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¿Manchas negras o comida pegada? Consejos claves para recuperar tus utensilios de acero inoxidable

El acero inoxidable reina en las cocinas por su capacidad para repartir el calor y por una durabilidad que lo convierte en el material fetiche de quienes cocinan a diario. Sin embargo, ese mismo uso continuo acaba pasando factura: restos de comida soldados al fondo, halos oscuros que parecen tatuados en el metal y unas irisaciones azuladas o violáceas que desfiguran la superficie. La buena noticia, según recoge una guía publicada por la cabecera estadounidense Good Housekeeping, es que devolverles el lustre original no requiere fórmulas mágicas ni productos abrasivos, sino una combinación metódica de agua caliente, jabón lavavajillas y bicarbonato.

Para el mantenimiento cotidiano, el consejo de la experta Jodhaira Rodriguez es tan simple como efectivo. Nada más retirar la sartén del fuego, y sin esperar a que se enfríe del todo, conviene pasar una cuchara de madera por la base para desprender los trozos más grandes de alimento.

Si algo queda adherido, se llena la pieza con agua caliente y se deja en remojo al menos media hora; en los casos más rebeldes, hervir el agua durante unos minutos directamente sobre la placa consigue ablandar incluso las costras más tozudas. A partir de ahí, una esponja suave humedecida con jabón lavavajillas basta para limpiar tanto el interior como el exterior. "Lo fundamental es no recurrir nunca a estropajos metálicos ni a limpiadores que rayen", subraya Rodriguez, "porque una vez dañado el acabado, el problema estético se vuelve irreversible".

Pasta de bicarbonato y movimientos circulares contra las quemaduras severas

Cuando las manchas negras o los reflejos azulados ya se han instalado, el protocolo cambia ligeramente. El primer paso vuelve a ser hervir una mezcla de agua y unas gotas de jabón durante cinco o diez minutos, removiendo de vez en cuando con una espátula de madera para ir soltando la suciedad carbonizada. Una vez desechada el agua sucia y con el recipiente frío, se espolvorea bicarbonato de sodio (o un producto específico para acero inoxidable) y se añade apenas un hilo de agua hasta formar una pasta densa. Con la misma esponja no abrasiva se frota en círculos, presionando lo necesario para que el grano del bicarbonato arrastre los residuos sin arañar.

La maniobra, además, elimina esas irisaciones que el calor extremo deja como un arcoíris indeseado sobre el metal.

El manual también recoge aquello que jamás debe tocar una olla de acero. Quedan vetados los limpiadores de horno o barbacoa, cualquier fórmula que contenga lejía y el vinagre sin diluir, cuyo ácido es lo bastante potente como para alterar la textura de la superficie si se deja actuar demasiado tiempo.

Otro error frecuente es someter un recipiente caliente al chorro de agua fría: el cambio brusco de temperatura deforma el metal con una facilidad asombrosa. A cambio, los cuidados que preservan el brillo son sencillos: lavar siempre después de cada uso, secar con un paño para evitar cerco de cal y, si se quiere extremar la precaución, frotar periódicamente con una pasta de bicarbonato para mantener a raya cualquier conato de opacidad. Unos gestos mínimos que, aseguran los expertos, alargan la vida de los cacharros tanto como el acero mismo.

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