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La seducción del autoritarismo

Gran parte de la prensa española crucificó esta semana a Miguel Bosé por su encuentro con Nayib Bukele, el polémico y carismático presidente de El Salvador. La estrella pop española felicitó al líder centroamericano por el «cambio palpable» que ha liderado en su país, donde se han desplomado los índices de criminalidad y se ha restaurado el orden que pudrieron las bandas criminales. Se critica al mandatario por imponer la mano dura, pero los salvadoreños parecen encantados, con una tasa de aprobación de su mandato que alcanza el 94%, la más alta de los presidentes de todo el planeta, según la prestigiosa consultora Gallup. «Se está muy solo en la cima», bromeó Bukele en su cuenta de la red social X, donde acumula más de ocho millones de seguidores.

La lista completa confirma el gran momento de los líderes autoritarios, que basan su programa en valores tradicionales. La medalla de plata se la lleva Vladimir Putin, presidente de Rusia, que obtiene un 72%, a pesar de no haber logrado finiquitar la invasión de Ucrania. El podio se completa con Narendra Modi, jefe de Estado de India, con un 70% de aprobación de sus compatriotas a pesar de haber sido acusado de promover el supremacismo hindú. El polo progresista occidental está lleno de suspensos, entre los que destacan Claudia Sheinbaum (48%), Lula da Silva (40%) y nuestro Pedro Sánchez (38%). Los líderes centristas de las principales naciones europeas cosechan porcentajes para llorar, con un tridente lamentable compuesto por Keir Stammer (27%) Fiedrich Merz (19%) y Emmanuel Macron (18%). Parece que la moderación política ha dejado de ser el camino más seguro para conectar con tus gobernados.

Bukele se dio a conocer al mundo en junio de 2019, cuando ganó las elecciones presidenciales de su país como líder de la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA). En aquella época, El Salvador registraba una tasa de homicidios devastadora: 104 muertos por cada 100.000 habitantes. Los máximos responsables eran las terribles maras, grupos criminales organizados, que combinan la extorsión, el asesinato y el tráfico de drogas.

Política inflexible

Quien quiera conocer con detalle cómo los criminales controlaban el país puede leer la brutal crónica «Ver, oír y callar» (2015, Pepitas de Calabaza), del antropólogo Juan José Martínez D’auibuisson, que pasó un año con la temible Mara Salvatrucha 13. El control del territorio y de las vidas cotidianas de los salvadoreños se puede describir como infernal. «A veces da asco y a veces da miedo, pero sobre todo produce una profunda tristeza ver a niños de 13 años matando o muriendo, porque cuando uno mata está muriendo también», explicaba en una entrevista. Bukele diseñó una política inflexible de lucha contra las bandas, despiadada si prefieren, que obtuvo resultados deslumbrantes: la actual tasa de homicidios es de 1,3 casos por cada 100.0000 habitantes. No solo se apoyó en una cruda represión policial, sino que desplegó una política de comunicación eficaz, relegando a los medios tradicionales y comunicándose de manera directa con el pueblo a través de redes como Instagram y Twitter.

Los discursos de Bukele ante el ejército están rodados con un inconfundible estilo Netflix, hasta el punto de que si la plataforma quisiese hacer un biopic del presidente tendrían el material ya pulido. En sus épicas arengas militares, proclama ante cientos de soldados que afrontan juntos una lucha contra el Mal, en la que Dios está de su parte. Este mismo año hubo una rueda de prensa en la que plantearon a Bukele qué respondería a quienes le reprochan su implacable defensa de la seguridad nacional. Las imágenes de presos semidesnudos y supertatuados, comprimidos en el patio carcelario del CECOT –Centro de Confinamiemto del Terrorismo– irritaron a activistas de todo el planeta. La respuesta del presidente fue rotunda: «Los Derechos Humanos los tienen los presos, los tienen los violadores, los tienen los que han cortado tres cabezas, los tienen los que han puesto bombas en lugares donde hay niños. Hay gente que dice que no. Yo creo que sí los tienen. Me da repulsión, pero lo acepto», arrancaba. Luego reveló el motivo de sus soluciones extremas: «Lo que no entiendo es por qué siempre se enfocan en los Derechos de Humanos de ellos, que los tienen. Aquí mataron cientos de miles de personas, gente que no estaba haciéndole daño a nadie. Y yo digo: ¿los delincuentes tienen Derechos Humanos ? Sí, sí los tienen. ¿Pero y la mujer violada y asesinada?». Bukele se gana el apoyo popular recordando que cuando los muertos eran personas corrientes las ONGs internacionales no se interesaban por El Salvador.

En nuestro país, los estudios muestran la creciente inclinación hacia el autoritarismo de la chavalada en edad de estudiar. Datos del informe «Jóvenes españoles 2026», publicado en abril por la Fundación SM, señalan que casi la mitad de los españoles entre 15 a 29 años aprueba un régimen autoritario bajo ciertas circunstancias. Por incómodo que les resulte a algunos, son los jóvenes de los países punteros de Europa los que sirven de combustible para el ascenso de partidos como Alternativa por Alemania, Hermanos de Italia, Agrupación Nacional, FPO y Vox.

No se percibe solo en los resultados demoscópicos, sino también en la subida generalizada de las conversiones al catolicismo y en el interés por las tradiciones nacionales en los contenidos de redes sociales. Lo interesante es que no se trata de un fenómeno social que tenga que ver con la dominación, sino más bien con la autodefensa. Lo explica bien un duro ensayo corto de este mismo año, «Occidente bien vale una misa» (La Esfera), de la estrella televisiva y candidato presidencial Éric Zemmour.

La banlieue

El autor señala que los jóvenes de su país no viran a la derecha porque anhelen que Israel destruya Gaza, sino porque se oponen a las actitudes violentas en su país de los macarras de extrarradio (banlieue), musulmanes de origen africano. Zemmour señala que los chavales despliegan un saludable reflejo de supervivencia, frente a un triple proceso de colonización. Europa es hoy una civilización decadente que sufre el imperialismo militar de EE UU, la dominación comercial de China y la invasión demográfica afromusulmana. El anhelo de líderes fuertes viene de la búsqueda de identidad y protección.

Una encuesta del CIS, publicada hace unos días, revela que más de la mitad de los españoles (55%) prefiere que la Unión Europea refuerce lazos con China y otras potencias emergentes en lugar de con los EE UU. Dicho de otra manera: tener un mayor nivel de democracia ya no seduce tanto como la capacidad para lograr un potente desarrollo económico. China compite en PIB con EE UU, más del 90% de sus habitantes son propietarios de su vivienda y su industria arrasa con marcas como Xiaomi, Huawei, TikTok, Shein y Lenovo. Parece lógico que los españoles les miremos con envidia. Incluso que prefiramos olvidar que Xi Jinping ocupa un cargo vitalicio, ha prohibido la oposición política y ordenó más de 3.000 penas de muerte en 2025, por las 47 de EE UU. Los expertos llevan años hablando de la Trampa de Tucídides, término acuñado por el politólogo Graham T. Allison, que alude a alta probabilidad de guerra cuando una potencia emergente comienza a desplazar a la potencia dominante (ocurre desde Esparta y Atenas, en el siglo V antes de Cristo). El recrudecimiento de los conflictos geopolíticos ha cambiado nuestro mundo: cada vez nos importa menos decidir y más sobrevivir.

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