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Sabina, la gloria era esto

La noche era un túnel sin final en el que a veces salía el sol con sobresalto de flashazo. [[LINK:TAG|||tag|||6336193b59a61a391e0a168a|||Sabina]], en una fortaleza con balcones a una plaza que hace casi un siglo se llamó del Progreso, acaricia las calaveras de los años exprimidos hasta la médula como el asesino en serie que se solaza ante sus trofeos, entre la sed repentina y la nostalgia incurable.

La existencia discurre ahora a esa velocidad irritante de la cámara lenta, como las sobremesas de verano en una casa en la montaña, y el matador químicamente puro que fue se dedica a observar el temblor del mundo desde una barrera de oro sufragada con mucho verso bueno y miles de horas de escenario. Toca dar conciertos de salón para uno mismo, leer un millón de libros, estrujar el televisor, inventar nuevos sonetos, dibujar rostros o desnudos o sueños que no llegaron a diluirse del todo, pelearse con el propio cuerpo o con el bosquejo de alguna canción. Pero ese alarde zen contrasta con lo que acontece en su interior, donde aún hay bocinazos provenientes de Granada y de Londres, y de un cine de verano que Dios puso ahí para que los niños que odiaban los espejos pudieran sacar la cabeza del agua y atragantarse de aire. Porque los ojos tan solo nos muestran una realidad de cientos, y el espíritu de un hombre que ha estado durante décadas atravesado de tumultos no se apacigua jamás.

En la Estación de Francia los trenes partían hacia la tierra de la prosperidad o de la derrota, y él, sin saberlo, eligió el bueno, pues sentía en la nuca el aliento de una pasma siniestra y aquel fue el primero que pasó. Pero en el modo en que se subió al vagón, de un salto, sin pensar ni un segundo en todo lo que dejaba atrás ni en los sustos que le reservaba el porvenir, es fácil advertir un empuje indómito; unas ganas de abrazarse a la vida muy superiores al mayor de los miedos.

En los años de exilio hizo lo que tenía que hacer, quemar la juventud, reírse muchísimo y desentenderse del futuro, ese aguafiestas. Pero al volver a España comprendió enseguida que la lengua es una alfombra voladora y un boleto en primera clase hacia la gloria o hacia cierta forma de majestad. Y por eso afiló el bolígrafo más allá que cualquiera de sus pares, en ese intento, entre delirante y utópico, de dejar escrita la canción más hermosa del mundo. Y por ese carril circuló, sin olvidarse de vivir, durante una quincena de discos. ¿Lo logró? A veces pongo todo mi dinero en la casilla del sí, y otras concluyo que se quedó cerca, mucho. Y puede que en eso estemos los dos de acuerdo.

Los recuerdos, qué hijos de puta. Joaquín sabe que la Chispa de aquel cine de Úbeda, la Lesley dylaniana y la Sonia del amor y la guerra son solo recuperables si cierra los ojos. Que el abuelo Ramón, aquel ángel que le descubrió la música y la alegría, era un ser libérrimo en una España cautiva. Que la llave de aquella pensión de Granada tenía un pasadizo secreto que conectaba con la eternidad. Y que la imagen de un padre apagándose en la cama de un hospital es algo que un hombre nunca debería ver, puesto que ya jamás saldrá de esa fotografía ominosa. Ni aun en las fiestas ni en los homenajes ni en las entregas de premios en donde la sonrisa profesional maquilla la tristeza.

Las pupilas las dilatan ahora otras espuelas –el mar, Jimena, algunos poemas, Carmela y Rocío, los amigos–, porque la vida va perdiendo músculo y uno se vuelve un náufrago que se agarra a lo que en verdad importa, mientras, de un modo inexorable, la obra empieza a desplazar al hombre, a devorarlo. Y pese a que aún se afane en un nuevo libro de versos o en una canción durísima de roer, resulta que la gloria consistía en bajar la persiana porque el género ya está vendido durante los próximos cincuenta años. Y si existe una anomalía en verdad fabulosa, esa es mantenerse de lo escrito y cantado.

En una pecera con espinas del centro de Madrid, donde la vida crepita en cada metro cuadrado y en todas las ventanas, unos ojos cargados de biografía ven flotar las ruinas de los cabarés y sonríen resignados. La gloria consistía en que sigan escribiendo de ti cada día aunque no saques disco ni cantes para multitudes ni concedas entrevistas incendiarias. La gloria era, es, ser un templo callado y que entren en ti con el debido respeto.

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