Marruecos tuvo lugar un episodio que tardó casi un año en trascender a la opinión pública: el teléfono móvil de Sánchez y de medio gobierno fue hackeado con el programa Pegasus, un software de espionaje desarrollado por una empresa israelí.

Y en julio del 21, comenzó el camino de vuelta. Para empezar, Sánchez descabezó a la responsable de Exteriores señalada por la entrada del líder del Frente Polisario: González Laya. A pesar de que llevaba en su puesto poco menos de año y medio. La sustituyó el hoy ministro: José Manuel Albares.

Pero el golpe definitivo llegó más tarde, en 2022. Al año de estallar la crisis diplomática y con los puentes todavía rotos, el Gobierno logró retomar la sintonía con Marruecos gracias a un volantazo histórico que se produjo sin deliberación previa en el Consejo de Ministros y sin informar al Congreso de los Diputados. En una carta con remitente la Moncloa y destinatario Mohamed VI, Sánchez enmendó la plana a la postura que siempre había mantenido España sobre el Sáhara Occidental.

Atrás quedaron las resoluciones de la ONU, y la responsabilidad de nuestro país en un territorio especialmente sensible. Sánchez reconoció la soberanía de Marruecos y, acto seguido, regresó a Rabat para protagonizar una cumbre de alto nivel que se celebró en 2023.

Desde entonces: el presidente ha apoyado activamente la incorporación de Marruecos en la candidatura conjunta para el Mundial de Fútbol de 2030, ha pasado parte de sus vacaciones familiares en Marrakech, y su ministro del Interior, Grande-Marlaska, ha condecorado, entre otros, al jefe de la inteligencia marroquí, Abdellatif Hammouchi.

Loas por Ceuta

Cuestión aparte es el abismo entre la actitud que tuvo el Gobierno cuando la invasión de 2021 y la que ha tenido con la crisis del pasado mes de julio. Esta vez, cuando decenas de miles de inmigrantes –entre 70.000 y 80.000 según el baile de cifras– han arrasado con la frontera, el Ejecutivo no sólo no ha reprochado nada a Marruecos, sino que todos sus miembros, en tromba, han loado al país vecino.

Si bien Sánchez habló de una «violación de la integridad territorial», todos sus ministros han elogiado la actitud del régimen alauí. «Es un socio fiable y leal», ha sido la consigna más repetida.

Es más, cuando las autoridades marroquíes han elevado el desafío con cuestionamientos sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, el Gobierno ha decidido poner la otra mejilla. Ni un gesto, ni una crítica, ni una advertencia. Nada. Una enmienda a la totalidad a la actitud que mantuvo hace un lustro.

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