World News in Spanish

Marlaska, más que buenas palabras

Fernando Grande-Marlaska ha perdido, una tras otra, todas las oportunidades que ha tenido de consagrarse como un gran ministro del Interior, en lugar de ejercer como un sesgado responsable de la cartera más importante del Gobierno.

Guardias y policías no le quieren no porque sean fascistas, como predican algunos incautos desde los púlpitos de la izquierda, sino porque tienen la sensación de que está más a su provecho personal que por la honrosa causa de «servir», desde el relevante cargo que ocupa. Y «servir» significa atender también a las mujeres y hombres que trabajan en las fuerzas de seguridad con la misión de perseguir el crimen. Si en estos cuerpos hay una mayoría que piensa que les tiene desatendidos, en contraposición con las lisonjas dispensadas a otros colectivos, es porque probablemente algo no está haciendo bien este juez transformado en político revenido.

Caracterizado en el pasado por adular al Partido Popular con el ánimo de que le dieran algún cargo, se pasó pronto al sanchismo con idéntico objetivo. Hubo suerte y le tocó la cartera más preciada del Ejecutivo. También la más difícil, pues no en vano incluye responsabilidades de primer orden en todos los gobiernos. Sólo que, por ese mismo hecho, el ministro del Interior ha sido siempre en España una persona bien valorada. Lo fue Barrionuevo en los tiempos pretéritos de Felipe González. Lo fueron Corcuera y Asunción, Mayor Oreja y Rubalcaba.

Marlaska podría haberlo sido, pero ha acabado destacando por representar lo contrario. Tal vez porque en su gestión haya pesado más el esfuerzo por caerle bien a Sánchez que sus obligaciones en la defensa de los cuerpos y fuerzas de seguridad, postergados en medios y salarios si se los compara con las policías autonómicas.

Siendo el responsable de Interior más longevo, su gestión no puede ser peor. Un completo fiasco.

Ha intentado disfrazarse de socialista para borrar unos devaneos con el Partido Popular que la izquierda no le perdona. Igual que los sindicatos policiales y de la Guardia Civil, que le piden algo más que buenas palabras.

Lo vemos ahora con motivo del caso de los dos guardias civiles muertos en Huelva cuando perseguían a una narcolancha. Lo menos que debió hacer nuestro ministro es asistir al funeral. Le hubieran pitado, pero eso va en el sueldo. Y cuando le pitan (lo que no está bien) es porque no le quieren, les ha decepcionado, pues necesitan más hechos que palabras, apoyo de verdad en la reivindicación de ser cuerpos de riesgo. La muerte de los agentes en Huelva lo atestigua.

El problema es que, en vez de estar en su sitio, Marlaska prefirió irse a la foto de Canarias, donde no hacía ninguna falta.

En vez de atender a los familiares de las víctimas en el funeral, asintió o no se inmutó cuando María Jesús Montero, con su habitual locuacidad, calificó de «accidente laboral» la muerte de los guardias civiles.

Dicen que de esa manera lo que se intenta es tapar que la lucha contra el narco es de especial peligrosidad. La Guardia Civil lleva años reclamando al ministro esa consideración, y más efectivos, más medios, lanchas como las de los delincuentes, helicópteros que ahora no tienen, drones avanzados con IA, y una legislación que les ampare en su trabajo de persecución del crimen. Algo que entienden que no ocurre.

Disponen de más medios los narcos que los guardias civiles. Y de más efectivos. Hasta se disolvió la OCON Sur, unidad de élite que mantenía a raya a la mafia de la droga en el Estrecho. ¿Por qué? Nadie lo ha explicado. Ergo, de su bien ganada mala fama es Marlaska el único responsable.

Читайте на сайте