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Bad Bunny, León XIV... el Mundial

El robo ante Brasil por el golazo de Míchel que hubiera concedido el VAR, el «Oa, oa, oa, el Buitre a la Moncloa», la mano de Dios, el penalti fallado en cuartos por Eloy Olalla ante Bélgica, lo de Salinas, en cuartos cómo no, ante Italia, el penúltimo Brasil campeón... la memoria te puede traicionar en cumpleaños o aniversarios, pero no lo hará con momentos únicos de los Mundiales. Esos son algunos de los que se vivieron en las anteriores Copas del Mundo celebradas en México’86, y Estados Unidos’94. Cuando la PAU se llamaba Selectividad y el perreo era dar una vuelta a la manzana con una mascota sin bozal y sin cuerda. Este Mundial llega sin desocupar la casita de Bad Bunny y sin clausurar la visita de León XIV. La España de las dos velocidades. Va a ser un empacho de fútbol más largo que los decadentes menú degustación. Más de 100 partidos y más de cinco semanas. Y alguno se quedará con ganas. Difícil renegar de un Haití - Escocia a las 03:00 una madrugada de domingo o de un Jordania - Argelia a las 05:00 un martes antes de la Noche de San Juan. Onanismo futbolero de madrugada.

¿Y los nuestros? No hay nada más poderoso que dos queriendo hacer lo mismo. Y si son 26, como los internacionales de Luis de la Fuente, ni te cuento. Igual que hay una generación de italianos que no ha visto jugar a la «Azzurra» un partido en un Mundial, hay una generación de españoles que desconoce lo que es ser campeón del mundo. Ya va siendo hora. Los éxitos de nuestras selecciones en cualquier deporte llegaron cuando el grupo estaba convencido de su potencial y cuando más allá del talento había química. El bloque de la última Eurocopa fue un buen ejemplo. No hubo ni siquiera necesidad de fabricarse un enemigo externo. La mejor prueba del desmedido potencial que había. Está por ver que los Lamine, Pedri, Llorente o Rodri estén en la misma pantalla del juego.

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