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Cuánto pesa un megavatio (II)

En estas mismas páginas pesé hace unas semanas un solo megavatio. La pregunta que muchos lectores me devolvieron era la lógica: ¿y todo junto, cuánto pesa? Si una central, un parque o un centro de datos arrastran tantas toneladas, ¿qué báscula haría falta para el sistema eléctrico español entero? La respuesta, lejos de confirmar el alarmismo, lo desinfla. Hagamos la cuenta. España cerró 2025 con unos 150 gigavatios de potencia instalada, según Red Eléctrica: cerca de 50 de solar fotovoltaica, 33 de eólica, 26 de ciclo combinado de gas, 17 de hidráulica y 7 de nuclear. Aplicando las intensidades de materiales de la primera parte –las toneladas de acero, hormigón, vidrio y cobre por megavatio de cada tecnología–, el resultado es sorprendentemente modesto: del orden de 34 millones de toneladas para todo el parque de generación, dominadas, una vez más, por el hormigón de las cimentaciones eólicas, que por sí solas pesan más que el resto de tecnologías juntas. Conviene insistir en que son órdenes de magnitud, no contabilidad de obra: el objetivo es la escala, no el decimal. Dejo fuera, a propósito, las grandes presas hidráulicas: su hormigón se cuenta por decenas de millones de toneladas, pero son obras multipropósito –regadío, abastecimiento, avenidas– que existirían igual sin un solo vatio. Treinta y cuatro millones de toneladas suena a mucho. Pongámoslo al lado de algo cotidiano.

Primera comparación: el asfalto. España tiene la mayor red de vías de gran capacidad de Europa, unos 17.200 kilómetros de autovías y autopistas. Solo la mezcla bituminosa que las pavimenta –unos veinticinco metros de ancho, un palmo de espesor– pesa del orden de 250 millones de toneladas. Es decir: todo el parque eléctrico que ilumina, calienta y mueve a un país de cuarenta y ocho millones de habitantes pesa unas ocho veces menos que el asfalto sobre el que circulamos los fines de semana. La transición energética, esa que tantos imaginan como una orgía de materia, cabe holgadamente en una fracción de nuestras carreteras. Y rehacemos ese asfalto cada pocos años, mientras una central o un aerogenerador trabajan décadas con la misma materia.

Segunda comparación: los hospitales. España cuenta con unos 830 hospitales y 159.000 camas. Estimando la edificación

–superficie por cama, masa por metro cuadrado–, el conjunto ronda los 20 millones de toneladas de hormigón y acero. El parque eléctrico entero pesa, pues, más o menos como toda la red hospitalaria del país, y aún sobraría para levantar la mitad otra vez. Dicho de otro modo: generar toda la electricidad de España cuesta, en materia, lo que cuestan los edificios donde nacemos y donde nos curan.

Tercera comparación, más lúdica: los estadios. Sumados, los veinte campos de Primera División rondarían los dos millones y medio de toneladas –un coloso como el Metropolitano anda por las 300.000; los más modestos, mucho menos–. El parque generador español equivaldría, así, a unas doce o catorce Ligas enteras puestas sobre la misma báscula. Esta cifra es la más frágil, porque la masa estructural de un estadio no es un dato que nadie publique, sino una estimación; tómese como el guiño que es.

¿Qué nos dice todo esto? Que la huella material de la energía, tan citada para frenar unas tecnologías o ensalzar otras, es real pero modesta frente a la infraestructura mundana que nadie discute. Nadie convoca manifestaciones contra el asfalto; nadie pide una moratoria de hospitales por su consumo de cemento. Y, sin embargo, ahí está la mayor parte de la materia que movemos, callada y aceptada. Conviene, eso sí, no pasarse de optimista. Estas básculas pesan el producto terminado, no la cadena entera: ni la minería y el refino que hay detrás de cada tonelada, ni –en el caso del gas– los millones de toneladas de combustible que una central quema a lo largo de su vida, ni el problema, todavía sin resolver, de qué hacer con las palas, los módulos y la chatarra electrónica cuando dejan de servir. La materia que se ve es la punta del iceberg; debajo hay una cadena de valor global y, cada vez más, geopolítica.

Pero la conclusión de fondo se sostiene, y es tranquilizadora.

Electrificar y descarbonizar una economía avanzada no exige una montaña de materia inédita en la historia: exige, más o menos, lo que ya hemos invertido en otras infraestructuras que damos por descontadas. La diferencia es que la red eléctrica produce, cada año, la energía que mueve al país entero; el asfalto solo soporta ruedas.

Quien se asuste por las toneladas de la transición haría bien en recordar una cosa: ya vivimos rodeados de cantidades mucho mayores de acero y hormigón, y rara vez las miramos. Pesar la energía no debería servir para frenarla, sino para entender, con números y sin relatos, el mundo material que sostiene nuestra forma de vida. Y, puestos a pesar, casi todo lo demás pesa más.

Queda, eso sí, lo más difícil de pesar: la cadena entera, desde la mina hasta el vertedero, pasando por la fábrica de chips de la que hoy depende media economía mundial. A ese tercer capítulo —el de la materia que no se ve— lo dedicaremos la próxima entrega de esta serie.

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