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"Berlín": ¿Por qué nos fascina el arte robado?

La segunda temporada de la exitosa serie «Berlín» –titulada «Berlín y la Dama de Armiño»– ha introducido un elemento narrativo que suscita la fascinación de no pocos historiadores y aficionados al arte: la colección secreta de Álvaro Hermoso de Medina –conocido como el Duque de Málaga– está conformada por cuadros que existen realmente y que, además, a día de hoy, se encuentran en paradero desconocido. Esta fascinante galería alberga algunas de las obras robadas más famosas de la historia del arte. El hecho de que los guionistas se hayan fijado en ellas no es baladí: todos los movimientos criminales que rodean al mundo del arte –sustracciones, falsificaciones, blanqueo de capital–, lejos de suscitar repudio social, han sido romantizados por un imaginario popular que ha terminado por otorgarles una equivalente «dimensión artística». Burlar a la justicia robando arte ha llegado a adquirir un aura de creatividad semejante al de los propios artistas que produjeron tales trabajos. Además, no hay que olvidar que uno de los factores que más inciden en aumentar el capital simbólico del arte es precisamente su desaparición del espacio público y su residencia en un lugar fuera de los márgenes de la justicia.

En la serie se alude a varias piezas sustraídas. «La tormenta en el mar de Galilea» (1633), de Rembrandt, fue robada el 18 de marzo de 1990 del Isabella Stewart Gardner Museum: dos hombres disfrazados de policías convencieron a los vigilantes para que los dejaran entrar, y, tras maniatarles, cortaron el lienzo del bastidor. Los ladrones no se contentaron con llevarse esta pieza icónica del corpus rembrandtiano: en el mismo asalto, sustrajeron del museo de Boston otro de los lienzos más míticos que se hayan desaparecidos: «El concierto» (1664), de Vermeer. Se estima que su valor de mercado puede rondar los 250 millones de dólares: se trataría de la pieza artística robada más cara de la historia.

El posimpresionismo y las vanguardias son otros de los periodos fetiche de los ladrones. En la trama destacan tres obras con un enorme potencial mistificador: «Flores de amapola» (1887), de Van Gogh; «Vista de Auvers-sur-Oise» (1879-1880), de Cezanne; y «La mujer del abanico» (1919), de Modigliani. La primera de ellas fue robada del Museo Mohamed Mahmoud Khalil (El Cairo), en uno de los grandes despropósitos de la seguridad de las últimas décadas: con las cámaras y el sistema de alarmas averiado, el ladrón solo tuvo que descolgar el cuadro y llevárselo casi silbando. En el segundo de los casos, un individuo descendió por la claraboya del Ashmolean Museum (Oxford), en 1999, y, tras lanzar una bomba de humo, se llevó el paisaje de Cezanne. Más espectacular fue la sustracción de «La mujer del abanico», robada del Musée d’Art Moderne de París, en mayo de 2010. Su autor fue el conocido como «Spider-Man de París», y, de acuerdo a su apodo, escaló el edificio, entró por una ventana y sustrajo esta y cuatro obras más sin que se activaran los sistemas de seguridad. Años después, un cómplice afirmó que había destruido las pinturas por miedo a ser detenido, aunque muchos investigadores no den esta versión por cierta.

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