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Si Hipócrates levantara la cabeza...

El juramento hipocrático y los principios que han guiado históricamente a la profesión médica descansan sobre pilares innegociables: la verdad, la integridad, la transparencia y el compromiso con el interés general, por encima de cualquier interés personal. Quien aspira a representar a los médicos no solo debe acreditar conocimientos y trayectoria, sino también una conducta ejemplar que inspire confianza entre sus compañeros y en la sociedad.

El nuevo recurso presentado por la candidatura «Icomem para nadie» vuelve a bloquear el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (Icomem), al menos, otro año más. Después del escándalo público sobre la anulación de la proclamación de su candidato y el análisis detallado que el Tribunal realizó en la sentencia del pasado 30 de junio, con esta acción, todos los médicos de Madrid tendremos que esperar los infinitos caminos judiciales hasta la sentencia firme.

Más allá de las consecuencias jurídicas, el asunto plantea una cuestión ética de enorme relevancia: cuando una persona aspira a dirigir una corporación profesional y sostiene públicamente una condición, que posteriormente no logra acreditar ante los órganos de control ni ante los tribunales.

Entre otros aspectos, la sentencia señalaba que los contratos, facturas y certificados aportados no acreditaban de forma objetiva la realización efectiva de actividad médica asistencial del denunciante. Es decir, existía intencionalidad de engaño, en su condición para presentarse como candidato a la presidencia del Icomem.

La medicina no puede permitirse dirigentes cuya situación genere dudas sobre la veracidad de sus manifestaciones o sobre el cumplimiento de las normas que exigen a los demás.

Si Hipócrates levantara la cabeza, probablemente recordaría que la autoridad moral no nace de los cargos ni de los resultados electorales, sino de la coherencia entre lo que se afirma y lo que se puede demostrar. Porque la medicina exige excelencia científica, pero también honestidad intelectual; exige capacidad de liderazgo, pero también ejemplaridad; exige defender la profesión, pero, ante todo, respetar la verdad.

Y cuando la verdad, termina siendo establecida por una sentencia judicial, la principal lección no debería ser quién ganó o perdió un procedimiento, sino la necesidad de recuperar los valores éticos sobre los que descansa el prestigio de la profesión médica. Si Hipócrates levantara la cabeza….

Sheila Justo Sánchez es médico especialista en MFYC y gestora sanitaria

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