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Ábalos, el galán otomano del Supremo

Tengo que reconocer, aunque reconocerlo cercene mi imagen, que he seguido muy de cerca el juicio del caso de las mascarillas y que, sin quererlo, me he enganchado. Ha sido como una telenovela en la que no faltaban amores imposibles, dramas y venganzas, ingredientes imprescindibles en los culebrones latinoamericanos o turcos.

El escenario no era el fondo del Bósforo, sino una sala del Tribunal Supremo, con siete magistrados situados en un estrado alto, donde los protagonistas, testigos y procesados, con menos glamur y belleza, desgranaban los entresijos del uso y abuso del dinero público. Pero las frases de la señorita Claudia -“Koldo me pedía cosas obscenas y lo tengo grabado” o “Ábalos me dijo que Pedro Sánchez lo sabía”- provocaban seguir pendiente de la pantalla y expectante ante las próximas declaraciones.

O cuando la señorita Jessica le decía a Ábalos, en un WhatsApp que leía el fiscal: “En esta mierda me has metido con el puto piso”, ante un Ábalos con el corazón roto por el ghosting de Jéssica, cuando él buscaba una relación duradera. Imposible pasar del culebrón.

Los secretos que Koldo custodiaba de Ábalos por lealtad y agradecimiento. Las contradicciones con los sobres, chistorras y folios. Aldama señalando a Sánchez como el número uno de la trama. Y Ábalos en el papel de víctima ideal -“no tengo a nadie detrás ni al lado”-, ofendido por ser carne de meme.

El antiguo hombre fuerte del sanchismo comparece ante el Supremo con la solemnidad del patriarca caído en desgracia, intentando convencer a todos de que él nunca supo nada, nunca vio nada y jamás preguntó demasiado. Una mezcla entre ministro, chófer accidental y víctima circunstancial del destino.

Resulta conmovedor contemplar cómo todos los personajes alrededor de Ábalos parecen haber llevado una doble vida digna de ficción internacional. Comisionistas misteriosos, contratos públicos, amistades intensas, favores, viajes, colocaciones estratégicas y teléfonos que contienen más giros argumentales que una temporada completa de cualquier producción de Estambul.

El PSOE, mientras tanto, interpreta el papel clásico de familia rica venida a menos que finge sorpresa permanente, como esa madre aristocrática de ficción que descubre, en el episodio 187, que el mayordomo llevaba décadas falsificando documentos mientras ella organizaba cenas benéficas.

Y así seguimos, esperando el desenlace de esta temporada, expectantes ante el estreno de la segunda, con la financiación del PSOE, mientras empieza un spin off con el juicio al hermano de Sánchez.

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